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¿Un nuevo Dorado o nuestro boleto para el Primer Mundo? Versión 1,0 del 1° de noviembre de 1997 El hilo de Ariadna El hilo de AriadnaEl hilo conductor que une las conjeturas, reflexiones y análisis que el lector encontrará en estas líneas es una pregunta para la que no existe aún respuesta en la «provincia venezolana» del ciberespacio: ¿puede Internet impulsar la participación política de los venezolanos? Este mundo libertario, esta anarquía, esta posibilidad infinita de comunicación, ¿podrá servirnos de mecanismo para pensar en nuevas formas de convertirnos en algo que hoy en día no somos sino eventual, multitudinaria y modularmente? ¿Ser ciudadanos del universo de Internet llevará consigo la implicación de que podamos convertirnos finalmente en ciudadanos de nuestro propio país? Los invito a transitar conmigo por estas cuestiones. No espero encontrar respuestas ni verdades inamovibles, sino que aprendamos juntos, pensando colectivamente, a plantear las preguntas correctas. Que este hipertexto sea infinito y que se transforme en un punto de partida para el país y la sociedad que queremos y nos merecemos. De otro planetaEntre las revistas que conozco, la más lejana, la que está literalmente a años luz de la realidad que vivimos día a día en Venezuela y en Latinoamérica, que escribe de mundos desconocidos para nosotros o que podemos tocar sólo tangencialmente, es precisamente una revista que habla de un tema que nos luce como el más universal o global de todos: Internet. Hablo de la revista Wired. Por ejemplo, su ejemplar impreso de setiembre dice, en artículo de Kevin Kelly: «El único factor que se vuelve escaso en un mundo de abundancia es la atención humana» . ¿Mundo de abundancia? No suena a nada parecido a lo que vivimos en Venezuela, si pensamos precisamente en términos globales. Dice también Kelly: «Nos estamos conectando todos con todos. [...] En una Economía en Red, el valor se deriva de la abundancia, tal como el valor de una máquina de fax aumenta por su ubicuidad». Está claro que es muy posible que las computadoras, en un futuro eventual, lleguen a ser tan comunes en nuestras casas como el teléfono o la televisión. Pero no podemos dejar de reconocer que en Venezuela y los países latinoamericanos estamos todavía lejos de esa meta y que, además, nos estamos quedando atrás, como en casi todo. El acceso a Internet y a sus beneficios es en gran medida un reflejo del acceso que tenemos a otros recursos de lo que en general se consideran indicadores del desarrollo. No es casual que los países con mayor número de conexiones a Internet, de páginas Web, de teléfonos por cada 1000 habitantes, sean obviamente los países que tienen indicadores de calidad de vida y desarrollo humano más altos. El lector seguramente me dirá que el número de usuarios de Internet también crece en Venezuela y Latinoamérica, y que de hecho (como es cierto) lo hace en forma vertiginosa. Propongo, en aras del argumento, que aceptemos la premisa de que el acceso a la información no es, o eventualmente podría llegar a no ser, un problema. Pongamos por caso que los diversos problemas de infraestructura se solucionarán, al menos para una proporción aceptable de la población del país o del continente (queda abierta, sin embargo, la pregunta de si eso ocurrirá «simplemente» como resultado de la mano invisible del mercado, es decir: si basta con sentarnos a esperar que eventualmente ocurra). Aplicando la cláusula ceteris paribus, volvamos a Kelly con su problema de abundancia versus atención humana, referido en este caso al contenido de Internet. La idea de Kelly es que ante la abundancia de bienes por ejemplo, de páginas Web se hace más escasa la atención que el individuo o consumidor puede o está en disposición de prestar a cada página particular. De este modo, se hace perentorio para los oferentes de páginas que quieran captar una atención relativamente masiva, esforzarse para que el contenido y presentación de sus páginas sean tan atractivos como sea posible. Una idea conexa de Kelly es que cada página o site que se agrega al Web, por ejemplo, añade valor exponencial a Internet en general y a mis herramientas de Internet en particular. La ubicuidad de los recursos materiales (infraestructura de comunicaciones) y la abundancia de información(páginas Web) son fuentes de riqueza colectiva e individual. En principio, la idea de la ubicuidad de Internet parece plausible. Pensemos por ejemplo en el libro: antes de Gutenberg, estaba confinado a una élite de élites. Una vez que se hace posible la masificación de los signos