Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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Proceso del General Manuel Piar

(Parte final)

[1817]

Carlos Soublette, General de Brigada de los Ejércitos de la República y Jefe del Estado Mayor General.-Vistas las declaraciones , cargos y confrontaciones contra Manuel Piar, General en Jefe del ejército, acusado de insubordinado al gobierno, de conspirador contra el orden social y de desertor; encuentro de absoluta necesidad detallar con alguna extensión mi dictamen, y exponer lo que resulta del proceso.

Se trata de examinar una causa de la primera importancia y trascendencia. El reo es un jefe que ha obtenido el más eminente grado en la honrosa carrera de las armas; y la parte es la República. Ninguna fatiga debe evitarse para investigar la verdad de los crímenes que se le imputan; pues aunque ni mi honor, ni mi deber permiten que transforme al inocente en criminal, tampoco toleraré que no satisfaga la vindicta pública.

El primero y más esencial cargo que resulta contra Manuel Piar, es el de haber proyectado una conspiración para destruir el actual gobierno, y asesinar a los hombres blancos que sirven a la República. Para este proyecto ha convocado a los hombres de color, los ha querido alucinar con la falsa idea de que se hallaban reducidos al último grado de abatimiento, ha intentado armarlos presentándose él mismo como pardo y, no obstante sus servicios, perseguido por sola esta circunstancia; para animarlos les ha hecho una falsa exposición de los medios que tenía para realizar su designio. Esto resulta de las deposiciones del primero, segundo y tercer testigo, de lo que presenció el sexto, y del contenido de los documentos números 1º, 2º, 3º, 4º, 5º y 6º. El reo en su confesión no ha convenido en el cargo, pero no lo destruye; sus alegatos son fútiles; en la confrontación con el primer testigo, página 58, no se ha atrevido a decir que sea falso; los testigos que declaran, son de los que la ley llama idóneos, están abonados por el mismo reo, y su número es más que suficiente para producir plena prueba. Está, pues, plenamente probado que Manuel Piar ha proyectado y puesto en ejecución una conspiración, cuyas con secuencias habrían sido la ruina de la República.

En estas circunstancias se le intima la orden del Jefe Supremo, para que se presente en su Cuartel General, y sin embargo de la franqueza con que fue concebida, pues que le deja ir libremente, o en caso de resistencia se le manda conducir por dos coroneles, la desobedece y se fuga, pasa el Orinoco, llega a Maturín, continúa trabajando en favor de su inicuo proyecto; así lo depone el quinto testigo y se lee en el décimo documento. El reo ha confesado su desobediencia y su fuga, y la declaran además los testigos primero, segundo, tercero y sexto; pero constante en su principio negativo no conviene en lo que resulta de su conducta en Maturín.

Permítaseme hacer algunas observaciones que patenticen más lo justo de la acusación. Piar, que se dice inocente en sus respuestas, se confiesa incurrido en la escandalosa falta de insubordinación y en el feo crimen de desertor, y da por motivo el temor que le habían hecho concebir algunos de que lo iban a sacrificar. En esta ocasión el reo cae en una contradicción digna de notarse: pocos días antes de su fuga había solicitado que se le juzgase y dice le fue negado, y cuando se le llama franca y libremente huye con el espanto del delincuente a quien el temor del justo castigo por su criminal conducta en el mes de julio, le hace ver como un recurso para salvarse la deshonrosa acción de desertarse, presentándonos el espectáculo de un General en Jefe desertor, para escándalo y ruina de la disciplina militar. Diré más, no solo deserta, sino que hostiliza al gobierno, pues no huye como un hombre que teme el castigo de sus faltas, y busca el medio de remediarlas, sino como un jefe de rebelión. Llega a Maturín y quiere allí encender la guerra civil. Pasa al campo del disidente general Mariño, se une a él y sigue rivalizando con el gobierno, pues aunque en su confesión, al folio 43, dice que cuando se dirigió hacia el general Mariño, fue sólo con el objeto de pedir un pasaporte, él mismo se ha contradicho en la propia confesión, a los folios 40 y 41, y muy particularmente en las confrontaciones, al folio 58, en donde confiesa haber dicho que se iba a reunir al general Mariño, que estaba seguro lo trataría con más generosidad que la que aquí había experimentado.

Todavía resalta más contra el reo: en el pueblo de Aragua ha resistido a mano armada a las órdenes de la suprema autoridad. Él lo confiesa; así lo declaran los testigos presenciales del hecho y así se lee en el documento número 13. En esta ocasión dice obró, también, por temor; de manera que por el temor al castigo de faltas que no existían, según él, ha incurrido en los delitos de insubordinado, desertor y rebelde, plena y suficientemente comprobados; temor de un gobierno que hasta ahora sólo se le ha acusado de indulgencia con los criminales, y que no ha empleado su espada sino contra los enemigos externos.

