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El idioma oficial o el golpe gramático
El Nacional, sábado 15 de julio de 2000 INo es ningún secreto, ni nadie ha pretendido que lo sea, que el texto de la constitución bolivariana (en minúsculas, por ahora), como fue aprobado por la Constituyente de 1999, estaba plagado de errores gramaticales. Tenía tantos que el Rey Zamuro, asombrado y confundido, propuso encargarle a Gabriel García Márquez las correcciones de estilo, y que fuera un premio Nobel quien concordara debidamente el género y el número. Con razón, un vasto número de expertos en la materia se sintió ofendido y pronto hubo consenso entre ellos para enderezar frase por frase y verbo a verbo los entuertos, despropósitos y sinrazones perpetradas por los constituyentes (también en minúsculas, para siempre). El país lo agradeció con la humildad del silencio, pues entendía que al lado de las grandes reformas que se estaban adelantando, los pasos cimeros que se daban para adentrarnos en el siglo XXI, la «corrección gramatical» y hasta la ortografía eran minucias. Los asambleístas insistían que lo importante era el fondo y no la forma, con lo que le restaban valor a las comas (por ausencia, pocos sabían dónde ponerlas) y también a las mayúsculas (por abuso, se las ponían a todo lo que consideraban importante). Lo que no previeron los constituyentes es que su desdén hacia la gramática y el buen hablar, que no es un problema de elegancia sino de eficacia en la comunicación, iba a ser aprovechado por el feminismo fundamentalista para imponer su estrecha visión de la lengua castellana. Ningún defensor de la neutralidad del genero masculino para referirse al género humano, como ha sido siempre y lo sigue siendo en todas partes menos en el texto de la Constitución Bolivariana (en mayúsculas), tuvo la posibilidad de expresar su punto de vista, ni siquiera se le dio el venezolanísimo derecho de patalear. En ningún momento «los correctores» aclararon que lo que ellos estaban vendiendo como una verdad definitiva apenas era una discusión entre especialistas, y que apenas comenzaba y sin mucha fuerza en la patria de Bolívar. IIComo la Asamblea Constituyente fue demasiadas veces una competencia entre osadías extremas y no la búsqueda sensata y racional de la norma que mejor se adaptara a la constitución orgánica y cultural del venezolano, cualquiera que se pronunciara por la sensatez y la moderación podía ser acusado de «traidor a la patria». Así las cosas, si la tónica en la plenaria era ser conmiserables con el delincuente, los más se pronunciaban por el perdón de los delitos, fueren los que fueren, mientras que la minoría opositora guardaba silencio o se iba al otro extremo y pedía la pena de muerte para quien ofendiera al comandante. No fue esa la tónica que privó en la relación de los asambleístas con el lenguaje. Todo lo contrario, la única palabra que califica para adjetivar su desdén por la lengua, hablada o escrita, es desidia, aunque también pudo ser ignorancia supina. La IV República, de Chávez (porque la historia dice que seguimos afortunadamente en la tercera) se caracterizó por el «dequeísmo» de los adecos. Los militantes y dirigentes de Acción Democrática, particularmente los miembros del Buró Sindical, son siguen existiendo los únicos seres humanos que «piensan de que» y «opinan de que». Uno de sus «méritos» es haber contagiado con ese «pensamiento dequesiano» a muchos miembros de Copei, sobre todo a la dirigencia magisterial socialcristiana, que ya estaba pensando y opinando «de que». La V República, también de Chávez, no sólo insiste en que ya entramos al siglo XXI sino que es un hecho «de acuerdo a» un clamor popular. Y que «en relación a» esa materia el Ministerio de Educación, Cultura y «Deporte» prefiere no «pronunciarse». En asuntos más técnicos, sobre todo en los avisos oficiales y, a veces, en las invitaciones culturales de Pdvsa, se puede leer que «se cumplirán las especificaciones del ordinal número dos, quedando a consideración del titular», con lo que un escalofrío recorre la columna vertebral del idioma. Si por simple entretenimiento, como quien recurre a la meditación trascendental para combatir el estrés, el soberano se dedicara a contar las veces que los ministros dicen «en relación a» y «de acuerdo a» o atraviesan un gerundio de posteridad suponiendo elegancia y buen decir, la estabilidad de la V República estaría «en riesgo». IIIEn 18 meses de gobierno, el Presidente se ha «relanzado» planes e ideas. Así, no hace mucho en los titulares de los periódicos hablaba de «relanzar el Plan Bolívar 2000» y de «relanzar las escuelas bolivarianas». (Cuando le quitaron el punto a 2000, descansamos: no eran 2.000 planes, sino año 2000). El soberano y yo entendemos que quiso decir «reactivar», «volver a lanzar», pero el diccionario