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Diálogo en la dimensión desconocida

Óscar Mago Bendahán
Profesor pre y post-grado UCV
oscarmago@cantv.net

Domingo 2 de abril de 2000

El sábado dicté una charla ante los valiosos jóvenes que están realizando ese viejo anhelo de los activistas de derechos humanos: hacer que funcione la Defensoría del Pueblo.

El tema de mi conferencia fue Técnicas de resolución pacífica de conflictos, como son la mediación, la negociación social y la Justicia de Paz. Al conocer que mensualmente reciben unas tres mil denuncias, propuse, como ya lo he hecho en varios artículos publicados, que debe enfatizarse la labor educativa y formativa de la población, para que cada habitante se convierta él mismo en defensor y sepa defender sus propios derechos y los de los demás. De otra manera se necesitarían tantos defensores como habitantes, pues a todos nos violan nuestros derechos muy a menudo.

Al salir de allí sufrí una memorable experiencia que me permitió comprender mejor lo que les espera a los amigos de la Defensoría, pues resulté agraviado al comprar unas frutas, en las propias puertas de Defensoría del Pueblo de Caracas, en la Esquina de La Bolsa. El vendedor tenía adulterada la balanza y me cobró kilo y medio de mercancía cuando realmente sólo me estaba dando 700 gramos.

Dije: «Esta es la oportunidad para poner en práctica nuevamente las técnicas que tantas veces hemos aplicado en los Tribunales Vecinales de Paz». De inmediato regresé a la Defensoría y puse la denuncia ante el propio Defensor del Pueblo de Caracas, doctor Oswaldo Cancino, para quien nada de esto es nuevo, ya que posee una vasta trayectoria en la defensa de los derechos humanos, actividad que muchas veces hemos compartido. Llamó al Dr. José Ángel Rodríguez, también experimentado en la materia igual que la Lic. sicoanalista Saraí Pérez, Defensores adjunto y auxiliar. De inmediato pidieron la asistencia de dos educados agentes de la Policía Municipal de Caracas, quienes pasaban por allí.

Todo el caudal de conocimientos sobre defensa de los derechos humanos de los presentes, entraría en acción dentro de pocos momentos.

La entrada a la Dimensión Desconocida sería nada en comparación con la dinámica humana que estaba a punto de iniciarse.

Nos acercamos al frutero ambulante y el Dr. Rodríguez  le dice con la educación que lo caracteriza:

—Señor, péseme esto, por favor.

Vendedor (sorprendido): ¿Qué es eso?, yo no he vendío eso.

Rodríguez (ahora con más carácter en la voz): No importa, ¡¡péselo!!

Todos pudimos verificar que la bolsa de uvas que acababa de pesar 700 g. en la balanza electrónica, al ponerla en el plato de la pesa del frutero movió la aguja como si le hubiésemos montado un saco de plomo. Se inclinó violentamente a la derecha para marcar nada menos que kilo y medio.

En eso el vendedor de bronceada piel mulata empieza a ponerse blanco como un papel cuando el policía le dice: ¡Tú estás robando a la gente! Esa bolsa lo que pesa son 700 gramos.

Vendedor: ¿Yooo? El señor (señalándome a mí), me compró fue medio kilo.

—Eso no tiene que ver —le dijimos—, tú estás vendiendo 700 gramos a precio de kilo y medio.

En eso el vendedor comienza a meter freneticamente puñados de fruta hasta rebozar la bolsa y me la entrega.

Vendedor: ¡Déjalo así! —me dice.

Defensor: Nada de eso. Vamos a proceder a levantar un acta y la policía le decomisará la balanza.

Vendedor: A mí no me pueden meté preso, yo no ha matao a naiden.

Defensora (con dulce voz): Nadie lo va a llevar preso, señor, simplemente usted vendrá el lunes a recibir una charla educativa para que comprenda que no debe engañar a las personas.

Vendedor: Yo no ha matao a naiden —repetía— yo soy un padre de familia.

Mago: Mire amigo, esta es la primera vez —le dije— que en Venezuela se trata a un buhonero de esta manera. Debe sentirse afortunado. Lo que queremos es ayudarlo a ser mejor ciudadano.

Luego de mirarme como diciendo «¿de dónde sacaron a este loco?», insiste:

Vendedor: Yo no he hecho «naaa», «yo no ha matao a naiden», a mí no me pueden llevar preso.

Policía: Amigo, entienda que no lo vamos a llevar preso, lo que vamos es a decomisarle la balanza para que no siga robando a la gente.

Vendedor: Pero déjenme trabajá, yo tengo dos chamos.

Todos nosotros (ya exasperados porque el tipo no entendía nada): ¡Pero es que estás robando a la gente, chico!

Vendedor: ¡Yo no ha matao a naiden —repetía como un disco rayado—. ¡A mí no me quitan mi peso, si no cómo voy a trabajá er lune!

Realmente el shock del pobre hombre y de los transeúntes ha debido ser grande. No podía entender que dos policías fueran gente decente, que le hablaran en términos conciliatorios, que no lo agarraran a golpes. Menos podía comprender que dos Defensores del Pueblo en persona le estuvieran ofreciendo un plan de rehabilitación social.

¿Cómo podía entender una persona de esta condición, cuyo vocabulario total quizá alcanza 200 palabras, lo que era la convivencia pacífica y el respeto hacia los demás, cuando seguramente nunca nadie se le acercó en su vida para razonar con él ni para quererlo, sino probablemente para golpearlo? ¿Cómo podía entender lo que son los derechos humanos alguien que a lo mejor solo ha sido tratado como aquí tratan a los animales? ¿Cómo podía comprender lo que era un delito, si su Código Penal solo contenía un artículo de cuatro letras escasas: «matá». Para él lo único malo es matar, porque el robo, la estafa, el engaño y la burla no existen y por tanto están bien.

Los transeúntes tampoco salían de su asombro al ver que cinco personas, incluidos dos policías estaban tratando de razonar con un buhonero estafador. No les cabía en su mente que no lo mataran a palos ni le robaran su mercancía. Menos podían imaginar que la causa del problema era la estafa contra los consumidores y que hubiera un organismo que estaba velando por la justicia.

¡Ya era demasiado! Muchos deben haber corrido a buscar auxilio siquiátrico para sobrellevar ese trauma.

Ante tal exotismo muchos comentarían: ¿Creerán estos defensores que están en Suiza? ¿Por qué se están preocupando porque roben al pueblo? ¿Estarán locos?

Durante más de una hora de achicharrarnos bajo el sol logramos que el hombre aceptara (porque «entender» sería mucho decir), y entregara el instrumento de su delito para venir el lunes a recibir una charla.

¿Servirá de algo? No importa. Lo que sí sirvió es el mensaje que dimos a todos los que presenciaron la escena: ¡puede haber una Venezuela mejor!


Óscar Mago Bendahán en La BitBlioteca



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