quietos, la información adquiere un potencial de difusión inimaginable. Pero la expresión máxima de accesibilidad de información no la da la palabra impresa sino la palabra digital: gracias a Internet, no hay que imprimir ni una sola página para que podamos, por ejemplo, leer el Quijote completico. Una pregunta emerge inevitablemente, sin embargo: ¿la disponibilidad de información constituye condición suficiente para que ésta sea leída, digerida, asimilada por sus potenciales receptores y creadores? ¿Que existan, pongamos por caso, 100 millones de páginas Web en el mundo, con textos infinitos, implica que los seres humanos en línea vayamos a leer más que cuando tenemos que ir a una librería o biblioteca? Mi impresión es que no existe una relación automática entre acceso a la información y capacidad de lectura, mucho menos de análisis. Quienes leen en Internet no leen por Internet. Internet no elimina ni disminuye necesariamente la propensión a la lectura; pero tampoco la alimenta, como cuestión de principio, como axioma automático. Si por esto fuera, dada la accesibilidad promedio que ha mostrado el libro impreso, la gente debería haber estado leyendo muchísimo más de lo que efectivamente ha leído. Cuando se podía comprar libros en este país, ¿cuántos libros se vendían? ¿Cuánto leíamos los venezolanos? No se trataba de un problema de accesibilidad: después de todo, libros de editoriales españolas o mexicanas o argentinas se conseguían a precios tan irrisorios como diez o veinte bolívares por libro. La gente leía o no leía: manteniendo constante el factor de accesibilidad, los factores que entraban y entran en juego eran otros. Por supuesto, es posible que el potencial revolucionario de Internet en este aspecto todavía sea incipiente. Ojalá que este texto que escribo hoy pierda vigencia dentro de muy poco tiempo; ojalá Internet sirva como catalizador para fomentar la lectura y el análisis riguroso y profundo de todas las cosas. En el caso venezolano, ¿cuántas páginas tenemos? Tenemos unas cuantas cosas. Tenemos los grandes periódicos del país, y otros no tan grandes, on line. Tenemos sites de entretenimiento, de opinión, de análisis, de cultura, de salud y nutrición, de turismo, de economía. Las universidades mal que bien están en general on line, aunque sus sites podrían y deberían mejorar sustancialmente. Poquísimos colegios también tienen sus páginas, y sería interesante averiguar hasta qué punto Internet se está utilizando como herramienta educativa en nuestras escuelas, por ejemplo, como sistema de búsqueda de información. La BitBlioteca, por ejemplo, tiene una sección de textos de educación secundaria que pueden ser útiles a miles de estudiantes venezolanos en la medida, claro está, en que tengan acceso a Internet en sus casas o institutos educativos. El lector se preguntará: bueno, ¿y a qué ponernos a ver solamente las páginas de Venezuela, cuando puedo ir a casi cualquier rincón del mundo (del mundo que tiene páginas Web, claro) por Internet? ¿No se trata precisamente de globalización, de aldea global, de que todos estamos conectados con todos? ¿No es la idea justamente que lo regional, lo nacional, pierdan vigencia e importancia en la medida en que nuestras posibilidades de comunicación con otras culturas, otras sociedades, otros mundos se vuelven prácticamente infinitas? ¿Cuál es el sentido de hablar en términos regionales del contenido de Internet, si por definición su contenido es universal? ¿Pero es tan universal? ¿Sus implicaciones sociales y culturales, son universales? No estaremos fetichizando el concepto «globalización»? Como digo al principio de este texto, la revista Wired es un claro ejemplo de cómo el efecto de Internet en una sociedad puede ser bien local y nada universal para no meternos a analizar lo elitista que puede ser la misma cultura de Internet dentro de los Estados Unidos. Cuando se trata de interacción y no del solo toque a páginas diversas, lo global puede ser paradójicamente lo que pierda vigencia. Claro está que puedo intercambiar mensajes sobre cualquier tema imaginable en el universo ciberespacial. Esto no obsta para que, pese a este mundo maravilloso de información a granel, exista un área de nuestras vidas individuales y colectivas donde lo regional no pierde vigencia por más que podamos pasar horas navegando por sites de Europa o de Norteamérica. Es un espacio complejo de nuestras vidas donde lo público y lo privado son interdependientes y donde el problema del contenido, junto con el de infraestructura, son básicos. Un espacio donde por más que lo soñemos, todavía no podemos ser «ciudadanos