de la RAE, igual que el de María Moliner, dice que «relanzar» es «rechazar». Aquí comienza la gran confusión, lo que los reporteros de radio denominan el «momento más álgido», creen que están diciendo «candente», pero «álgido» es frialdad en el cuerpo y no calentura. Lo que se ha dado por llamar lo «políticamente correcto», que en dos platos significa seguir las conveniencias de la mayoría sin ofender a las minorías, ha encontrado en la lengua, en el habla, una resistencia mínima para imponer su sosa neutralidad. Como es tan necio discutir si se dice «vaso de agua» o «vaso con agua» como hacerlo sobre el sexo de los ángeles que son varones, porque las hembras son «angelitas» nadie apaga el televisor durante la cadena de «micronoticias» para protestar el rosario de «en relación a» que enhebra el locutor oficial. Y tampoco a nadie le chirrean los dientes cuando el funcionario dice que las conversaciones con Fedecámaras y la CTV han «culminado», cuando lo que quiere decir es que «terminaron» o «finalizaron». Lo malo es que la alcahuetería también contaminó a los miembros de la Real Academia Española, que para congraciarse con la apertura les ha dado por aceptar acepciones de palabras que son lo contrario de lo que siempre han significado. Por ejemplo, para Cervantes, el manco de Lepanto, «enervar» significaba «debilitar, quitar fuerza»; pero, a partir de 1992, también significa «poner nervioso, excitar». Resultado, la palabra queda anulada. Si digo que el ministro estaba enervado, ¿qué quise decir? Igualmente, cuando se escribe que el Presidente fue recibido álgidamente en Maiquetía, ¿cómo fue la recepción, fría o caliente? Si le siguen cambiando la acepción a las palabras dentro de poco no vamos a entender Doña Bárbara. IVEn algunas oportunidades he estado tentado en escribirles a los directivos de la televisión española para que le pongan subtítulos a la programación que transmiten a Iberoamérica. Es imposible entender lo que dicen, no tanto por los tacos, que coño, se exceden, sino porque el español peninsular sufre una involución de puta madre. No es que en el andaluz de Felipe González sea imposible decir «cerrado» en vez de «cerrao», o que Aznar llame «financiación» a lo que los venezolanos le decimos «financiamiento», sino que se ha impuesto el uso a la norma, y ahí se producen las incongruencias y los choques, las incomprensiones. En el largo plazo, no nos entenderemos con la Madre Patria, pero gracias a Dios, como decía Keynes, estaremos muertos. VEl buen hablar no es asunto de clases sociales sino de comunicación, de hacer un esfuerzo para que el mensaje que se transmite sea entendido lo mejor posible; de usar la palabra correcta con la pronunciación correcta, y según las normas de concordancia en tiempo, género y número. No es que la clase media ilustrada imponga su hablar a los ricos ignorantes o a los pobres ídem. No. El lenguaje es para facilitar el entendimiento entre los hombres, no para complicarlo. Aprender a hablar correctamente es esfuerzo particular, personal, pero redundará en facilitarle las relaciones con el resto de la humanidad o con los vecinos inmediatos. Las leyes de la naturaleza, como la de gravedad o de la genética, no necesitan la presencia de policías, fiscales o académicos para garantizar su cumplimiento. Los cuerpos se atraen independientemente del criterio de los expertos que corrigieron el estilo de la Constitución Bolivariana. Muy distinto es lo que ocurre con los semáforos y el significado de cada uno de los colores. Si las feministas que impusieron el término «fiscala» en la Constitución propusieran que en la República Bolivariana el rojo no es un color de peligro sino de esperanza, porque ese ha sido el color que ha identificado las gestas del proletariado, probablemente la Asamblea Constituyente lo aprobaría por unanimidad, y no faltarían motivos. Lo que sí le faltaría sería razón, sesos; en fin, materia gris. ¿De qué tamaño tendría que ser el letrero que se colocaría en todas las entradas del país para que quienes nos visiten no olviden que aquí el rojo significa «pase» y el rojo, «adelante»? VIEl madrugonazo que le dio la comisión de redacción y estilo a la Asamblea Nacional Constituyente ha pasado inadvertido por la Academia Venezolana de la Lengua, que se percibe bien para recomendar el correcto uso de partitivos y superlativos, pero se hace la sorda ante tamaña agresión al idioma. Vendo diccionario sin abrir y gramática inédita. PS. ¿Por qué se llamó Asamblea Nacional Constituyente, si no había asambleas constituyentes regionales ni municipales? Nota Bene: El lenguaje «decreciente» de los economistas, neoliberales o no, lo trataremos en otra oportunidad, cuando «reinicialicemos» el tema «paralelamente» con el de los técnicos en computación.
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