El reo pretende disminuir la acusación y justificar su inocencia con el alegato malicioso de que lo acalora da que se encontraba su imaginación en aquella época, lo tenía casi en estado de un loco, en cuya situación podía verter expresiones fuertes que le arrancaba el dolor de las injusticias que había experimentado, pero sin proyecto ni objeto, y presenta por testimonios sus papeles en donde no se encontrará ni plano, ni listas, ni correspondencias que den indicios de una conspiración. Todo esto es de ningún valor. Las deposiciones de los testigos y su firmeza en las confrontaciones desvanecen todos los efugios de que quiera valerse el reo para eludir los cargos. ¿Y cuáles son estas injusticias de que tanto declama, sin contraerse a otra que a la imputación que dice se le hacía de haberse apropiado los intereses públicos, como si el Gobierno o la República debieran nunca ser responsables de las calumnias que contra Manuel Piar se levantasen? La conciencia es el testimonio mejor del hombre de bien. Además de que ninguna prueba resulta de que entre los papeles del reo no existan planes, listas, ni correspondencias alusivas a la conspiración; él no había seguramente formado ninguno por cierto; en su furor sólo quiso encontrar quien abrigase sus intentos; tumultuariamente se habría arrojado sobre el gobierno, habría querido satisfacer su venganza; pero rotos ya los lazos de la sociedad no habría podido contener a sus cómplices, aun cuando lo hubiese intentado, y él mismo se habría ahogado en la sangre. Para bien de la humanidad y para mayor gloria del pueblo venezolano este horrible proyecto no tuvo partidarios.

Ni se crea que un sentimiento de filantropía era el móvil de Piar en esta empresa; pues aun cuando él no lo hubiese expresado en su confesión, demasiado notorio es su carácter altivo y dominante, que no admite superiores ni iguales; también es sabido que nunca se ha reputado por pardo, de manera que sólo en su frenesí se hubiera declarado tal, porque lo creyó el único medio de congregar a todos los de esta clase y de hacerlos entrar en los intereses particulares de él.

En vano Piar ocurrirá a alegar sus antiguos servicios a la República, como pruebas de su presente y su futura conducta. Si sus servicios fueron grandes en los combates, fueron superiores, sin duda, las recompensas que por ellos recibió, no obstante que los resultados no fueron siempre tan favorables como debiera esperarse. En vano alegará Piar su fuerte adhesión al Jefe Supremo y su fidelidad al gobierno en los últimos períodos de esta tercera época; cierto, nadie podrá negar una gran parte de estos méritos, digo más, si fuesen superiores a todos los que un ciudadano puede contraer con su patria, si fuesen superiores a los del más grande general del mundo y a los de un primer bienhechor de la humanidad; los crímenes de Piar son incomparablemente mayores, respectivamente que cuantos bienes puede hacer un mortal a sus semejantes. No es un simple ambicioso, un mero conspirador, un miserable desertor. Él es el genio del mal que escapado de la espantosa mansión de los crímenes ha venido a vomitar sobre la tierra, no sólo la guerra, ni el veneno de la discordia, ni la atroz desolación, sino la más odiosa, la más nefanda de todas las destrucciones. Piar ha querido armar la mano del hijo contra el padre, la del hermano contra el hermano y hasta la de la oveja contra su pastor, contra los ministros del Señor y padres espirituales de los pueblos. Ningún sagrado podía libertar la víctima. En medio del exterminio general, ¿quién podría escapar de una persecución doméstica, de una guerra fratricida en que la vista y aun el objeto sólo decidían de la culpabilidad o inculpabilidad de los actores y en que la masa general de la sociedad había de tomar una parte, la funesta y activa, para que los individuos lograsen la más remota esperanza de salvar sus infelices e inocentes días? Piar, en fin, ha querido emplear todas las armas de la sociedad, todos los medios de destrucción para desgarrar el seno demasiado afligido de nuestra idolatrada patria.

Resulta de todo que Manuel Piar ha conspirado contra la sociedad y contra el gobierno, lo ha desobedecido , ha desertado y hecho armas contra los subalternos del Jefe Supremo. Por todo lo cual concluyo por la República a que sea condenado a sufrir la pena de ser ahorcado, señalada por las Ordenanzas del Ejército en el artículo veintiséis, tratado octavo, título décimo.

Angostura, 15 de octubre de 1817.

Carlos Soublette

***

En el mismo día, el señor general Carlos Soublette, arreglándose a las ordenanzas, puso en noticia del excelentísimo señor Jefe Supremo, que el proceso estaba concluido por su parte, quien se sirvió ordenar que en el mismo día, a las once de la mañana, se celebrase el Consejo en la posada del excelentísimo señor Almirante a quien nombró por Presidente y por vocales a los señores generales José Anzoátegui y Pedro León Torres, coroneles José Ucros y José María Carreño, y tenientes coroneles Judas Piñango y Francisco Conde, a quienes dicho señor comunicó la orden en debida forma y de haberse así ejecutado lo firmó dicho señor, de que yo el infrascrito Secretario doy fe.

Carlos Soublette

Ante mí.

J. Ignacio Pulido

Secretario.

DEFENSA DE S. E. EL SEÑOR GENERAL MANUEL PIAR, ACUSADO DE INSUBORDINADO A LA SUPREMA AUTORIDAD, DE CONSPIRADOR CONTRA EL ORDEN Y TRANQUILIDAD PÚBLICA Y, ÚLTIMAMENTE, DE DESERTOR Y SEDICIOSO

Excelentísimo señor Presidente y señores Vocales del Consejo.

Fernando Galindo, de la Orden de Libertadores, teniente coronel de Ejército y ayudante del Estado Mayor General, nombrado defensor por su excelencia el General en Jefe de Ejército Manuel Piar, acusado de los crímenes de insubordinado a la autoridad suprema, de conspirador contra el orden y tranquilidad pública, de sedicioso y, últimamente, de desertor, tiene el honor de exponer en favor de su cliente, lo que sigue:

Señores: El más solemne y delicado empeño en que jamás se ha encontrado la República de Venezuela, es el que hoy se presenta a nuestros ojos. Un hijo primogénito de la victoria, el terror de los españoles, una de las más sólidas columnas de nuestra patria, el general Piar, en fin, aparece ante este respetable Consejo como el más criminal y detestable de nosotros. Él es acusado de delitos que hacen estremecer al más pacífico; él es considerado como el más infame de los que componen el Estado; y él es, hasta ahora, el blanco infeliz donde se dirigen los tiros de sus cohermanos. La naturaleza, la justicia, la razón, la gratitud, las leyes y el honor mismo de la nación, inspiran un debido respeto, una tierna compasión y sentimientos generosos por un ilustre desgraciado; y forzoso es que sea examinada su causa con todo el pulso y acierto que exigen la rectitud y la prudencia. La suerte de los mortales es demasiado importante; y una condenación violenta e injusta es el crimen más horrendo contra la sociedad. Presentaré, pues, mis razones en su obsequio, de buena fe y con candor, y vuestra Excelencia se servirá oírlas con el juicio e imparcialidad que preside los decretos de la Sabiduría.

