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El espectáculo invisible

Fulgencio

21/10/1999

Fulgencio es arquitecto, y ya desde los tiempos de estudiante, lo llamaban Pajarote. No por el tamañote, sino por una mezcla plumífera que brotaba de su aspecto: una narizota, ojos un tanto brotados , la mirada perdida y, más que cabello, una cresta. Es el mismísimo pajarote que vimos el domingo en el Go-Kart de la California Sur. Estaba encaramado en uno de los carritos compitiendo con niños de apenas diez años. Mientras Federica (11), Cayetano(10) y Verónica (9) daban una vuelta a la pista, en «los carros grandes», Pajarote (43) le daba dos vueltas , pegado a las curvas como si se sintiera Michael Schumacher, el temerario corredor de la Ferrari.

Pero Pajarote no es el único adulto que anda por ahí, dándole rienda suelta a sus asignaturas pendientes. Ricardo, por ejemplo, que está armando una ¿cadena? de licorerías en varios sitios de la ciudad se la pasa montando caballo con los hijos pequeños. Pero no en La Lagunita, ni saltando en el Country. No. En los pencos de La Guairita y de El Junquito. Tremendo gordo encima de aquellos pobres rocines costillúos.

¿Y qué me dicen de los papás comunicativos que no salen de Chamocrópolis en El Marqués, de Diver-X-city en el Sambil o de las salas de maquinitas de las tiendas de Video Color Yamín.? Los hemos visto encaramados en las plataformas de skies, moviendo las cinturas y estrellándose contra las bardas mientras los pequeños esperan atónitos e impacientes. Gastan fortunas en las cabinas de carreras electrónicas de automóviles o de motocicletas estáticas. Disparan con rifles y pistolas virtuales contra pantallas milagrosas. Se dan durísimo en las maquinitas de Mortal Kombat y en todas esas que plantean combates de dibujos animados, o llevan a los hijos a jugar pull en las pizzerías.

Bien lejos de la trascendencia Constituyentista y de los programas de opinión, toda una generación de padres citadinos de fin de semana anda por ahí disfrutando de lo nunca tuvieron en su infancia.

—En mi época de padre no había dónde llevar a los niños —dice el veterano José González cuyos hijos ya crecieron y se meten pepas de Extasis en las fiestas Rave—. Esta ciudad era hostil con los carajitos. La mamá los llevaba al Tilingo, a una que otra película o al Parque del Este, y por supuesto a los cumpleaños. Lo de los museos los aburría , y al estadio llegó un momento en el que no se les podía llevar, por la cerveza y el bululú…

La ciudad de los muchachos

Cuando Fulgencio, Ricardo y José estaban en edad escolar, la cosa era peor todavía. Los llevaban eventualmente al Cine Avila, en el Boulevard de la Esquina de Pajaritos o a las matinée del Radio City, a ver a Lily Alvarez Sierra. Esto lo cuenta José.

—Se acostumbraba visitar a la familia los domingos. O hacer un viaje al litoral, a Los Caracas o a la Playa Lido, que era toda una expedición. Eso era muy de vez en cuando. Pero ahora los carricitos tienen de todo. Los míos ya tenían Atari y hasta Nintendo. Los de ahora tienen cada uno un televisor, tienen computadoras, Nintendo 64 y Game Boy.

Los niños de clase media de los 80 y 90 se convirtieron de pronto en un centro de atracción descomunal para las industrias culturales, del entretenimiento y la educación. Los parques de diversión ya no tienen sólo animales, columpios , sol y vegetación, ahora se han instalado bajo techo, en los Centros Comerciales, con grama artificial , videojuegos y teatros virtuales. El dormitorio ya no es habitado por peluches y mecanos, sino por videocasseteras, Marios, videos, patines en línea, simuladores de vuelo y correos electrónicos.

Las mascotas de nuestros dias ya no son sólo perros, gatos, pájaros y peces , sino pequeños robots inteligentes y afectivos, como Tagamushi, o como el espantoso Furby que es capaz de aprender a hablar, que baila, bosteza, se enferma, y reconoce a los miembros de la familia.

Pero lo que dice José parece tener sentido, ¿pueden los padres abstenerse de participar de este formidable parque de juguetería y entretenimiento al que en su infancia no tuvo acceso? ¿Puede un papá evitar la tentación de entrar en las cabinas de realidad virtual, o no participar en las desafiantes aventuras de Nintendo 64 o de las modernas estaciones caseras de videojuegos ?. En la clandestinidad de la vida doméstica o en el plató exhibicionista de los Parques de Diversión se anidan las sombras de Don Fulgencio, el que no tuvo infancia.

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