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Inmortales Viernes 14 de setiembre de 2000 Es muy poquita la gente de Porlamar que sabe quien fue Aldonza Manrique. Poquita , poquita. Sin embargo , hay una gran avenida, una de esas que van vistiendo de modernidad a la isla, que lleva este nombre. Aldonza Manrique. Una tronco de avenida, de esas que llevan isletas arboladas en el medio, de esas que alimentan edificios marmoleados y con piscina, donde hay farmacias, tintorerías automáticas, cyber-café, restoranes y pastelerías. Nadie sabe quien fue Aldonza Manrique. Lo sabe por supuesto el poeta Salazar Martínez , lo saben Irene Rodríguez, Héctor Malavé Mata y Miguel Ron Pedrique, asiduos al «Cheers». También lo saben los poetas García Bustillos , Rosas Marcano y Augusto Hernández. Pero en cambio , una amplia encuesta realizada por el arquitecto y publicista Raúl Fuentes reveló que el 99.9 % de 300 interrogados al azar no sabían quien diablos fue Aldonza Manrique. Hay que acudir al titánico diccionario histórico de la Polar para saber quien fue esta señora, Aldonza, hoy inmortalizada en los mapas urbanos y en los letreros que anuncian destinos en los autobuses de Margarita. Inmortalizada. Su nombre, sonoro, vacío de significación, se adosa a la conversa cotidiana y vive para siempre. Aldonza Manrique. ¿A donde llevas esa ropa sucia? Ahí mismo, a la lavandería automática de la Aldonza Manrique. ¿Cual es la farmacia de turno? La de la Aldonza Manrique. ¿Dónde es la fiesta de Dulce? Ahí , en lo de Ralph, en la Aldonza Manrique. Inmortal. Esta descendiente del Tirano Aguirre tiene un lugar en la inmortalidad. No lo tendría si la tropezamos mañana en el ascensor del periódico. El fin de la inmortalidadEste tipo de inmortalidad, memoriosa, celebratoria, está a punto de terminar. Una vez que la computadora Blue Gene descifre el código genético de los humanos se acabará el negocio de la inmortalidad. Esa es la promesa de la nueva ciencia, la bioinformática, que nos hará eternos. No necesitaremos ser recordados porque siempre estaremos aquí. Estos chicos científicos, un poco lentos, los del genoma, los de la Blue Gene, sostienen que la especie humana es pura proteína. Una proteína muy especial cuyos secretos están contenidos en complejas combinaciones de aminoácidos conocidas como el ADN. Han dado un gran paso biolingüístico: han aislado los principales componentes químicos y les han atribuido un signo (una letra) a los principales. Ellos son la adenina (A), la citosina (C ) , la guanina (G) y la timina (T). Estas letras al combinarse en grupos de tres forman cadenas de aminoácidos de diversas formas. La computadora Blue Gene, de velocidad y capacidad inimaginables, está clasificando las millones de versiones y arrugas de estas cadenas. Una vez que descifre las combinaciones posibles (pasado mañana), el hombre no será sino una pobre proteína manejable, clonable, perfectible, seleccionable y eternizable. Este asunto científico del genoma parece la continuación de la muy antigua búsqueda del elixir de la eterna juventud, del remedio contra la vejez, contra la decadencia y la muerte. La especie no se resigna ante su destino trágico. Morir no le gusta tanto. El hombre quiere vivir para siempre, ser eterno. Mientras tanto se ha ido conformando con la inmortalidad. Dos cosas diferentes. Con la ayuda de la medicina , la especie ha alargado su vida. Ha inventado los trasplantes biológicos y artificiales para sustituir sus órganos dañados. Ha inventado aparatos y terapia intensiva para alargar los minutos del aliento. Y ahora persigue el control de sus células y la aniquilación de los males hereditarios. Este es el camino de la eternidad. Mientras tanto, para obtener la inmortalidad inventó también la fotografía, el cine, el video, la grabación de su voz y de su imagen. Con ayuda de las computadoras y la digitalización, la voz de Marilyn Monroe sobrevive en el metro de Londres, dando indicaciones sensuales a los usuarios. Las imágenes digitalizadas de Marlon Brando, Marlene Dietrich o Groucho Marx resucitarán cada año en películas nuevas que no permitirán que sean olvidados. Así se lleva la inmortalidad en la cultura de masas. La sabiduría de la decadenciaEs el mismo tipo de inmortalidad que ya habían inventado los sumerios, los egipcios con sus pirámides y momias, los constructores de catedrales, los conquistadores, los libertadores, los descubridores, los inventores , los pintores, los escritores, los poetas. Es la inmortalidad que se labra en los nombres de las plazas y calles, así como en los mausoleos y monumentos. La muerte , y la idea de final , actuó siempre como una fuente de energía en el hombre. Le ha conducido a emprender las aventuras más desquiciadas y creadoras. El sentido trágico de su paso por la vida lo atormenta, lo castiga, lo hace llorar, lo desespera y le induce a la procreación y a la creación. El hombre se inclina ante el poder de Dios, pero se subleva ante la muerte que le ha deparado como destino final. Esta rebelión tiende a transformarse en huella, en marca íntima sobre la piedra dura de la existencia. ¿Qué pasará mañana si no hay muerte, si no hay miedo y deterioro biológico? ¿De dónde provendrá la fuerza de la vida y de la creación? Nuestro amigo, el escritor Mauricio Gómez Leal, con su hablar culto y castizo, que castiga las ideas con la mordacidad de su mirada oblicua, con su terno impecable y su pañuelo de seda en el bolsillo, se pregunta: ¿ Que será, amigo, de la decadencia, esa etapa sublime de la vida?
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