del mundo», ni podemos ser solamente netizens: se trata de la política. Postpolíticos, antipolíticos, indiferentesDurante mi estadía de varios años en los Estados Unidos cursando mis estudios doctorales, me topé con una herramienta que cambió mi vida por completo. Se trataba de Atarraya, una red de correo electrónico que desde los albores de Internet unía a venezolanos y amigos que se encontraban en todas partes del mundo: Alemania, Australia, el Brasil, el Canadá, España, los Estados Unidos, Finlandia, Francia, Holanda, el Japón, México, el Perú, Portugal, Suecia, y pare usted de contar. Por lo general se trataba de estudiantes doctorales, con unos pocos de pregrado como los que participaron en el programa Galileo de Fundayacucho, y otros cuantos que se habían radicado en diversos países. Quienes hemos participado de esta red electrónica de personas que tienen alguna afinidad con Venezuela (porque no ha estado nunca restringida a personas nacidas en Venezuela), hemos disfrutado y sufrido todas las características libertarias que la comunicación ciberespacial ofrece. Es un mundo horizontal, libérrimo porque es una lista de correo no moderada y donde la libertad de expresión se defiende acérrima y ferozmente. Gente de todas las edades, orientaciones sexuales, posiciones políticas, creencias religiosas, ocupaciones, conversan, discuten y comparten sus escritos. Quienes han llegado a este grupo con pretensiones de autoridad se han encontrado con el reto de los usuarios de la lista, que si a algo no temen es a enfrentar la autoridad, aunque sea solamente en las conversaciones que se desarrollan en su seno. Es un mundo, en suma, que algunas veces se asemeja al que Jon Katz describe en su artículo «El Nacimiento de la Nación Digital», publicado en la Wired de abril de 1997. Para Katz, la «nación digital» «constituye una nueva clase social. Sus ciudadanos son jóvenes, educados, pudientes. [...] Los miembros de la Nación Digital no son representativos de la nación como un todo: son más ricos, tienen mayor nivel educativo, y son desproporcionadamente blancos». ¿Suena parecido a los ciudadanos de la Net que se conectan desde Venezuela? Debemos presumir que sí, incluyendo lo de más blancos que el común de los habitantes del país, a pesar de nuestra cultura de «café con leche». Me temo, sin embargo, que hasta aquí llegan las similitudes con el mundo revolucionario de Katz, como se verá a continuación. Más adelante en su texto, Katz opina que «nos guste o no, esta Nación Digital posee todas las características de los grupos que, en el curso de la historia, han tomado eventualmente el poder. Tiene el nivel educativo, la riqueza, y el privilegio que creará una fuerza política que en última instancia deberá ser reconocida». Katz pasa a comentar sobre el surgimiento, en esta nueva Nación Digital, de la postpolítica, entendida como una nueva forma de hacer o de pensar la política que trasciende los parámetros tradicionales de derecha/izquierda, conservador/liberal, republicano/democrático. Según Katz, se trata de un nuevo paradigma que toma lo mejor de cada uno de los paradigmas ideopolíticos preexistentes. Es, nada menos, que una nueva racionalidad que más temprano que tarde dará al traste con las instituciones políticas y sociales vigentes hoy. ¡Bueno! Aquí ya estamos a años luz, una vez más, de lo que ocurre con lo que me atreveré a llamar, parafraseando al revés a Roberto Hernández Montoya en su hiperlibro Breve Teoría de Internet, la «provincia venezolana» de Internet. Las listas de correo electrónico de venezolanos en las que he participado reflejan poco de nuevos paradigmas de hacer o de pensar la política. No percibo nuevas tendencias políticas, nuevos paradigmas, no existe todavía ni siquiera incipiente una postpolítica. Existe en todo caso un reflejo de la antipolítica que caracteriza gran parte de la opinión pública «ilustrada» en Venezuela: falta de credibilidad casi absoluta, no solamente en los políticos actuales, sino en el sistema democrático y hasta en la democracia como concepto. Hablo por supuesto de la participación de, si se me permite la expresión, el «netizen» promedio, cuyas contribuciones parecen constituir una muestra de antipolítica más que de otro nuevo fenómeno o paradigma. El problema está en que el discurso y la práctica antipolíticos corren el riesgo, aunque sea por default, de llevar dentro de sí la semilla del totalitarismo, o por lo menos de la indiferencia frente a él. Y de la indiferencia ala aquiescencia hay un tenue paso; sería triste que lo diéramos por inercia. Ahora, ni Atarraya ni las otras listas de correo