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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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Manuel Vicent escribió en El País que Caracas es una ciudad esquizofrénica. Para hacerlo visible a sus lectores apeló a una analogía con los misterios del Dr. Jeckill y Mr. Hyde. En su superficie ve una ciudad desmañadamente violenta en la que un hombre dispara contra otro, mientras que en los túneles del subterráneo ese mismo hombre parece un caballero, le cede su puesto a una anciana y coloca la basura en un pipote. Cuando sale de nuevo vuelve a matar. El ciclo se repite hasta el infinito.

El día anterior a la publicación de esa nota tuvimos oportunidad de compartir con el escritor español en la mejor de las tascas de La Candelaria, el Bar Basque. Como al decir de Raúl Fuentes, ya el blanco no «se lleva» en Europa y como el invitado lo prefería rojo, Blanca Royo nos sirvió un tinto Torre Sol para acompañar la tortilla de bacalao y las alcachofas salteadas con la que se inició el almuerzo, luego envió el clásico mero en salsa verde, los calamares en su tinta, arroz, piquillos rellenos con merluza y camarones, y queso camenbert con miel, en ese órden.

En torno a la mesa, la cháchara fue animada por Ibelise Ramirez y el filoso ingenio de Milagros Socorro, Julio Sosa agregó el tono cosmopolita mientras Tulio Hernández atajaba astutamente cada uno de los cuentos de los trapecistas en una malla de hilos causales, y Gustavo Méndez, de disciplinada lealtad con la lectura dominical de las crónicas de Vicent, terminó por confesar que no se atrevería a leer las novelas si no le garantizaban, !en ese mismo momento!, que ellas proporcionaban placeres idénticos a los de los breves sueltos que el periodista valenciano viene escribiendo semanalmente desde hace 15 años en el mejor de los periódicos de habla hispana.

Vicent parecía disfrutar la molienda, en la que no se le trató con demasiada reverencia. Por el contrario todos contaron sus cuitas como si tratara de una vieja peña sabatina. Milagros le hizo ruborizar varias veces con cuentos de Maracaibo y sobre las debilidades de los hombres, y el propio Vicent, cuando pudo, narró cuentos legendarios de su repertorio, y paso revista a sus recientes experiencias caraqueñas. Nada más que al llegar le robaron la cartera.

Bailar en Caracas

Para desagraviarle, un grupo de estudiantes de periodismo, entre quienes se contaban María de Jesús Montes y Francismar Barreto, lo mantuvo sudoroso por las noches conduciéndole por los salones de baile de El Sabor, El maní es así y O gran Sol, locales de salsa que,a su juicio, son un tanto afectados y no se comparan con inigualables locales populares de La Habana, como el Gran Salón Rosa. Allá, además, vive su hijo, corresponsal de El País. Como si La Cupole francesa pudiera compararse con el Café Gijón.

Exhibiendo una irrenunciable biología de periodista veterano, su participación en el diálogo estaba llena de preguntas. Una y otra vez interrumpió el relato de los amigos para solicitar precisión y datos adicionales sobre sus chismes y aventuras. Preguntó con insistencia si era verdad que varios restaurantes de La Candelaria enviaban dinero a la ETA.

Afirmó, con amargo dejo peninsular, que hablar de intelectuales españoles era una especie de oximoron, algo así como decir inteligencia militar o pensamiento navarro. Y aunque dijo varias veces «que no lo había visto» porque entre otras cosas le molestaba ver tirar a un jilipollas, describió con lujo de detalles el escandaloso pornovideo de Pedro J. Ramírez, el Director de El Mundo. Alguien comentó que la muchacha africana del affaire, la que le mete el consolador y lo rocía con «lluvia dorada», vino a parar a Margarita en un primer arranque. Luego, de vuelta a Madrid, confesaría sus fechorías.

Aunque reímos «batientemente», en el tono de Vicent flotaban relámpagos de una cierta pena cruda. La adjetivación mordaz y a veces abiertamente cruel revelan una madurez consistentemente escéptica, una especie de ateísmo radical que ha sustituido lo que en otro momento fue un sistema apasionado de creencias. No nos sorprendimos cuando él mismo se definió como un «escéptico melancólico», y los periódicos, gentilmente, lo recogieron.

Sí, Mr. Hyde

Encuentros similares, copas más copas menos, nos han colocado en los últimos tiempos al lado de otros visitantes cuyos corazones parecen estar idénticamente devorados por esta extraña desesperanza, paradójicamente liada a una inagotable laboriosidad, gran vigor y ganas de comer.

El ingenioso filósofo Julio Quesada, con quien compartimos recientemente otro apetitoso condumio, dijo en los Espacios Unión, a donde lo había invitado Vilma Ramia, que «estamos tan desmoralizados, tenemos tan poca fe ya en nosotros mismos por culpa de estas cosas, por culpa de habernos creído que teníamos la razón…» (sic).

El ensayista malagueño, de larga obra y mejor diente, agregó con mordacidad «nuestro presente entonces es de pura desolación. Ese es el discurso que nos quieren decir los desolados intelectuales del presente en el que todo parece estar bajo el signo más catastrófico, todo está fatal, no funciona absolutamente nada y…».

Y en una cena bien servida, de esas que se acostumbran en Macondo, en compañía de Carmen, Miguel Henrique, Mariana Otero y un grupo de periodistas, el ensayista catalán-frances Ignacio Ramonet, actual director de Le Monde Diplomatique, repitió lo que ya había escrito en su último libro: « los intelectuales se han tomado unas vacaciones demasiado largas». Y nos bebimos el Dewars completico.

Quien bebe, danza y come con mayor gusto es Carlos Monsivais, el gran cronista mexicano, que estuvo recientemente en Caracas invitado por Ana María San Juan del Centro por la Paz. Le hipnotiza la forma como se saludan los caraqueños, especialmente cuando se dicen «¿que te has hecho, estás perdido? o ¿hace tiempo que no te veo?» y no ha pasado una semana entre un abrazo y el otro.

Mientras reseñaba el proceso de desaparición de la crónica confesó «…el proceso que describo como cultura popular se acabó, y entonces ¿que es lo que está pasando que yo no capto?» (sic) Cuando el periodista Jesús Mendoza Alvarez le preguntó «—Todo este panorama es muy deprimente, ¿no hay algo rescatable, nuevo, una esperanza ? «. Monsivais respondió : «El ánimo. Lo que queda rescatable es el ánimo, la alegría que a pesar de todo se da, el gozo de estas multitudes que se lanzan a la conquista de todos los espacios, la sensación de las masas que van a los conciertos de rock, a los de música popular, a los mercados, que se desplazan en el metro. Hay la vitalidad de la multitud, la esperanza de sobrevivir y hay la fortaleza o la terquedad de quien sabe que la ciudad es invivible y sin embargo permanece en ella, y encuentra en los sentimientos apocalípticos una forma de contacto con lo entrañable». Pásame los espárragos.

Si seguimos hablando de visitantes y esquizofrenia engordaremos hasta reventar. Menos mal que nos queda el Basque, la Guía de Miro Popic y la Revista Date.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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