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El almirante Cristóbal Colón y lo real maravilloso venezolano Oscar Sambrano Urdaneta*
En el puerto de San Lúcar el último día del mes de mayo de 1498, una nao y dos carabelas españolas al mando del Almirante Cristóbal Colón se aprestan a zarpar en busca de las tierras continentales que seguramente debían existir tras aquel rosario de islas descubiertas en sus dos viajes anteriores. La tripulación de estas embarcaciones no ignora las privaciones y molestias a que habrán de someterse mientras dure la prolongada travesía. Sólo especialistas de nuestro tiempo conocen en detalle cómo era la vida a bordo de aquellos infiernillos flotantes. La mayoría ni siquiera alcanza a imaginar los padecimientos derivados de la pésima alimentación, el racionamiento del agua potable, el hacinamiento, la falta de asistencia médica, lo cual, unido a la insalubridad de aquellos pequeños navíos en extremo sucios y malolientes, infectados de piojos, chinches y ratas hambrientas, fue causa de muchas enfermedades y muertes. Saben también los tripulantes que aparte de las incomodidades y privaciones a bordo, los esperan las contingencias de la naturaleza, unas veces en forma de tempestades caracterizadas por vientos huracanados y olas de gran tamaño, acompañadas por copiosos aguaceros que muchos de los marineros soportaban a la intemperie, porque era preferible dejarse calar hasta los huesos por el agua proveniente del mar y del cielo, que buscar refugio debajo del puente, donde una vez que se cerraban las escotillas, se hacían atroces la sofocación y la pestilencia de la sudoración y de la falta de aseo personal. Otras veces, las temibles calmas chichas inmovilizaban la embarcación, cuya fuerza motriz para desplazarse dependía exclusivamente de los caprichos del viento, y la sometían a los rigores del sol, el enrarecimiento del aire que se tornaba asfixiante en el interior de bodegas y entrepuentes, y las temperaturas tórridas favorecedoras de la descomposición de los alimentos y de la putrefacción y agusanamiento del agua de beber. Fue una de estas calmas chichas el primer obstáculo de importancia que debió sortear Colón en su viaje tercero, cuando dice que en cierto punto de su derrotero «me desamparó el viento, y entré en tanto ardor y tan grande, que creí que se me quemasen los navíos y gente. Duró este ardor ocho días, el primer día fue claro y los siete días siguientes llovió e hizo nublado». Viajes tan largos y tan repugnantes como los que debían padecer los expedicionarios del siglo xvi, cualquiera fuese su país de origen, dieron pie para que los historiadores se preguntasen cuáles pudieron haber sido los resortes que movieron tan audaces como temerarias determinaciones. Las respuestas conducen a pensar en hombres de un temple especial que ponían en jaque sus propias vidas; audaces aventureros a los que esta reciedumbre de cuerpo y de alma se juntaba con un cierto desdén por la existencia, como si admitiesen que no tenían mucho que perder si las cosas no salían bien; y, desde luego, la apetencia por la hazaña, el amor por el poder y por la gloria y la ambición de riquezas representada más que en el disfrute y usufructo de la tierra, en la posesión febril del oro y de las piedras preciosas. Los impulsaba también el interés, generosamente retribuido, de ganar territorios para la expansión de la Monarquía española, que vio acrecentarse su poder y la riqueza de sus arcas con el ensanchamiento de sus colonias ultramarinas, hasta hacer de ella en el siglo xvi la primera potencia del mundo en la época de los Habsburgo. En otro orden de intereses menos terrenales, circunscrito a obispos, prelados, frailes y misioneros, y regido por las estrictas relaciones entre la Iglesia y el Estado, se encontraba el designio de convertir los gentiles a la doctrina de Cristo y de atraerlos a la vida civilizada al modo como la entendían los europeos de aquel entonces, cuando los sentimientos piadosos se confundían oscuramente con el interés de los esclavistas que veían en los indios siervos sumisos, seres sin dolientes desamparados por completo de lo que hoy se denominarían sus derechos humanos, tal como lo denunció el padre Montesinos en La Española, y los trató de enmendar con discutible solución el padre Las Casas, trocando de buena fe indios americanos por negros del África. Éste es el conjunto de hombres y de circunstancias que tras dos meses de haber levado anclas en la villa de San Lúcar el 31 de julio de 1498 arriban a una gran isla a la que Colón denomina Trinidad, por haber distinguido en ella tres