Más fácil es concebir el exterminio total del país que poderse figurar la insubordinación del general Piar. Comencemos por establecer la diferencia que hay entre insubordinación y temor. Aquélla es un acto escandaloso de desobedecimiento y de resolución; éste es un miedo mezclado de confianza y de respeto mismo a la autoridad, que impele a cometer errores involuntarios, en lo que obra más el carácter personal del individuo, que sus principios o sistema. Tal es el estado en que desgraciadamente se encontraba aquél cuando recibió la intimación del general Bermúdez, comunicada por su edecán Machado, para marchar a presentarse al Supremo Jefe al Cuartel General de Casacoima. Rodeado por muchas partes de enemigos particulares, advertido de que se le perseguía por los mismos que más le habían apreciado; asestado por émulos o enemigos secretos; instruido falsamente por amigos suyos, residentes en el Cuartel General, que se proyectaba su sacrificio; y dotado de un carácter desconfiado, al mismo tiempo que violento y tímido, se creyó perdido, y se vio fuera de sí, cuando se le ordenó la ida a Casacoima. ¿Es pues de extrañar que en tan empeñado lance, él que no tiene una gran serenidad de ánimo, no busque un asilo entre sus mismos hermanos, entre los mismos defensores de este suelo venezolano, ausentándose por algunos días para escaparse de la cólera de la autoridad, haciendo tal vez después sacrificios importantes para acreditar su obediencia y su afección? ¿Quién osará censurar de insubordinado al Supremo Jefe en el curso de su vida anterior? ¿No es esta una serie de acciones fieles y una continuación de acontecimientos los más leales que acreditan una subordinación ejemplar al Primer Jefe de la nación?

Cuando los vencedores del Alacrán se hallaban en una lamentable orfandad por la sensible separación de su caro Jefe Supremo; cuando el triunfador de Morales estaba más protegido de la fortuna y más amado de sus súbditos; y cuando todo parecía someterse a la fuerza de su espada, de su dicha y de su opinión, no se le veía mover los labios sino para proferir las voces de amor, veneración y fidelidad al Supremo Jefe Simón Bolívar. Él logró inspirar este sentimiento universal en su ejército; y más era el dolor que le causaba el que este inmortal jefe no hubiese sido el héroe del Juncal, que la gloria que podía tener de haber ganado la batalla. Sus primeras medidas fueron mandarlo buscar con el señor intendente Zea; no ahorrar ningún trabajo; no excusar ningún medio para conseguirlo; salvar inconvenientes para procurarlo; y hacer surcar los mares para encontrarlo y declarar públicamente que la República no podía existir sin que viniese.

En todo el resto de su campaña, en los Llanos y poblaciones de Barcelona, sobre las márgenes del caudaloso Orinoco, frente a las baterías de esta ciudad; en las abundantes misiones del Caroní y en los victoriosos campos de San Félix, siempre este valeroso y feliz general ha sido el más firme y decidido apoyo de la autoridad. Hablen por él sus proclamas y los papeles públicos, los actos anteriores y las declaraciones terminantes que a la faz de jefes ilustres ha pronunciado y manifestado con calor por el gobierno. Podría extenderme en favor de mi cliente; pero la notoriedad de su conducta pasada, nadie mejor puede justificarla que los mismos jefes que ahora deponen contra él. Con franqueza declaro que es para mí un enigma inconcebible el que un hombre pueda ser fiel y traidor a la vez, subordinado e inobediente, pacífico y conspirador, sumiso a la autoridad constituida y sedicioso. Éste es el contraste que se observa de la causa seguida contra el benemérito general Piar.

¿Cómo es que puede ser conspirador el que más ha contribuido a sostener al Jefe que hoy por fortuna nuestra nos rige? ¿Cómo será insubordinado un general que ha sido el modelo de la obediencia y del respeto al gobierno? ¿Quién fue sino mi defendido el que en la ausencia de la autoridad suprema se rehusó vigorosamente y despreció con una dignidad heroica las sugestiones y las lisonjeras promesas que le brindaba el general Mariño? ¿Cuándo estaba más convidado que entonces a dividir con otro el poder, y dominar a su antojo en Venezuela? ¿A quién de entre nosotros son desconocidos los incentivos con que se le halagaba? ¿Quién ignora el heroísmo incomparable, el ejemplo sublime de constancia y la invencible firmeza con que desde entonces se decidió contra Mariño? Sus victorias, las circunstancias y los acontecimientos del Jefe Supremo, todo le favorecía, y aun parece que lo colocaba en un gran teatro donde pudiese desplegar a su arbitrio los crímenes de que se le acusan, dando al mundo todo un ejemplo de ellos, cohonestado con el favor de la fortuna.

