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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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El periodismo venezolano sucumbe a la política

Entre el arsénico y la cicuta

Papel Literario de El Nacional, sábado 6 de julio de 2002
Ver de Pablo Antillano,
La mediocracia
Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

El debate sobre medios de comunicación en La BitBlioteca

Participe en el foro Los medios de comunicación en el siglo XXI

Tan recio es el conflicto político de estos días que hasta los humoristas se han dividido en bandos irreconciliables. Por consiguiente, es explicable que en otros oficios, en otros menesteres, de menos jovialidad pero igual genio, encontremos dos sectas similares e irreductibles. Entre ellos el sensible caso del periodismo y, por extensión, de los medios y la información.

Dos importantes contingentes de periodistas, irreconciliables e irredentos, han desempolvado viejas nociones del intelectual comprometido, del compromiso y la militancia, para justificar sus coartadas cotidianas, a veces apasionadas y otras, pocas, conceptuales. A unos y a otros les ha dado por lanzar arena en los ojos de los lectores para llevar agua a su propio molino, para que la razón de sus convicciones se trasmute en revelación divina, exaltada, unívoca, ineludible y poderosa. Ambos grupos actúan en nombre del bien común, invocan la defensa de la democracia, de la justicia y de la redención, actúan en nombre de la libertad de expresión y acusan al adversario de manipular la información, de mentir, de agredir, de promover un escenario político de consecuencias diabólicas. Ambos han encontrado justificable que se violen los principios fundamentales del oficio periodístico, porque no les parece que sea un momento prudente para hacer periodismo, ya que el momento exige ser militante y comprometido. No dejan de ser de enorme importancia las huellas testimoniales de esta perspectiva que han expresado, no solo los consabidos columnistas de opinión, sino reporteros de formidable envergadura en el momento actual del periodismo venezolano. Y quedarán para la historia del diarismo los editoriales explícitos de grandes diarios nacionales y regionales que han sostenido que lo que está en juego es más importante que el periodismo y hay que actuar en consecuencia.

Medios creíbles y periodísticos

En la mayoría de estos artículos, editoriales o manifiestos, unos sostienen que no es el momento de ser neutrales sino el momento de sacar a Chávez, los otros responden que no es el momento de ser imparciales sino el de defender la revolución.

Omiten estos periodistas y esos medios la posibilidad de que las audiencias no les estén solicitando que sean imparciales ni neutrales sino simplemente creíbles, y que hagan buen periodismo. Un medio no tiene por qué ser neutral pero puede ser creíble, incluso por sus adversarios.

De hecho, ni en el periodismo venezolano ni en el de los países democráticos se han entendido nunca los términos de neutralidad, imparcialidad u objetividad como sinónimos de una ausencia de posición o una orientación a no tomar partido. Olvidan que El País de España tiene una posición y que la misma es diferente de las posiciones de El Mundo o de ABC. Que la revista Panorama de Italia se lee como una revista de las izquierdas mientras que L’Espresso es leída como revista de derecha. Posiciones diferentes tienen Le Figaro, Nouvel Obs, Le Monde o Il Manifesto. Y nunca, jamás, han renunciado a sus puntos de vista los diarios norteamericanos, unos más republicanos y otros más demócratas. Han objetado sistemas de gobierno, pero intentan preservar siempre los códigos de hierro sobre los que se levanta el mejor periodismo del mundo.

Las audiencias indefensas

La desesperación política, la impaciencia y en muchos casos la arrogancia llevó aquí a muchos editorialistas y periodistas a sostener que los medios habían sustituido a las organizaciones políticas. Que habían llenado el vacío dejado por los partidos. Se lo repitieron tanto a sí mismos que terminaron por creérselo y por vender esta falacia a los lectores. De esta manera los medios de uno y otro bando —oposición y gobierno— terminaron por convertirse en máquinas de propaganda y arenas de combates.

Ambos grupos terminaron aceptando prácticas informativas en las que se silencia o se oculta información, se permite que la opinión se metabolice en información, se alimenta el rumor, se da crédito al panfleto militar y a la arenga política, se legitima el documento no confirmado, se da cauce a la opinión interesada de terceros, e incluso de abogados y litigantes de un solo lado, no discuten las premisas sobre las que se sustentan las campañas, no se investigan a fondo los actos de corrupción, se permite que queden impunes los crímenes políticos y que no se evalúen los intereses bastardos o ilegítimos de los protagonistas, con tal de que coincidan con una causa. El publico de ambos lados perdió la posibilidad de conocer los hechos porque, como los políticos, los periodistas y medios mueven sus informaciones hacia sus beneficios, hacia sus conveniencias o banderas.