montañas. Pudiera decirse que aquí nacen los mitos o los símbolos, en este caso de naturaleza mística, y que comienza el encuentro de dos códigos existenciales y culturales que se desconocen entre sí: el de los españoles que no entienden a los indígenas, y el de los indígenas que tampoco entienden a los españoles. El suceso que sigue, referido por el propio Colón, demuestra lo dicho en forma que se equilibra entre lo humorístico y lo grotesco. «Cuando llegó esta canoa (con veinticuatro hombres, todos mancebos y muy ataviados con armas, arcos y flechas y tablachinas), habló de muy lejos, y yo ni otro ninguno no los entendíamos, salvo que yo les mandaba a hacer señas para que se allegasen, y en esto se pasó más de dos horas, y si se llegaban un poco, luego se desviaban. Yo les hacía mostrar bacines y otras cosas que lucían, por enamorarlos por que viniesen, y al cabo de buen rato se llegaron más que hasta entonces no habían. Y yo deseaba mucho haber lengua y no tenía ya cosa que me pareciese que era de mostrarles para que viniesen, salvo que hice subir un tamborín en el castillo de popa, (unos músicos) que tañesen, y unos mancebos que danzasen, creyendo que se allegarían a ver la fiesta. Y luego que vinieron a tañer y danzar, todos dejaron los remos y echaron mano a los arcos y los encordaron, y comenzaron a tirarnos flechas». Una extraña coincidencia, advertida por Isaac J. Pardo en su magnífica obra Esta tierra de gracia (1955), es la ceguera que afecta a Colón justamente cuando está a punto de culminar su mayor y más importante hazaña. Dice el Almirante que ni siquiera cuando estuvo treinta y tres días sin pegar los ojos durante su primer viaje «no se me dañaron los ojos ni se me rompieron de sangre y con tantos dolores como ahora». ¿No es acaso parte de lo real maravilloso el que un descubridor que se halla en el ápice de sus descubrimientos al convertirse en el primer europeo que divisa la tierra firme americana, se quede medio ciego precisamente en aquellos momentos cuando más requería de su capacidad visual? Hay mucho más de lo real maravilloso en lo que cuenta Colón a los Reyes Católicos en el informe que les envía sobre su tercer viaje. Sucede que desde la punta de El Arenal, situada en el extremo sur occidental de la isla de Trinidad, Colón avista hacia el poniente una costa que denomina Tierra de Gracia y en la que, pese al mal estado de sus ojos físicos, pero con las pupilas de la fe bien abiertas, distingue claramente las características esplendorosas de lo que creyó era el Paraíso Terrenal. Naturalmente se apresta a navegar hacia ella, pero en la Boca de Dragos se encuentra con peligrosas corrientes y arrecifes traicioneros y no se atreve a correr el riesgo de un naufragio. Se le presenta entonces una peculiar situación náutica, al creer que no podía volver atrás por la corriente que venía del este hacia el oeste «con tanta furia dice el Almirante como lo hace Guadalquivir en tiempos de avenida, ni tampoco proseguir por el riesgo de encallar en los bajos». En este ni para adelante ni para atrás, interviene de nuevo lo maravilloso y le resuelve el problema a Colón, quien lo refiere así. «Y en la noche, ya muy tarde, estando al bordo de la nao, oí un rugir terrible que venía de la parte del austro hacia la nao, y me paré a mirar, y vi levantando la mar de poniente a levante, en manera de una loma tan alta como la nao, y todavía venía hacia mí poco a poco. Y encima de ella venía un filero de corriente, que venía rugiendo con muy grande estrépito con aquella furia de aquel rugir, que de los otros hileros que yo dije que me parecían ondas de mar que daban en las peñas, que hoy en día tengo miedo en el cuerpo que no me trabucasen la nao cuando llegasen debajo de ella. Y pasó, y llegó hasta la boca, adonde allí se detuvo grande espacio». Al día siguiente, Colón envía unas barcas a sondear y éstas hallan que en la parte más baja de la boca había seis o siete brazas de fondo, lo que permitía el paso de sus naves sin riesgo. También se suma a la buena suerte del navegante un viento favorable que lo impulsa para atravesar felizmente la boca y encontrarse con las aguas apacibles y dulces del Golfo de Paria, que le dieron otra señal de lo sorprendente de aquellos parajes donde la mar dejaba de ser salobre. En estos primeros contactos con tierra firme, lo que más le llama la atención al descubridor es el paisaje junto con los naturales y las riquezas representadas por el oro y las perlas. El paisaje lo impresiona porque lo considera formado por los parajes más hermosos del mundo: «la temperancia suavísima, y las tierras