Hay hechos incontestables que están en favor del general Manuel Piar y tan positivos que ninguno los podrá dudar. Las mismas gacetas de los españoles en Caracas son documentos irrefragables que tiene él en su abono. Allí se ven consignados los actos más irrevocables de subordinación, de fidelidad y de adhesión al Jefe del Estado. Allí se ven estampadas las órdenes más terminantes que hizo circular a todos los que mandaban divisiones para que no obedecieran a Mariño como un general disidente, que desconocía la más legítima autoridad de Venezuela. Allí se ve el fuego y la vehemencia con que el general Piar se entusiasma e inflama en favor del Supremo Jefe; y allí se ven los ejemplos más admirables de consecuencia, respeto y amor al gobierno que tenemos. Sus contestaciones con el general Arismendi comprueban también esta verdad; y su correspondencia con los generales Zaraza, Freites y Rojas, solamente, es suficiente para exculparlo de cualquiera falta.

Si consideramos su conducta en la más atrevida de las empresas militares de la Costa Firme -la de la salvación de esta provincia-, creo que ningún mortal podrá tildarle en lo mínimo, y que ni aun sonando le ha faltado a la autoridad. Un solo sentimiento era el que constantemente le agitaba-la ausencia del Jefe Supremo y la incertidumbre de su suerte-. Ni se pasó un solo día sin que se hiciese recuerdos sensibles, y sin que con las lágrimas por una parte, y el furor por la otra, no se exaltase contra los que creía autores de su adversidad.

&laqno;Un solo voto -decía frecuentemente-, un solo voto no más debe haber en Venezuela. Bolívar, Bolívar es la salvación de este país, y yo no me tranquilizaré hasta no verle y hasta no acabar de exterminar el último de sus enemigos. A él sólo obedeceré, y me sacrificaré donde me mande con la última obediencia y voluntad. Mientras me quede un soldado, con él sólo haré la guerra al mundo entero por sostener su autoridad». Apelo para testificar esta verdad a algunos miembros de los que componen este respetable Consejo y a los mismos coroneles que declaran contra él, Hernández, Sánchez y Olivares.

Recordaré yo a estos señores la Junta de Guerra celebrada en el Pueblito, y querría me contestasen si jamás han presenciado una escena en que la fidelidad, la subordinación, el decoro y el afecto al gobierno se hayan mostrado más patentemente, que lo que hizo en aquel día el general Piar. Así es que vuelvo a repetir a vuestra excelencia que más fácil me es el concebir la disolución de la República, que persuadirme de los crímenes que se acusan al general. Sólo me extiendo a creer que la vehemencia de sus pasiones, la impetuosidad de su carácter, la indiscreción de algunos individuos, el sentimiento de creerse ofendido y despreciado, el mismo amor y una especie de celo porque creía que el Supremo Jefe no lo distinguía según quería y merecía; he aquí lo que le habrá hecho expresarse de un modo que ni se acuerda, ni sabe lo que ha dicho. En una fibra tan irritable como la suya, y en un hombre que desgraciadamente se transporta y enfurece hasta el término de perder el juicio, no es de admirar nada de esto. Deploremos su carácter, culpemos más bien a la naturaleza, y no a la inteligencia del infeliz general Piar.

¿Puede ser conspirador el que deja el mando de la primera y más brillante división que nunca ha tenido Venezuela, para retirarse a la triste población de Upata? ¿Pensaría en la destrucción del gobierno el que dejó las fuerzas de las manos, prefiriendo su tranquilidad y la vida privada? ¿Por qué se separó de aquéllos que estaban habituados a obedecerle ciegamente, y que le adoraban y temían? Tan difícil e incomprensible es esto como si se quisiese hacer creer que el que premedita un asesinato comienza por desprenderse de sus armas; o que el que quiere ganarse la voz popular se esconde en el último rincón de la tierra.

Si los hombres se considerasen siempre en las mismas circunstancias que un acusado, ¡de qué distinta manera se representarían sus delitos! La conciencia de su inocencia no la puede tener sino el que padece, y los que juzgan u oyen siempre abultan o se preocupan. Los falsos rumores todo lo exageran, y muchas veces acontece que a un inocente se empeña el mundo injusto en hacerlo criminal. Hay mucho de esto en la causa de mi defendido. Si con serenidad y sangre fría investigamos el origen del delito, no encontraremos sino resentimientos de amistad, expresiones de ninguna importancia vertidas con enardecimiento e indiscreción, quejas privadas con sus amigos para desahogar su interior, raptos, en fin , de aquello que todos sabemos padece el general Piar. Calumniado atrozmente por sus perseguidores, hasta el extremo de asegurar que había robado ochenta mil pesos, en alto grado adolorido, ulcerado su corazón de una manera inexplicable, y cansado de recibir avisos de que se intentaba matarlo, este jefe, hoy tan desdichado, todo se desconcertó, habló sin saber lo que decía como un frenético o loco, cargó de imprecaciones a sus enemigos, vomitó quejas terribles, y gritó furiosamente contra los que sospechaba le querían perder; pero sin depravada intención y sin proyectos tan criminales como los que se le atribuyen.

¿Dónde están esos planes de conspiración? ¿Dónde el número de los conspiradores? ¿Dónde las proclamas para excitar al tumulto y a la sedición? ¿Dónde los ejecutores de esta enorme empresa? ¿Dónde los soldados a quienes habló para la comisión del atentado? ¿Dónde, por último, los preparativos para una tan colosal y desatinada maquinación? Regístrense como se han registrado ya sus cofres y todo su archivo. Ni el más pequeño papel se encontrará que condene al general Piar, ni que siquiera dé indicios de los delitos que se le atribuyen. No se verán, por el contrario, sino las instrucciones y positivas órdenes que dejó al general Freites, al partir a la reconquista de esta provincia, para que no obedeciese a otra autoridad que la suprema, depositada en el general Simón Bolívar. No se hallarán sino proclamas y documentos auténticos y sin ceros que no respiran más que orden, subordinación y respeto al gobierno.