electrónico han sido ni son la única alternativa para la interacción directa entre netizens que tienen en común sus vínculos con Venezuela. Están también los BBS, que tuvieron su mayor auge entre1993 y 1994 y que ahora están enfrentando el reto de sobrevivir en el mundo del Web (para mayor información sobre la historia de los BBS en Venezuela, ver: http://www.ssebbs.com/queesunbbs.html).Existen además algunas páginas Web que fomentan la interacción con sus visitantes, como por ejemplo el Ruedo Político de Venezuela Analítica, la revista donde aparece este texto, el Foro sobre Servicios Públicos en el site de la Electricidad de Caracas, las encuestas políticas de Webmedia Forum. Existen incluso los que se podrían llamar «sites no convencionales», o «sites alternativos», donde se habla de lo que no está «fit to print», como dice la gente del New York Times, por razones políticas o cualesquiera (ver ejemplos de estos sites en Tierra Buena, Alcaraván, Compromiso Pro Espacios Libres, que por cierto demuestran fehacientemente el largo camino que nos falta recorrer en este sentido). Por lo demás, todos los que hayan interactuado en el mundo virtual se han dado cuenta de un hecho: en la mayor parte de los casos, las conversaciones o intercambios por email tienen el efecto de que cada quien afianza sus puntos de vista y termina, más que antes del inicio del intercambio, convencido de que su posición es indudablemente la correcta. No veo una «nueva racionalidad», como propone Katz, aunque él mismo reconoce que esa nueva racionalidad todavía no existe en Internet: «Los newsgroups, Web sites, y discusiones públicas en línea están desorganizados. Además, junto con la libertad en línea viene su lado oscuro: la confrontación, desinformación, y el insulto que caracterizan a muchos foros públicos en Internet». La única excepción la constituyen a veces los foros moderados, donde la libertad de expresión (valor absoluto y no negociable para muchos netizens) puede verse restringida. A estas alturas, el lector dirá: ¿Entonces, quiere decir que Internet no ofrece ningún potencial como herramienta para la información al público, para la discusión seria de temas de interés general, para influir en la toma de decisiones de la «cosa pública»? Claro que sí. Ofrece herramientas que podrían efectivamente revolucionar mucho de lo que conocemos, por lo general muy despectivamente, como «la política». Entendamos, sin embargo, que por ahora se trata solamente de un horizonte posible: de una promesa, o tal vez incluso de una utopía. La promesa
Todo lo anterior puede retroalimentarse de las numerosas experiencias similares que ocurren en todos los rincones del planeta. Podemos comparar los planteamientos de política social de Clinton con los de Menem o los de Irene Sáez. Podemos agregar ideas, elementos, proyectos, críticas, dudas. Podemos, en definitiva, construir un país a la medida de nuestras necesidades y realidades. Internet como nueva tecnología conduce a vislumbrar una serie de mutaciones del ejercicio político. Por el momento es una fuerza relativamente insignificante en ese ejercicio, pero su crecimiento exponencial, mucho más rápido que el de otras tecnologías como la televisión, exige especular que en un tiempo históricamente inmediato surja un contexto político cuya fisonomía sea radicalmente distinta a la actual. Los actuales sistemas políticos exigen la centralización de las decisiones, postergando sine die la promesa democrática de la participación responsable del ciudadano, obligado a delegar (y abdicar) su derecho a la intervención en los asuntos que lo afectan. Con Internet puede pasar lo que Pierre Lévy llama «inmanencia», un nuevo paradigma de regulación de los grupos humanos gracias a esta nueva etapa de (r)evolución tecnológica:
De lo que se trata es de la inteligencia colectiva, como Lévy indica más adelante en la misma obra:
¿Se imaginan que algo como esto ocurriera en Venezuela? Pero no tan rápido: todavía no estamos allá, ni cerca, ni en camino. Trascendiendo un poco el entusiasmo inicial que ideas (¿proyecciones?) como ésta causan, no podemos dejar de lado el detalle sobre cómo vamos a llegar desde el punto actual hasta ese escenario de participación plena y democracia directa. En un aspecto quiero ser enfática: no bastan los recursos de infraestructura. Tal como en el ejemplo de la lectura mencionado arriba, el acceso o la posibilidad concreta de la participación no constituyen en sí mismos causas suficientes para que ella exista. Según Mark S. Bonchek su trabajo From Broadcast to Netcast: theInternet and the Flow of Political Participation, Internet