y árboles muy verdes». Los indígenas «son todos de muy linda estatura, altos de cuerpos y de muy lindos gestos»; y los adornos que exhiben hechos con trozos de oro y con perlas de exquisita esfericidad le producen gran placer. Estimulado por este interés, Colón envía a tierra dos barcas en procura de perlas. Los españoles son recibidos con grandes manifestaciones de amistad, no obstante haber declinado el Almirante la invitación que le había sido hecha por el cacique, cuyos emisarios fueron en canoas a la nao a rogarle de parte de su rey que descendiese a tierra. En vista de su negativa, fueron los nativos quienes vinieron en gran número a visitar al Almirante que permanecía a bordo, «y muchos traían piezas de oro al pescuezo, y algunos atados a los brazos algunas perlas. Holgué mucho cuando las vi» escribe Colón a Sus Majestades Católicas, «y procuré mucho de saber dónde las hallaban». En cuanto al recibimiento de que fueron objeto los españoles, es un hecho que los indígenas los trataron como huéspedes ilustres al brindarles toda clase de atenciones y finezas, pese a no poder entenderse con ellos. Vale la pena reproducir el pasaje en el que don Cristóbal reseña la hidalguía de estos naturales. «Dicen que, luego que llegaron las barcas a tierra, vinieron dos personas principales con todo el pueblo. Creen que el uno era el padre, y el otro era su hijo, y los llevaron a una casa muy grande, hecha a dos aguas, y no redonda como tienda del campo, como son estas otras; y allí tenían muchas sillas, adonde los hicieron sentar, y otras donde ellos se sentaron, e hicieron traer pan y de muchas maneras frutas, y vino de muchas maneras, blanco y tinto, mas no de uvas. Recibieron ambas las partes mucha pena porque no se entendían, ellos para preguntar a los otros de nuestra patria, y los nuestros por saber de la suya. Y después que hubieron recibido colocación allí, en casa del más viejo, los llevó el mozo a la suya, e hizo otro tanto». A la luz de estos hechos es evidente que nadie tendría dificultad para distinguir quiénes eran los civilizados y quiénes los salvajes. Lo natural es que hubieran sido los indios quienes se sintiesen atemorizados y cautelosos ante aquellos navíos que veían por primera vez y que debieron lucir gigantescos ante sus ojos, y frente a aquellos hombres blancos y barbados, vestidos de extraña manera. Lo lógico es que los españoles, que ya poseían experiencia en indios insulares y que no tenían por qué conturbarse ante el factor sorpresa, se hubiesen mostrado más amistosos, dado su interés mercantilista. Sucedió exactamente lo contrario y esto, creo yo, es el comienzo de esa Venezuela al revés que en nuestro tiempo sobrevive de muchas maneras, como por ejemplo el contrasentido de una población pobre que habita en un país incalculablemente rico, por no señalar sino un ejemplo que por ser contundente no se presta ni a dudas ni a polémicas. Colón bautizó aquel lugar con el nombre de «Los Jardines» y prosiguió su navegación. Expresa el doctor Isaac J. Pardo, en su obra ya referida, un juicio que por resumir lo que se ha intentado expresar es válido traer a colación: «Hasta aquí el relato de Colón es ameno y emocionante como un cuento de aventuras. Naves y marinos a punto de quemarse por el calor del aire en alta mar, islas frondosas que surgen al paso de los navegantes en los momentos más difíciles, Bocas de Serpientes donde las aguas se alzan como montañas para que no se descubra el secreto escondido más allá, aguas salobres que se tornan dulces y en cuyas márgenes hay un País y un Rey de los Jardines o un Golfo de las Perlas». Todas estas apreciaciones del insigne autor de Fuegos bajo el agua configuran un cuadro perfecto de lo que Alejo Carpentier llamó lo real maravilloso, concepto que no en balde fue acuñado en Caracas en una conferencia en la Universidad Central de Venezuela. Pero lo más desconcertante en este mismo orden de ideas es que el almirante Colón, posiblemente enajenado por otros pensares que no lo apartaban de La Española, nunca se dio cuenta de que había llegado a un continente nuevo en el que jamás puso el pie; y de que por extrañas maquinaciones del azar, no fue su nombre sino el de Amérigo Vespucci el que sirvió para denominar el vasto mundo que él había revelado a la humanidad. Todo esto, desde luego, de ningún modo le resta grandeza a su hazaña gigantesca como uno de los navegantes mayores en toda historia de los mares, a quien rendimos el homenaje que a los venezolanos nos merece su memoria.
*Ensayista, profesor universitario. |
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