Recuerden los generales de la República el discurso que el intrépido Piar hizo en la Junta de aquéllos, convocada por su excelencia el Supremo Jefe frente a esta plaza; en la que a pesar de no ser de sentir que ésta fue se atacada, por las infructuosas tentativas que se habían hecho, hizo una pública declaración al primer Jefe, asegurándole de su obediencia y prometiéndole sagradamente, que nada temiese de su ejército, donde ninguno osaría vacilar, ni contradecir. ¿En qué mejor ocasión pudo ser sedicioso, conspirador e insubordinado, que cuando Barcelona estaba tomada por los enemigos, y los generales en choque, el ejercito casi disuelto por la escandalosa conducta de Mariño, y él más victorioso que nunca por la gran batalla de San Félix? Mas sus procedimientos en aquellas circunstancias son inimitables y le harán eternamente un honor que no se le podrá robar. El fue el paño de lágrimas y el constante consuelo de los miserables que pasaron el Orinoco.

Declare el teniente coronel Olivares cuál fue el objeto de su misión a Barcelona; tribute los homenajes debidos a la verdad y no prive a la inocencia de una manifestación que le puede favorecer. Fue enviado para poner el ejército a las órdenes del Supremo Jefe, asegurándole de la más acrisolada obediencia y del último respeto a su persona. Nadie ha estado más satisfecho de los buenos procederes de Piar que el mismo general Bolívar. ¡Cuántas veces en conversaciones públicas y privadas le hemos visto confirmar esta verdad; cuán honoríficos para aquel y tiernos recíprocamente no son los oficios de su correspondencia, y cuántas ocasiones hemos visto al Primer Magistrado de la República entusiasmarse con ternura al contemplar la fidelidad y las proezas de Piar!

Pero, señores, donde la maledicencia parece que más se ha complacido en difamar a nuestro triste acusado, es en el documento número 6, en el que el coronel Sánchez dice al Supremo Jefe que el general Piar había hablado a todos los comandantes de caballería y a muchos oficiales subalternos, que no dejaron de ser sensibles a sus insinuaciones. Ni es cierto que este jefe haya hablado a todos los comandantes ni ninguna declaración lo justifica; ni al señor Sánchez le consta; ni menos puede comprobarlo. ¿Y cómo es que también envuelve en su fiera y maliciosa acusación a los inocentes jefes y oficiales de la caballería, representándolos como sensibles al crimen y a las sugestiones de Piar? ¿Cómo es que en el primer documento se atreve a llamar serpiente y monstruo de la República al que más ha contribuido a regenerarla, al libertador del oriente, al héroe de Maturín, al afortunado en los Corocillos, al espanto de los españoles en Cumanacoa, al que con su nombre y su audacia sola fue triunfador en el Juncal, al que pulverizó en San Félix las huestes arrogantes de Morillo y al que nunca ha sido vencido entre los generales de Venezuela? Tan sabida es la enemistad inconciliable que Sánchez profesa al que defiendo, como que el acontecimiento del pueblito de la Pastora es a todos conocido. Sánchez, desde allí, juró ser el perseguidor de Piar; y parece que los acontecimientos, la revolución, su saña y su sagacidad le han procurado el triunfo en esta lid. El coronel Francisco Sánchez emprendió allí el repase de nuestro ejército a Barcelona: y sin la firme resolución del general Piar y de otros jefes justos y constantes no poseeríamos tranquilamente hoy a Guayana. Sánchez fue despedido, como es notorio, del ejército del general Piar, y desde entonces le juró venganza. El que conoce la ninguna elocuencia ni facilidad que éste posee, al ver la carta de aquél no puede menos que espantarse, porque es tan impropia la arenga de Piar, como exagerada es la acusación de Sánchez.

Son también sus enemigos el coronel Pedro Hernández y el teniente coronel Olivares: el primero, porque en la acción de San Félix fue fuerte y públicamente reprendido por él, declarándose aquél desde entonces en su contra; y el segundo, por el suceso de Upata con el subteniente Arias, en el que Piar le echó toda la culpa a Olivares, y éste acabó por no ser más su amigo.

O el general Manuel Piar es el más loco de los hombres, o él no ha intentado tal conspiración. O él perdió el juicio en aquellos días, o no hizo más que prorrumpir indiscretamente contra los que se imaginaba le querían sacrificar. Nada apoya más esta razón que la pretendida indignación contra los mantuanos, que es el fundamento y origen de toda esta causa. Esta es una clase de hombres que desde el 19 de abril se extinguió junto con la tiranía, y a nadie todavía en Venezuela le ha ocurrido un pretexto semejante para revolucionar. El menos que ninguno otro, podía apelar a un tan diabólico y detestable medio; él, cuyos principios han sido siempre opuestos al desorden y a la anarquía, y que constantemente ha dado pruebas irrefragables de ello.

