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Guggenheim en Caracas

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

03/11/1999

Al final de la tarde, desde el Paseo Colón se divisan las torres del Parque Central contrastando con los brochazos rojos que deja el sol al despedirse. Un arquitecto le pregunta a otro si puede decirse que estas torres son a Caracas lo que el teatro de la Opera es a Sidney, la Pirámide Transamérica a San Francisco, las Twin Towers a Nueva York, o el Guggenheim a Bilbao. ¿Cuando un inglés, o un romano o un argentino ven nuestro Parque Central en una postal, en una película o en una revista piensa … ¡Ah, sí, Caracas!?

Nadie está tan seguro. En una época, las Torres del Centro Simón Bolívar constituyeron, sí, un emblema inconfundible y universal. No solo eran un símbolo arquitectónico, unas enormes torres que se erigían sobre una ciudad de alturas modestas, sino que representaban el asiento de la modernización del país, representaban a un nuevo Estado con pretensiones democráticas, una nueva burocracia, una vocación de planificación urbana, y a la vez una cultura arquitectónica que se esparcía de la mano del maestro Carlos Raúl Villanueva , creador de la Ciudad Universitaria, de la Plaza de los Museos y de El Silencio, otrora majestuoso.

Esa cultura que nació hace cincuenta años hoy está en el piso. El proyecto político que lo acompañaba sucumbió en la corrupción y la ineficacia y sus principales símbolos cayeron en desgracia. Hoy las Torres del Centro Simón Bolívar son un meadero, hediondo, caótico, disfrazado, abandonado de Dios. Y los pocas estructuras arquitectónicas que se levantaron para sustituirlo no han logrado equiparar, en la imaginería colectiva , a aquel formidable poder simbólico: ni el Helicoide, ni el Teresa Carreño, ni el Parque Vargas, ni el Poliedro, y ni siquiera el Parque Central , que la ciudad ve marchitarse día a día en el abandono.

Nuevos emblemas para un nuevo país

Algo debe hacerse. Por ahí anda Thomas Krens, director de la Fundación Guggenheim visitando ciudades latinoamericanas que pudieran albergar el Museo Guggenheim de la región. Krens intenta reproducir en América Latina el fenómeno que sacó a Bilbao de su discreta presencia internacional y la colocó violentamente en los mapas turísticos y culturales del planeta.

El hombre acaba de visitar Río de Janeiro, São Paulo, Salvador de Bahía y Brasilia, cuyos gobernadores y jefes municipales han estado exhibiendo las cualidades que sus ciudades ofrecen para constituirse en sedes del Museo. Río dice que ellos tienen el anzuelo turístico internacional, São Paulo sostiene que ellos son la capital cultural de América Latina, Salvador de Bahía arguye que en su Estado tuvo lugar el descubrimiento hace 500 años. Cuchilladas van y vienen.

A la fuerte disputa de las ciudades brasileras se han incorporado los líderes políticos y culturales de las ciudades de Chile y Argentina, que conocen el poderoso efecto que sobre la economía, el turismo y la cultura de Bilbao ha tenido este proyecto. Unos y otros han invitado a Krens a visitar sus ciudades. Algo similar ocurrió en Europa hace diez años. Los países comenzaron a disputarse la sede del Museo.

Tras una larga puja, la Fundación Guggenheim resolvió en 1989 instalarse en Salzburgo, en Austria. Pero con la apertura del mundo soviético los austríacos se complicaron en otros problemas. Saltaron de nuevo los italianos y los vascos. En 1991, Krens sobrevoló Bilbao en helicóptero prácticamente amarrado por José Antonio Ardanza, el Presidente del País Vasco. Krens se resistía: que si la imagen de Bilbao, que si el terrorismo, que tal y cual. El Presidente insistió: ¿Cual es el costo?. Krens disparó la cifra: 320 millones de dólares. El Presidente dijo "Si". Y el americano quedo estupefacto.

Bilbao, realizaba su revolución política, económica y cultural. Había conquistado autonomía fiscal, no pagaban tasas al gobierno central, y tenían el ingreso per capita más alto del país. Remodelaron el casco arquitectónico, construyeron un aeropuerto, una nueva estación ferroviaria y una zona para el asiento de los poderes públicos. Se juntaron con arquitectos volados como Norman Foster, Santiago Calatrava, James Stirling , César Pelli e invirtieron dos millardos de dólares.

Tras un concurso arquitectónico que ganó Frank O’Gehry se inició el proyecto del Museo Guggenheim orientado por tres premisas artísticas: la metáfora del film Metrópolis de Fritz Lang, con su idea de ciudad utópica, la inspiración plástica del escultor rumano Constantin Brancusi y la vela de una nave, clara alegoría a la condición portuaria de Bilbao.

En octubre cumplió dos años de abierto al público. El primer año triplicó las expectativas de visitas nacionales e internacionales. Fue visitado por un millón y medio de personas que aportaron treinta y un millardos de pesetas a la economía local. Bilbao entró en los grandes circuitos turísticos internacionales por la puerta grande de la cultura, la arquitectura y los símbolos.

¿Por qué no le echamos una llamadita a Krens?

 


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