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Elogio de la cordura

Aborto y eutanasia en la Constituyente

Óscar Reyes
Filósofo
oreyes@cantv.net

Cualquier liberal post-moderno, como quien suscribe, se sentiría sumamente preocupado por el lanzamiento político del «No» a la nueva Constitución desde los púlpitos. Primero, porque retrocederíamos a tiempos anteriores a la Revolución Francesa, cuando la Iglesia era no solo un partido, sino uno de los poderes constituidos. Se cortaron demasiadas cabezas para que finalmente los intereses civiles estuvieran por encima de los concilios. Así que —por principio político— la eutanasia y el aborto deberían ser temas de interés ciudadano y no materia teológica. La teología no es democrática: los consensos y disensos ciudadanos sí pueden serlo, siempre que se logren a través del debate y no de la coacción.

En segundo lugar, las razones de los obispos no son convincentes. Cambiar la redacción de los artículos 79 y 80 de modo que en los derechos de los niños se les garantice la vida «desde el momento mismo de la concepción» poco va a influir en nuestros hábitos sobre la vida y la muerte.

La realidad dura y cruel, lejana a legislaciones «metafísicas» (en el sentido callejero y no académico), es que las muchachas abortan por quíteme estas pajas. Si tienen dinero, lo hacen en una buena clínica. Si son pobres, acuden a clínicas clandestinas donde arriesgan la vida en una camilla destartalada y sucia, y en manos poco confiables. Por supuesto que se trata de un problema de salud pública, y que la sinceridad siempre es mejor en estos casos que la hipocresía: si nos sinceramos, ellas podrían hacerlo en hospitales medianamente confiables, donde sus vidas no corrieran tantos riesgos.

¿Las causales para el aborto? Creo que hay dos medianamente razonables: la violación y el peligro para la madre. Si una madre corre peligro de morir por un embarazo, lamentablemente el médico y el esposo tienen que escoger. Es muy probable que escojan salvar a la madre, que puede embarazarse a futuro. O la pareja puede adoptar. El argumento también vale para graves enfermedades en el feto. ¿Es necesario que el médico tenga un cepo constitucional que no le permita tomar esta decisión junto a los afectados? ¿Por qué tuvo la Iglesia que escoger previa y dogmáticamente por ellos?

En el caso de las violadas, la violencia que implica el acto, lo no deseado de ese embarazo, son causales suficientes para que ellas tengan derecho a interrumpir la gestación. En Río, según leo en O Globo, hay una polémica. El alcalde ha mandado a poner un cartel en los hospitales, donde se informa a las violadas que tienen derecho a abortar en esas instituciones. En Brasil, el aborto es legal por las dos causales que hemos citado. Los obispos han estallado, diciendo que es apología del aborto. El alcalde señala que ellas tienen derecho a conocer sus derechos, y que el índice de violaciones en Río es altísimo. Un argumento demoledor del Alcalde a los obispos es que el Vaticano y el Papa han permitido el aborto de monjas que han quedado embarazadas por violaciones en los países donde ejercen su pastoral. ¿Son las monjas más mujeres que cualquier chama del cerro violada por una partida de malandros?

La eutanasia no tiene mucha discusión ni siquiera entre nuestra cultura latina y católica.

Si un amigo, un familiar, un ser querido, está enfermo grave, en estado terminal, y sufriendo mucho: ¿cómo negarle su derecho a una muerte tranquila, sin tanto sufrimiento? Ese derecho debe estar en sus manos, como última voluntad. O debe ser una responsabilidad de sus familiares en caso de que el enfermo no pueda comunicarse. En los hipódromos, cuando un caballo rueda y se parte una pata, inmediatamente es sacrificado de un balazo, para que el pobre animalito no padezca dolores horrorosos, y porque además se sabe que de esa lesión no va a recuperarse. ¿Por qué los caballos merecen más consideración en su dolor que los seres humanos?

Algo se le agradece al Presidente: proponer que esa decisión se deje en nuestras manos, mediante referéndum. Siempre es preferible más democracia participativa que representativa, auque la consulta nos cueste 30 millones de dólares. Ninguna inversión para profundizar la democracia es superflua.

Creo que como pueblo somos mayores de edad para decidir estos temas, y no que lo hagan por nosotros los obispos, el futuro congreso o la actual Asamblea.

La realidad venezolana en materia religiosa es escandalosamente contradictoria: somos mayoritariamente católicos, rezamos y creemos en Dios, pero no hacemos mucho caso a los obispos en cuestiones terrenales, sin pensar que por ello perderemos el cielo. Si estuviéramos tan preocupados por los dogmas, nadie le pondría velas a la reina María Lionza por miedo al infierno. Y la Reina tiene miles de fieles, incluído Rubén Blades, que le compuso una canción.

La oferta religiosa es amplia. Hay para escoger. Si nos echan de una Iglesia, otra nos aceptará. Es simple competencia capitalista aplicada al mercado de las almas.


Conferencia Episcopal Venezolana, Declaración sobre algunos aspectos del anteproyecto de la nueva Constitución



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