Si mi defendido encerraba en su seno unos planes tan alevosos y homicidas, ¿por qué se desprendió de su valiente escuadrón todo compuesto de hombres que le idolatraban tanto, y todo de gente de color? ¿Por qué no se opuso a entregarlo? ¿Por qué no los invitó a esta horrorosa ejecución, ni les dijo lo que a los testigos que tiene en contra? ¿Por qué no se fue a tomar el mando de su división? ¿Por qué no les escribió a sus oficiales amigos? ¿Por qué no convidó al proyecto a sus predilectos generales Anzoátegui y Torres? ¿Como no declaró sus ideas a su confidente, a su amigo y a su querido secretario Briceño? ¿Cómo no comprometió, ni se valió de su edecán el guapo comandante Mina? ¿Es tan necio mi cliente que para una empresa superior a la de Catilinas, Desalines y Robespierres ocurriese a la sencillez y bondad del coronel Hernández, al ningún genio revolucionario del teniente coronel Olivares, y al más diestro, y al más oculto, y al más terrible de sus enemigos, al coronel Francisco Sánchez? Esta no es, no ha sido, ni puede ser jamás la conducta de un conspirador; puede ser sí la de un furioso resentido, con quien es preciso que haya indulgencia, y a quien se debe reputar por loco cuando se transporta e irrita.

¿Y qué diremos al ver a este mismo jefe llegar a la ciudad de Maturín, y en la sala del general Rojas decir: Todas las clases diversas del Estado deben ligarse estrechamente, y no formar más que una gran familia que haga la guerra a los españoles; olvídense resentimientos pueriles y seamos todos hermanos, todos libres, todos republicanos? ¿Qué me contestarán sus adversarios cuando les diga que el primer paso que dio Piar al hacerse cargo del mando del ejército del general Mariño, fue establecer una Comisión militar; contener los excesos de la tropa, castigar los crímenes de los delincuentes, cortar todo abuso, aterrar a los sediciosos y hacer juzgar y castigar al capitán León Prado, el más implacable de los enemigos del Jefe Supremo, que es pardo; que tenía estas dos recomendaciones y de quien tanto se podía valer para obtener sus fines? Si en tan corto tiempo logró mi defendido formar una brillante y brava división compuesta de más de quinientos hombres de ciento y pico que sólo le dejó Mariño, ¿por qué no marchó sobre Maturín? ¿Por qué no proclamó sobre este apoyo los principios de conspiración?; y ¿por qué no siguió al instante sobre esta provincia donde dicen que tenía o contaba con algún partido? Lo vemos, por el contrario, no contraerse sino a Cumaná, e ignoramos que allí haya declamado o conspirado contra la autoridad.

El acto de acogerse al general Mariño, de quien siempre ha sido enemigo, prueba bien claramente que su espíritu no estaba todavía muy tranquilo, ni su juicio muy en su lugar, para refugiarse en casa del que más le ha odiado siempre. Piar sencillamente declara que su objeto era irse a las colonias a gozar de alguna tranquilidad; lo que es bastante verosímil porque este era su antiguo deseo, y por esto fue que exigió el permiso temporal que se le acordó. Tan moderada y diversa ha sido su conducta posterior en la provincia de Cumaná, como que el mismo general Rojas, que antes había negado los auxilios que le pidió el general Mariño como un jefe que desconocía la suprema autoridad, le envió a Piar voluntariamente pertrechos para el ejército que estaba mandando; y ¿cómo se los habría remitido si su conducta no hubiese sido opuesta a lo que se quiere asegurar contra él? Si el general Piar hubiese desconocido al Supremo Jefe; si hubiese predicado el asesinato; convidado a la anarquía y autorizado la rebelión, ¿es creíble que el general Rojas le hubiese mandado pólvora para hacer la guerra a sus hermanos e incendiar a Venezuela?

Yo voy a persuadir a vuestra excelencia, señor presidente, y a ustedes, señores vocales, de que hay mucho estudio y demasiada animosidad en algunas declaraciones dadas contra el general acusado. Obsérvese atentamente la deposición del teniente coronel Olivares, y se verá cómo no contento con atacar tan duramente a Piar, adelanta el que le aseguró que contaba con todas las tropas; y que si quería convencerse más de cuanto le decía, escribiría al general Anzoátegui, y por su contestación vería si tenía fundamento para hablar con esta seguridad. ¿Puede caber esta idea en el más desconcertado cerebro? Escribir al general Anzoátegui sobre semejante materia; contar con él para un tal proyecto; empeñar en igual conspiración a un jefe tan enemigo del desorden y de la insurrección; comunicar este plan y contar para realizarlo con uno de los que por la naturaleza misma de la empresa debía ser comprendido en la proscripción. Al general de la Guardia de Honor del Gobierno, y al que por todos motivos debía estar más en contradicción con el asesinato de los blancos, y a uno de los jefes de más confianza de la autoridad, ¿podría dirigirse Piar como instrumento de este horror? Esto no se puede creer ni aun en delirio, y es más ridículo que cierto. No menos lo es el cargo de que contaba con todas las tropas. Y si estaba seguro de esto, si se hallaba cierto de que se sacrificarían por sus designios; si podía emprender cualquier trama satisfecho en su influjo y su autoridad, ¿cómo ha sido tan ignorante y sencillo para venirse solo y desprevenido al Juncal, y no fue al Cuartel General a disponer de las fuerzas y verificar sus intentos? ¿Por qué, si estaba seguro de que el general Anzoátegui y los cuerpos obedecerían sus mandatos, se separa de las misiones, se desprende de su valiente escuadrón y se viene solo a hablar para la conspiración a algunos de sus enemigos? En todo esto debe haber un gran misterio que yo no puedo penetrar.

¿Quién dudará que la falta del árbol genealógico que se dice haber sido encontrado en sus papeles, y en el que se le hace descender de los príncipes de Portugal, es una invención forjada por sus enemigos? ¿Todo esto no prueba suficientemente que tiene muchos, secretos y poderosos? Sería ensordecerse a los clamores de la justicia no conocer lo que digo.

