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Una anaconda en Parque Central El Nacional, viernes 20 de abril de 2001 Cuando Parque Central se construyó aún se ignoraba lo que ya es un hecho comprobado: los conjuntos residenciales de alta densidad son un fracaso. Los ejemplos abundan, pero recordemos tan sólo la cantidad de demoliciones de torres de apartamentos de más de diez pisos que han ocurrido en Inglaterra. La razón es sencilla: nadie quiere vivir en ellas. Pero, seamos justos: cuando se levantó este complejo descomunal se pensaba que recogía un concepto de vida ideal. De hecho, en cierto sentido lo fue, sobre todo al principio, a mediados de los años setenta y durante los primeros años de los ochenta, cuando en el Complejo Sofía Imber iniciaba su aventura museística, y el Fundarte de Diego Arria, Felipe Llerandi, María Cristina Anzola, Elías Pérez Borjas y John Lange levantaba vuelo, cuando el Museo del Teclado no era la tristeza que es hoy, cuando Alicia Pietri de Caldera encendía las primeras luces del Museo de los Niños. Es obvio: Parque Central en buena medida recoge el enorme deterioro que ha sufrido Caracas en los últimos veinte años. Darse una vuelta por allí, después de la seis de la tarde, es verle el rostro a la indigencia, a centenares de perros realengos, y toparse con decenas de ascensores que funcionan a media máquina, y acercarse a una panoplia de olores estremecedores. En pocas palabras, el deterioro, el desvencijamiento, la ruina cobrando lo suyo, una metáfora de lo que nos ha ocurrido, pues. En un excelente relato de José Balza, escrito en 1980, se salvan dos historias paralelas con maestría. Se titula Central y parte de dos hechos verídicos que dan pie a la trama de la imaginación. Una se refiere al caso, muy divulgado en la prensa de entonces, de un hombre que picó a la mujer en pedacitos y la fue sacando en bolsas plásticas del apartamento donde ocurrieron los hechos. Y la otra, se cuece en unas performances operáticas excepcionales que organizaban los mejores cantantes e intérpretes de las orquestas de entonces, en el área discreta de un apartamento del conjunto. El horror y el esplendor en un mismo vértigo de cuarenta pisos. Ya el ojo del narrador advertía los extremos que allí se separaban a toda velocidad. Si a alguien le cabe duda de que estas regiones equinocciales son reinos del realismo mágico, pues una noticia reciente en un diario de circulación nacional puede sacarlo del dilema. La noticia informa que una anaconda anda suelta en el sótano III del complejo, más aún, afirma que los bomberos y la sociedad protectora de animales, Profauna e Inparques se han reunido para ubicar al reptil, pero la búsqueda hasta ahora ha sido infructuosa. A todas estas, ante el rebullicio de la pesquisa, los vecinos han bajado a informar sobre el asunto. La versión que cobra más cuerpo es asombrosa: la serpiente tiene diez años viviendo allí. A una vecina le fue regalada por un amante impetuoso esta eunectes murinus casi recién nacida; al terminar los amores, al parecer, la vecina no halló mejor destino para la culebra que el sótano y, vaya ironía, ésta no ha podido encontrar mejor hábitat para crecer y hacerse adulta: vive en el agua de los albañales y se alimenta de roedores con lo que, otra ironía, le presta un servicio al conjunto. Las costumbres que siguen estos reptiles indican que sus cacerías son nocturnas, con lo que no tienen por qué dejarse ver durante el día asustando a los transeúntes del sótano. Además, sólo atacan a un ser humano si expresamente son molestadas por éste, de lo contrario lo suyo es comerse a los ratones que, para colmo, abundan en estos parajes urbanos. Ahh, además, no comen cadáveres, a los roedores los degluten vivos. Pregunto: ¿realmente es necesario prescindir de los servicios de la anaconda? ¿A quién le hace daño este animal que ya lleva diez años en el laberinto del alcantarillado y nada indica que no ha sido feliz allí? Si la llevan al Serpentarium del Parque del Este va a encontrarse con sus semejantes y, tómese en cuenta, que nunca los ha visto. ¿No sería justo respetar su condición solitaria? ¿Es posible que a estas alturas de su vida inicie un proceso de socialización sin que ello la perjudique gravemente? ¿Quién le garantiza la misma dieta diaria en el Serpentarium que la que tiene en esa variante única de la ofidiología que es el sótano III del Parque Central? Hay que pensar en todas estas variables, señores, no se trata de cargar con la anaconda de varios metros y muchos kilos y ya, echarla en la parte de atrás de un camión y hacer el viaje por la autopista Francisco Fajardo hacia un nuevo destino. Si lo piensan bien, a lo mejor la dejan allí, a la buena de Dios, y hasta es posible que en una próxima visita dejen, secretamente conmovidos, dos anacondas cachorras en la alcantarilla más oculta. Quién quita.
Rafael Arráiz Lucca en La BitBlioteca |
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