efectivamente contribuye a aumentar el nivel de participación...por parte, esto es, de aquéllos que ya participan o son más propensos a participar. Otro detalle que no puede dejarse de lado al plantear cualquier hipótesis sobre este tema es el que se refiere a cómo reaccionarán quienes están en el poder, en las estructuras políticas y económicas actuales. Según Lorenzo Lara Carrero en un trabajo titulado «Tecnología de la Información y Democratización Social y Organizacional» (presentado en el Encuentro Internacional de Comunicación Comunitaria en julio de 1994), a mayor difusión de las tecnologías de información produce un enriquecimiento del ambiente de información y comunicación. Este proceso conduce a que los estilos de comunicación y toma de decisiones puedan volverse más horizontales y por ende, democráticos. La piedra de tranca en el proceso, como apunta Lara, es «la disposición a compartir el poder por parte de quienes lo tienen, con empleados y asociados nuevos». El análisis de Lara, que se aplica tanto a organizaciones particulares como a la sociedad en general, toca un punto álgido de todo escenario que hable sobre un posible incremento cualitativo y cuantitativo de la participación política de los venezolanos gracias a Internet. Lara no es demasiado optimista en el corto plazo, cuando afirma que la variable «disposición a compartir el poder por parte de quienes lo tienen» constituye un enorme lazo de retroalimentación negativa que «limita la tendencia a abrir y a hacer más horizontal a la organización». Quede claro, sin embargo, que no se trata de una variable estática ni inamovible. Por ejemplo, en la medida en que los detentadores de poder se sientan inmersos en un mercado altamente competitivo, como lo puede ser el mercado electoral, es posible que se sientan inclinados a apoyar nuevas modalidades de participación que le permitan buscar el apoyo de potenciales electores. La dudaLo que nos lleva a una pregunta más complicada todavía: ¿puede Internet atraer al mundo de la discusión y decisión política a los que hoy son ciudadanos indiferentes o alienados? La única respuesta es: no lo sabemos. Bonchek concluye su trabajo (su tesis doctoral en Harvard) con una afirmación que suscribo preocupada y a la vez entusiastamente: «Mi predicción es que la respuesta [a la pregunta sobre si Internet logrará atraer a la política a los indiferentes] tiene mucho más que ver con educar a la gente que con la conexión en red de computadoras». Debo aclarar que Bonchek se circunscribe al caso de los Estados Unidos de América, donde por cierto el problema de la apatía política también es muy real. En Venezuela no solamente existe apatía, sino que al parecer el sistema político democrático en tanto que concepto pierde también la simpatía e identificación de los ciudadanos. De allí la preocupación: si antes no participábamos, ¿lo haremos ahora? Si antes no nos sentíamos ni nos sentimos aún partícipes reales del país político ni del país social, si solamente participamos a retazos incoherentes del país cultural, ¿nos identificaremos ahora, en virtud del país digital? ¿Haremos de Internet una posibilidad infinita de comunicación y de participación, o lo convertiremos en un Dorado, es decir: en una meta vana, ilusoria, inalcanzable, hasta ridícula por más que se haya creído en ella en un principio? ¿Encender la computadora será como encenderla televisión? ¿Se convertirá en un reservorio del arte Kitsch local, o lo haremos un foro real de creación, imaginación, libertad y responsabilidad? No sabemos. Es una interrogante aún sin respuesta en los países más avanzados y que tienen más acceso a Internet y a la producción de páginas Web y de foros de intercambio. Y en nuestro caso, el problema adquiere características más complejas. Porque en Venezuela confluyen los problemas de acceso y de contenido, de contexto, de indiferencia y antipolítica por un lado y necesidad urgente de participación y ciudadanía plena por el otro. No depende totalmente de nosotros, pero quienes están leyendo esta página, quienes tienen el nivel de ilustración y de acceso que por lo menos les permite llegar hasta aquí, deben y debemos ir más lejos. Tenemos un papel que jugar en la disyuntiva de que nuestra provincia venezolana de Internet se convierta en otro Dorado, o en un boleto para un «primer mundo» que aún está por ser inventado (aunque ya tengamos los recursos para hacerlo), y al que no ha llegado todavía ni siquiera lo que hoy conocemos como Primer Mundo.
In English: A new Eldorado, or a ticket to the First World? |
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