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Constitución activa Ser Presidente... ¡divina pasión! Óscar Mago Bendahán 9 de febrero de 2000 En Venezuela pareciera que cuando hay más de una persona dedicada a algo, una de ellas debe ser presidente. Parece que tuviéramos el complejito de capataces. Esa propensión es más bien una enfermedad. Todos queremos ser presidentes para mandar, aunque sea un ratico. Si no que lo digan las comunidades vecinales, donde hay quienes casi han dado la vida por llegar a ser presidentes, aunque sea de la "Republiquita... del Condominio". ¿Para qué? No sabemos. Conozco una de esas personas que consagró su sueño dorado cuando ¡ejerció la presidencia sola, sin Junta!. En los libros de actas de reuniones de ese condominio consta que se reunía consigo misma, en el más profundo y aberrado alarde de egocentrismo. Proponía asuntos y se auto-aprobaba, luego firmaba. ¡Un verdadero caso patológico!. Otra persona encontró el condominio como lugar para consagrar su ideal. Desde el día de su nombramiento, hasta transformó su manera de andar, y parecía el propio Luis XIV, el Rey Sol, haciendo su entrada triunfal en Versalles. A una dama, presidenta de otro condominio de la Candelaria, por su arrogancia era conocida como "la Emperatriz del Lavapiés", en recuerdo de aquella famosa canción española (el Lavapies es una especie de Charneca en Madrid). La Constitución Nacional señala en su artículo 236 venticuatro atribuciones y obligaciones del Presidente de la República, que entre otras, contienen facultades diversas: las ejecutivas (las propias del Presidente), las legislativas (cuando dicta decretos, Decretos-Leyes, reglamenta las leyes y además puede objetarlas y promulgarlas poniéndoles el "cúmplase"); ejerce facultades judiciales cuando indulta. Es el máximo jefe de la Fuerza Armada y presidente del Consejo de Defensa de la Nación, supremo negociador de préstamos y jefe de las relaciones internacionales, jefe absoluto de personal nacional (nombra y destituye, crea servicios públicos y ministerios, suscribe contratos); y además es máximo administrador de la Hacienda Nacional. Pero además de esas minucias, hemos detectado, dispersas en la Constitución, unas cuarenta funciones más, entre ellas decidir autónomamente cuándo una partida o información debe ser secreta (artículo 325). La manera criolla de redactar las constituciones revela el desconocimiento histórico que tenemos de la democracia. No concebimos el trabajo en equipo, sino el de un Señor con sus vasallos. Y esto fue siempre así en Venezuela, con excepción de nuestra primera Constitución en 1811, cuando hicimos el experimento de compartír la presidencia de la República entre tres (artículo 72): El Triunvirato . Esto no fue original, sino una copia de las constituciones francesas de 1795 y de 1799. El ejemplo de Suiza es el más significativo. El Consejo de la Federación Suiza está compuesto por siete miembros pertenecientes a las distintas corrientes de pensamiento. No existe Presidente, más que de nombre. Todos gobiernan horizontal y reposadamente, y parece que les ha ido bien. En Venezuela tenemos el ejemplo de idílica convivencia de quienes firmaron el inefable Pacto (de la quinta) "Punto Fijo" (de Caldera). Se pusieron de acuerdo para dividirse el poder. Se llamó por aquel entonces "la Guanábana", "la Ancha Base", y vivieron felices hasta que... "llegó el Comandante y mandó a parar", como decía la canción de los primeros tiempos de Fidel. Nuestra experiencia en el fomento de Tribunales Vecinales de Paz en Venezuela durante más de trece años, nos ha dicho que la mejor forma de organizarlos, es cuando tres Jueces de Paz trabajan juntos. Los co-gobiernos favorecen una mejor convivencia. Después de las elecciones, los perdedores no se van a la oposición feroz, con el único propósito de recuperar el poder mediante tácticas pocas veces éticas. El gobierno compartido puede significar respeto y tolerancia a los opositores. Pero la pasión nacional por el presidencialismo parece alejarnos ahora más que nunca, de nuestra utopía democrática.
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