Del periodismo combativo al antiperiodismo sesgado

Los tiempos que seguirán a la actual crisis política que sacude a Venezuela serán ricos en libros, investigaciones y análisis que evaluarán el impacto sobre los diversos oficios y segmentos de la venezolanidad contemporánea. Por lo pronto enumeremos aquí la primera evaluación que en diversos foros y encuentros con periodistas se han hecho sobre la conducta de los medios antes, durante y después de la profunda crisis de abril de 2002, donde se discutieron algunos de los síntomas mas visibles de ese quebranto de las bases de nuestro periodismo:

  1. Exceso de discrecionalidad en la interpretación intencionada de la noticia. El periodista ya no entrevista sino que se convierte en un personaje litigante. No le interesan los hechos, le interesa tener razón. Títulos intencionados que apoyan la perspectiva editorial y no la importancia noticiosa.
  2. Usos irregulares de las fuentes. Uso exagerado de fuentes informativas de un solo sector. Contraste suspicaz y sistemático de las noticias provenientes del sector adversario y validación automática en las fuentes coincidentes con el propio interés. Manejo interesado, acrítico, antidemocrático y delictivo de la fuente militar. Adulancia y credibilidad a la información oficial y progubernamental.
  3. No se verifican con rigor todas las informaciones provenientes de terceros.
  4. Sobrevaloración del rumor y las formas condicionales de la información. Validación interesada de rumores, advertencias y suposiciones no comprobadas. Valoración abusiva de las formas condicionales como habría, no se descarta, podría, al parecer, se comenta que... etc.
  5. Excesos de opinión en la información.
  6. Confusión entre publicidad, propaganda política, opinión e información, especialmente en los medios radioeléctricos. La manipulación de la imagen audiovisual.
  7. Ausencia de rigor. En los debates que los medios promueven entre “expertos” —que hoy son los opinadores profesionales— podemos muchas veces formarnos una opinión sobre cuál de los dos ha ganado, cuál ha tenido la victoria dialéctica, pero estamos virtualmente indefensos contra las falsas premisas, que ninguno de los contrincantes ha desafiado, o indefensos ante los aspectos o temas que se omiten involuntaria y negligentemente, y que ninguno de los dos ha incluido en sus argumentos. Se orienta al público a dilucidar quién ha ganado, pero se le impiden las reflexiones que permiten discernir la validez de la confrontación, las premisas o causas de la misma. Falta de rigor es también ausencia de investigación, desprecio por la comprensión documental.
  8. Retórica del espectáculo y el entretenimiento. A la ausencia de rigor contribuye la nueva retórica de los medios en los que la noticia debe ser corta, breve, entretenida... que son modalidades adquiridas del mundo de la publicidad y el entretenimiento. Estas formas retóricas atentan contra el rigor de la documentación, del contraste, de la investigación y abandonan al espectador y al lector a merced de los efectos y el manejo del espectáculo.

¿Qué hacer?

En conclusión, la actual confrontación política impide ver a periodistas y medios, militantes y combativos, que estas prácticas de mal periodismo debilitan sus propias causas. Afectan la imagen de calidad periodística que se exigen los medios de envergadura, debilitan la contundencia de sus denuncias y campañas, erosionan la credibilidad en torno a sus posiciones e intereses, y los hace vulnerables a su utilización por parte de terceros.

Pero lo que es más grave, deja a la población, a las audiencias sin información creíble, sin medios creíbles. La democracia queda desnuda, sin la autoridad de los medios para dotarla de instrumentos de discernimiento y orientación. Es más sólida una democracia con medios fuertes por creíbles que una sociedad con medios fuertes por comprometidos.

Creemos que no es difícil reconstruir el sistema informativo venezolano, severamente deteriorado, si se reestablecen algunos principios del periodismo orientados a atenuar el exceso de opinión de las mesas de redacción y, muy especialmente, cumpliendo las normas clásicas del buen periodismo que contempla verificación de la información obtenida de terceros, no dar crédito al rumor o al chisme que afecta a terceros sin la debida comprobación, usar las fuentes con precisión, evitar al máximo los condicionales (habría, no se descarta, podría, al parecer, se comenta que... etc.), perseguir el rigor y la precisión, utilizar con propiedad los apoyos documentales, informar siempre con base en hechos, y contrastar opiniones de diversos bandos en casos controversiales, no acusar a nadie, ni considerarlo sospechoso de algún delito, si no se cuenta con indicios suficientes y capaces de ser suscritos por instituciones externas al periódico, reproducir las citas con exactitud, titular en concordancia con los materiales informativos, cultivar la elegancia lingüística, evitar las expresiones ofensivas para alguna de las audiencias de periódico, cultivar el uso ponderado de las encuestas para evitar ser utilizado en conflictos de intereses, de otra manera moriremos envenenados, sea con arsénico chavista o con cicuta golpista.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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