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Borges en Oxford: revelaciones para curiosos El Nacional, viernes 5 de noviembre de 1999
En un castellano impecable, salpicado por un decidido acento porteño, Bernés fue pasando revista a sus largos años de traductor de la obra de Borges del español al francés. Esta circunstancia lo acercó familiarmente al hijo de Leonor Acevedo, desde los tiempos en que María Kodama no pasaba de ser una amiga que lo asistía en los viajes incesantes y en la vida cotidiana. Bernés se trasladó con matinal frecuencia entre el 3 de enero de 1986 y el 4 de junio del mismo año a la ciudad de Ginebra. Lo llevaba el urgente motivo de avanzar en la aprobación por parte de Borges de la traducción para la edición de La Pléiade. Ya se sabía que a la obra del poeta le estaba reservado el número 400 de esta colección consagratoria. Pues en aquellos seis meses finales Bernés y Borges dialogaron con la espada en la nuca, y el francés tuvo el cuidado de grabarlo todo, con el objeto ulterior de no guardarse las confesiones finales y publicarlas en su debido momento que, por cierto, no parece haber llegado. Pero, en aquella tarde otoñal de Oxford a Bernés se le encendió la luz de la sabrosa confidencia y quiso contar buena parte de la historia. Según Bernés, Borges antes de morir recitó el Padre Nuestro. Lo dijo en sajón antiguo, como probablemente se lo enseñó su abuela Fanny; luego lo expresó en inglés; en tercera instancia en francés y, finalmente, lo pronunció en español tres veces, antes de caer en coma. En el orden de las lenguas el conferencista halló un parti pris por el español, pero además especificó que el motivo de haberlo recitado tres veces se debe a que esperaba la llegada de la muerte articulando la oración cristiana. Dejemos para otra oportunidad la posible especulación sobre el número tres. Afirmó Bernés que Borges se avergonzaba de sus inicios orilleros, de su comunismo juvenil y de su vanguardismo madrileño. Varias veces sentenció que su núcleo familiar era marginal, pero no quiso detenerse en las conductas de los padres de Borges que lo llevaban a tal aseveración. La duda quedó suspendida esperando a los lectores avezados. La edición de La Pléiade, que ya salió, contiene un apéndice epistolar. Allí están las cartas del período de iniciación, exclusivamente, que Borges expresamente autorizó, y afirmó Bernés que descartó muchísimas, los elegidos son pocos: Abramovich, Jacobo Sureda, Adriano del Valle, Rafael Cansinos Assens y Macedonio Fernández. Pero así como descartó epístolas, también lo hizo con las fotografías que componen el álbum que trae la edición francesa. Había rostros que no quería relacionados con su eternidad. En sus días finales se acentuó la pena que sintió siempre por no haber escrito «el libro representativo». Esto, recalcó Bernés, lo afligía mucho, pero se alejaba de la pena esgrimiendo sus proposiciones maravillosas. Se lamentaba del final de El Quijote y decía que si tuviera tiempo lo reescribiría, eliminando el capítulo postrero de la muerte. Y así como le habría gustado continuar La divina comedia se lamentaba de la existencia de la novela como género, la odiaba sin piedad. Según Bernés no fue el inglés la lengua preferida de Borges, fue el alemán. Decía Borges: «La literatura alemana no está al nivel de su lengua». Para sorpresa general el conferencista señaló que Borges no sólo fue un mal traductor, sino que en algunos casos las traducciones las hacía la madre y las firmaba él, pero deslizó más, dijo que no dominaba tan bien el inglés como se creía, que el francés se le daba mejor. No se permitió dudar ni un segundo de la inmensa generosidad de Borges, tampoco dudó de la sordera del poeta: la música le era completamente indiferente. En aquel hotel ginebrino adonde fue llevado a morir, no se sabe aún por qué, quiso en las seis horas del último encuentro con su traductor repasar la literatura universal, en verdad, su única pasión. Llegó a imaginarse, entre chanzas y veras, coronado como Voltaire, pero no por laureles sino por rosas, las amaba. Quince días antes de morir comenzó a hablar de la Parca y se preparó para su llegada de la única manera que podía hacerlo: como un personaje literario. |
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