Yo creo que es tiempo, excelentísimo señor, de que yo termine mi defensa. Quisiera extenderme más en favor del acusado, pero me parece haber dicho cuanto puedo; que la sabiduría y prudencia de los dignos miembros de este tan augusto Consejo conocerán mejor que el defensor las razones que éste no haya podido alegar, y que más amparen al defendido. Él y yo nos tranquilizamos al ver que va a ser juzgado por un tribunal de jefes rectos que no serán insensibles a sus grandes y continuados servicios, a su mérito, a sus padecimientos y a los laureles que ha recogido en tantos gloriosos campos, cuya ilustre memoria no se pueden recordar sin interesar la compasión. Contemple vuestra excelencia y ustedes, señores ministros del Consejo, que este es el mismo general Piar que tantas veces ha dado la vida a la República, que ha roto las cadenas de tantos venezolanos y que ha libertado provincias; que su espada es más temible a los españoles que lo que les es la de Napoleón; y que a su presencia han temblado todos los tiranos de Venezuela; que sus trabajos y persecuciones serán un triunfo para nuestros verdugos, y los complacerán más que diez batallas; que la República parece que debe ser generosa con uno de sus más ínclitos hijos, pues la clemencia bien aplicada es el mayor bien del universo; que se considere su decaída salud, su delicada naturaleza, sus sufrimientos, su edad, el oprobio que ha padecido, su conocido arrepentimiento y las aflicciones que ahogan su alma; que se le dispense a su calor; que no se sea tan fiero con un libertador de Venezuela, y que se recuerde que se creyó dañado y se desahogó con sus quejas, pero sin la intención de hacer mal.

Cuartel General de Angostura, 15 de octubre de 1817.

Excelentísimo señor.

F. Galindo

Voto del teniente coronel Francisco Conde

Hallándose el acusado convencido de los crímenes de que se le acusa, le condeno a ser pasado por las armas, precediendo la degradación con arreglo al artículo veintiséis, tratado octavo, título décimo; en el que, sin embargo, la pena que se detalla es la de ser ahorcado, me decido por la que le impongo por ser menos vejatoria.

Francisco Conde

Voto del teniente coronel Judas Piñango

Resultando el acusado plenamente convicto de 105 crímenes que se le han juzgado, lo condeno a ser pasado por las armas, precedida la deposición, con arreglo al artículo veintiséis, tratado octavo, título décimo de las ordenanzas.

Judas Piñango

Voto del señor coronel José María Carreño

Hallando al acusado plenamente convencido del delito de conspirador, y confeso en los de inobedencia, le condeno a ser pasado por las armas, sin que preceda degradación, arreglándome a los artículos séptimo y veintiséis de la ordenanza general, tratado octavo, titulo décimo.

José María Carreño

Voto del coronel José de Ucros

Hallándose el acusado plenamente convencido del delito de conspirador y confeso en los de inobedencia; le condeno a ser pasado por las armas, sin que preceda degradación, arreglándome a los artículos séptimo y veintiséis de la ordenanza general, tratado octavo, título décimo.

José de Ucros

Voto del señor general José Anzoátegui

Resultando de las declaraciones, confrontaciones y careo, convencido Manuel Piar de los delitos de sedicioso, conspirador y desertor, por los cuales se le puso en Consejo de Guerra, lo condeno a ser pasado por las armas, con degradación, arreglado al articulo veintiséis, tratado octavo, título décimo de las ordenanzas generales.

José Anzoátegui

1. En el original está esta palabra enmendada; parece que se escribió primero sin.

Voto del general Pedro León Torres

Resultando de las declaraciones, confrontaciones y careo, convencido Manuel Piar de los delitos de sedicioso, conspirador y desertor por los cuales se le puso en Consejo de Guerra, lo condeno a ser pasado por las armas, sin degradación, arreglado al artículo veintiséis, tratado octavo, título décimo de las ordenanzas generales.

Pedro León Torres

Voto del almirante Luis Brion

Hallándose plenamente convencido el general Piar de los delitos de conspirador contra la salud pública, desertor e inobediente a las órdenes supremas le condeno a ser pasado por las armas, sin degradación, con arreglo al artículo veintiséis, tratado octavo, titulo décimo de las ordenanzas generales.

L. Brion,

Presidente.

SENTENCIA DEL CONSEJO

Visto el oficio del excelentísimo señor Jefe Supremo, de 3 del corriente, inserto por cabeza de este proceso que ha sido formado por el señor general de brigada Carlos Soublette a consecuencia de dicha orden, contra el general en jefe Manuel Piar indiciado de los crímenes de insubordinado, conspirador, sedicioso y desertor, y héchose por dicho señor relación de todo lo actuado al Consejo de Guerra de oficiales generales celebrado el día 15 de octubre de 1817 en la casa del excelentísimo señor almirante Luis Brion, que lo presidió, siendo jueces de él los señores generales de brigada Pedro León Torres y José Anzoátegui, coroneles José Ucros y José María Carreño y tenientes coroneles Judas Piñango y Francisco Conde, sin que compareciese en el mencionado tribunal el referido reo por no haberlo estimado necesario el Consejo; y oída la defensa de su procurador, y todo bien examinado le ha condenado y condena el Consejo a ser pasado por las armas, arreglándose a la ley prescrita en el articulo veintiséis, tratado octavo, título décimo de las ordenanzas generales.

Plaza de Angostura, 15 de octubre de 1817.-7º

L. Brion, Presidente; Pedro León Torres; José Anzoátegui; José de Ucros; José María Carreño; Judas Piñango; Francisco Conde.

