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El espectáculo invisible

En reposo

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

08/10/1999

Una de las razones por las cuales muchas esposas quieren tener su propio cuarto es porque quieren tener su propio control del televisor. Ellas también quieren pasear con independencia por encima de todos los canales. Pasear, simplemente pasear, sin buscar nada específico, sin detenerse en ninguna parte o deteniéndose unos minutos en una canción, en un desfile de moda o en una escena erótica. Quieren tener el placer de ir de un lado a otro, como hace despóticamente su marido antes de clavarse en el noticiero o en el juego de los Mets.

En los hogares donde hay más de setenta canales han estado surgiendo estos nuevos placeres y sus respectivos nuevos problemas. Aunque hay que tener en cuenta que, paradójicamente, la llegada de la televisión de múltiples canales ha amenazado con regresar a muchas familias hacia hábitos domésticos del pasado: a la conversación resignada con la pareja, a la lectura, o a la reunificación en torno a la dictadura de un mismo programa. Cada uno en su habitación, ¡claro!

La tendencia dominante es que en aquellas casas donde hay un solo decodificador se establece la dictadura de los niños, que cada noche gritan hacia el otro cuarto: ¡¡Papá, no me quites el Cartoon Network!! Los padres se ven forzados, por un tiempo, a volver a sus libros o a reconciliarse con los añejos manjares del noviazgo. Hasta que un día llega el técnico y coloca un segundo decodificador o inventa un truculento enredo de cables y conectores. Todo vuelve a la normalidad: cada quien a su programa preferido o a escanear a sus anchas.

Algo parecido pasa con las nuevas opciones telefónicas. Unen y desunen. Ya hemos visto esas mesas de restaurantes donde todos están reunidos pero hablan simultáneamente con interlocutores remotos. En los hogares pasa algo similar. La pequeña usa el teléfono de la casa, el grande está pegado de Internet por la línea auxiliar, la mamá y el papá usan sus celulares y la adolescente su tarjeta de pre-pago. Todos en la familia están muy unidos, pero con otros….

Rozar, registrar y cazar

En estos nuevos hábitos domésticos de fin de siglo se sintetizan las tres formas más antiguas que usan los seres humanos para recibir información del mundo que los rodea. Cuando la esposa está allí tendida, con los ojos entreabiertos, a punto de dormirse, en un estado semi-alfa es invadida por los sonidos y parpadeos visuales que provienen del televisor: un fragmento de un discurso de Chávez, el jingle de una cuña, un narrador deportivo, el diálogo de una película, los ronquidos del marido, los ruidos de la cocina, el televisor de los niños. La información la roza apenas, la rodea, la invade, la arrulla.

Es la misma información que se nos viene encima cuando vamos en el automóvil con la cabeza en otra cosa y llevamos encendida la radio. Se nos vienen encima –sin darnos cuenta– los mensajes de las vallas, los colores de la ciudad, la lluvia, los atuendos de los transeúntes, la conducta del fiscal o del taxista que va más adelante. Nada de esto está en nuestra atención, pero no deja de estar allí inyectándonos la más variada información. En el laboratorio de Medios de Massachusetts llaman “grazing” a esta actividad en las que no somos otra cosa que unas vacas pastando.

Pero en cambio la actividad que desarrolla el marido que está aferrado al control del televisor, que va de un lado a otro sin tener ningún objetivo particular en la mente es llamada “browsing”. Es la misma que adoptamos cuando escudriñamos los periódicos, cuando escaneamos las revistas, cuando revisamos el estante de una librería o nos da por viajar sin destino en Internet. No buscamos nada en particular pero registramos con una cierta atención el mundo real que se nos ofrece.

Y finalmente podemos convertirnos en unos cazadores, en el modo “hunting”, cuando llamamos por teléfono a alguien en particular, cuando vamos a una librería a buscar un libro específico, cuando vamos directo a los numeritos del béisbol en la página de deportes o cuando no queremos perdernos la entrevista del Actor’s Studio en el canal de Film and Arts.

Hablar con el otro

Exceptuando a los publicistas, la mayoría de los profesionales de la comunicación y mucha gente que necesita comunicarse con los demás, tiende a creer que sus audiencias están constituidas solo por «cazadores», por gente interesada, en actitud ávida, que sólo está esperando que el comunicador le envíe su mensaje para lanzarse sobre él y devorarlo. Mucha gente obsesiva, habladores irredentos y monotemáticos cometen el mismo error. En cierta forma desestiman las actitudes corrientes del roce y del escudriñador sin propósito, que son actitudes que ocupan buena parte del tiempo de la gente común y corriente.

Los publicistas saben en cambio que el color y la música, que las imágenes seductoras, que los mensajes sencillos, que no requieren de la total atención racional del cazador, pueden transferirle la información necesaria y placentera mientras el espectador descansa o navega inocentemente por los océanos impresos o electrónicos.

No olvidemos que unos de los placeres de estos dias es tener el control del televisor, ir de un lado a otro, sin propósito, dando gracias al cielo de que no hay nada que ver, que todas las películas son malas y los programas repetidos.



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