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La peste

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

04/02/2000

El mundo cultural venezolano está siendo castigado muy severamente. No solamente por la situación de minusvalía económica a la que se le somete, sino por el tono aniquilador que utiliza cierta casta que tiene hoy el poder de maltratarlo. Han desempolvado un anacrónico diccionario zdanovista sobre «lo elitesco», «lo superfluo», «lo popular», «la identidad», «lo complicado», «lo conflictivo», etc. Todo para justificar coartadas políticas y estrategias proselitistas.

El debate es más viejo que el agua tibia, pero la situación obliga al remake de una película olvidada. Veamos. El mundo de la cultura es pequeño en todas partes. Está integrado por una comunidad relativamente pequeña si se le compara con otros grupos sociales como podría ser la comunidad educativa, los trabajadores en sentido genérico, los consumidores de cosméticos o los empleados públicos. Su influencia sin embargo es vasta aunque difícil de cuantificar en el corto tiempo, bajo el escuálido escrutinio de lo inmediato.

La comunidad cultural invierte su trabajo en una materia de apariencia inasible, orientada por valores de cierta trascendencia. Es decir, que trascienden lo inmediato y se prolongan en el tiempo. Sus frutos se van anidando misteriosamente en unos espacios invisibles que terminan expresándose en la personalidad y carácter de los pueblos. En su base habita, por supuesto, el idioma y sus múltiples usos, lecho por el que fluye el torrente de la inteligencia, de las utopías, de la interioridad, de las pasiones, de los afectos, de las furias, de los símbolos o de las interrogaciones.

Junto al idioma circulan, con idéntico furor, todos los otros lenguajes, el del color y la forma, el de los himnos, el de la música y la imagen. Tras las expresiones materiales de la cultura transcurre un universo de revelaciones y misterios, de religiosidad y de sustento, de espiritualidad y de supervivencia. Son obras de una pequeña comunidad laboriosa y especializada que termina expresando las fuerzas vitales de la complejidad colectiva y grabándolas en piedras imperecederas .

El papel de los creadores

Las sociedades de la Antigüedad veneraron a sus escribas, el medievo a sus gremios de artesanos y maestros de obra que elevaron descomunales catedrales, los príncipes del Renacimiento se rodearon de pintores y escultores, el siglo XIX lleno de música sus palacios y el siglo XX rinde culto a sus escritores. Individualidades y pequeñas élites que imprimieron signos indelebles en la historia de las naciones.

Los estados modernos y sus gobiernos ya no luchan contra esas élites cómo lo hicieron el stalinismo, el fascismo, el nazismo o la Revolución Cultural china, que de diversas maneras intentaron durante el siglo XX desconocer el valor de la individualidad a nombre del colectivismo y la homogeneización. Esos proyectos fracasaron. El pensamiento político moderno se reconcilió con «el hombre problemático» del que hablaba Lucien Goldman, recuperó el culto por el individuo y su aporte, por el creador, el innovador, casi siempre indoblegable, rebelde, o solitario.

Los programas culturales del estado francés, de Italia, de España y tantos otros constituyen hoy poderosas plataformas para la cohesión interna, para la potenciación de su presencia internacional, para la renovación constante de las ideas, para el reforzamiento y divulgación de su personalidad, y para la humanización de sus ciudadanos. Estos programas se sustentan en la protección y estímulo de sus élites, artistas, instituciones y audiencias culturales.

Venezuela ha invertido un largo trecho en la construcción de una modesta élite cultural. Y aunque es verdad que lo deseable es extender sus beneficios a audiencias más amplias y variadas, no es menos cierto que esto es impensable si se agrede o se destruye su naturaleza y sus escasos patrimonios.

Por eso no deja de ser preocupante que nuestro Ministro de Cultura, que también lo es de Educación y Deporte, haya sugerido públicamente que el Teatro Teresa Carreño y lo que allí pasa es elitesco, como si se tratara de una enfermedad. En cambio, simultánea e inocentemente suscribió sin revisar un programa educativo de inexcusable propósito ideológico, que luego fue enmendado gracias a la acción de un miembro de la élite culta, Ibsen Martínez, que motivó la intervención del propio Presidente de la República.

Nuestro sector cultural, afiliado o no al aparato estatal, sufre en esta época una severa contracción anímica y presupuestaria. A los representantes del sector institucional no se les están escuchando sus planteamientos organizativos ni programáticos. Pero en general a todos los afecta un clima prejuiciado, recargado por componentes de política de escaso aliento.

 


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