Inmediatamente pasó el señor fiscal a la posada de su excelencia el Jefe Supremo conmigo el Secretario, y entregó en su mano este proceso, de que doy fe.

Carlos Soublette

Ante mí.

J. Ignacio Pulido,

Secretario.

Cuartel General de Angostura, 15 de octubre de 1817.-7Q

Vista la sentencia pronunciada por el Consejo de Guerra de oficiales generales contra el general Manuel Piar, por los enormes crímenes de insubordinado, desertor, sedicioso y conspirador, he venido en confirmarla sin degradación. Pásese al señor Fiscal para que la haga ejecutar, conforme a ordenanza, a las cinco de la tarde del día de mañana.

Bolívar

Yo, el infrascrito Secretario, certifico: Que hoy 16 de octubre de 1817 ha devuelto el excelentísimo señor Jefe Supremo al señor general de brigada Carlos Soublette el proceso con la aprobación de la sentencia, y para que conste lo pongo por diligencia que firmó igualmente.

Carlos Soublette

J. Ignacio Pulido,

Secretario.

En la plaza de Angostura, a 16 de octubre de 1817.-7º

Yo, el Secretario, en virtud de la sentencia dada por el Consejo de oficiales generales y aprobada por el excelentísimo señor Jefe Supremo, pasé de orden del señor Fiscal a la prisión donde se halla Manuel Piar, reo en este proceso, a efecto de notificarla y habiéndole hecho poner de rodillas le leí la sentencia de ser pasado por las armas; y para que conste por diligencia lo firmo.

J. Ignacio Pulido,

Secretario.

* * *

En la plaza de Angostura, a 16 de octubre de 1817.-7º

Yo, el infrascrito Secretario, doy fe que en virtud de la sentencia de ser pasado por las armas, dada por el Consejo de Guerra, su excelencia el general Manuel Piar, y aprobada por su excelencia el Jefe Supremo, se le condujo en buena custodia dicho día a la plaza de esta ciudad, en donde se hallaba el señor general Carlos Soublette, Juez Fiscal en este proceso, y estaban formadas las tropas para la ejecución de la sentencia, y habiéndose publicado el bando por el señor Juez Fiscal, según previenen las ordenanzas, puesto el reo de rodillas delante de la bandera y leídosele por mí la sentencia en alta voz, se pasó por las armas a dicho señor general Manuel Piar, en cumplimiento de ella, a las cinco de la tarde del referido día; delante de cuyo cadáver desfilaron en columna las tropas que se hallaban presentes, y llevaron luego a enterrar al cementerio de esta ciudad donde queda enterrado; y para que conste por diligencia lo firmó dicho señor con el presente Secretario.

Carlos Soublette

Ante mí.

J. Ignacio Pulido,

Secretario.

SIMÓN BOLÍVAR,

Jefe Supremo de la República de Venezuela, etc.

al los soldados del Ejército Libertador

Soldados: Ayer ha sido un día de dolor para mi corazón. El general Piar fue ejecutado por sus crímenes de lesapatria, conspiración y deserción. Un tribunal justo y legal ha pronunciado la sentencia contra aquel desgraciado ciudadano, que embriagado con los favores de la fortuna y por saciar su ambición, pretendió sepultar su patria entre sus ruinas. El general Piar, a la verdad, había hecho servicios importantes a la República, y aunque el curso de su conducta había sido siempre la de un faccioso, sus servicios fueron pródigamente recompensados por el Gobierno de Venezuela.

Nada quedaba que desear a un jefe, que había obtenido los grados más eminentes de la milicia. La segunda autoridad de la República, que se hallaba vacante de hecho, por la disidencia del general Mariño, iba a serle confiada antes de su rebelión; pero este general que sólo aspiraba al mando supremo, formó el designio más atroz que puede concebir un alma perversa. No sólo la guerra civil sino la anarquía y el sacrificio más inhumano de sus propios compañeros y hermanos, se había propuesto Piar.

¡Soldados! Vosotros lo sabéis: la igualdad la libertad y la independencia son nuestra divisa. ¿La humanidad no ha recobrado sus derechos por nuestras leyes? ¿Nuestras armas no han roto las cadenas de los esclavos? ¿La odiosa diferencia de clases y colores, no ha sido abolida para siempre? ¿Los bienes nacionales, no se han mandado repartir entre vosotros? ¿La fortuna, el saber y la gloria no os esperan? ¿Vuestros méritos, no son remunerados con profusión o por lo menos con justicia? ¿Qué quería, pues, el general Piar para vosotros? ¿No sois iguales, libres, independientes, felices y honrados? ¿Podía Piar procuraros mayores bienes? ¡No, no, no! El sepulcro de la República lo abría Piar con sus propias manos, para enterrar en él la vida los bienes y los honores de la inocencia, del bienestar y de la gloria de los bravos defensores de la libertad de Venezuela; de sus hijos, esposas y padres.

EL cielo ha visto con horror a este cruel parricida; el cielo lo entregó a la vindicta de las leyes, y el cielo ha permitido que un hombre que ofendiera a la Divinidad y al linaje humano no profanase más tiempo la tierra que no debió sufrirlo un momento después de su nefando crimen.

¡Soldados! El cielo vela por vuestra salud; y el gobierno que es vuestro padre sólo se desvela por vosotros. Vuestro Jefe, que es vuestro compañero de armas y que siempre a vuestra cabeza ha participado siempre de vuestros peligros y de vuestras miserias como también de vuestros triunfos, confía en vosotros. Confiad, pues, en él seguros de que os ama más que si fuera vuestro padre o vuestro hijo.

Cuartel General de Angostura 17 de octubre de 1817.-7°

Simón Bolívar

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