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Panegírico de Caracas El Nacional, viernes 24 de julio de 1998, p. A-4 Quienes la niegan no se han detenido en el tono inverosímil de sus amaneceres, ni en los vendavales de sus tardes con lluvia. Esta es mi ciudad, y me duele como un disparo en el hombro cuando la ingratitud se adueña del juicio. Sus enemigos, que forman legión, pasan de largo frente a la estrella de sus prodigios. Bastaría con reparar en la nobleza de sus árboles para que el mundo amainara en su fuerza de pesadilla, pero los indiferentes pasan sin alzar la cabeza para ver las ramas alegres de los jabillos, tampoco reparan en el sortilegio de las palmas, ni han visto avanzar por las faldas del Avila una bandada imprecisable de mariposas amarillas que agotan el rumbo que les indica el viento. Dicen que el mundo exterior es un espejo del que nos bulle por dentro: Quizás por eso algunos están negados para el saludo de la belleza. En el viejo edificio que Villanueva diseño para ser sede del Museo de Bellas Artes, hoy Galería de Arte Nacional, está el patio principal de la ciudad. Quienes hemos tenido el privilegio de trabajar en esta institución magnífica, sabemos que el patio entre las cinco y las siete es una fuente de energía y lucidez como no hay otra en le valle que habitaron los Caracas. Perfecto, fresco, sobrio, con aquel árbol melancólico que recuerda a una película de Kurosawa, desde su espacio el país puede abrirse hacia el futuro sin las incertidumbres de la violencia, en paz. Pero si algo similar a la serenidad puede invadirnos el ánimo, en el patio del arquitecto, en el stadium de beisbol de la Ciudad Universitaria, una noche despejada, con las gradas repletas, la experiencia puede entregarnos la nuez de la venzolanidad. Difícil saber en qué país nacimos si no somos bañados por una ráfaga de cerveza. Tan difícil como creer que le hemos tomado el pulso a la ciudad sin haber trajinado, alguna vez, los senderos del Parque del Este. Quién dijo miedo, quién dijo desesperanza después de haber completado el círculo de la caminata por las fronteras del parque. Acaso no está allí la luz de nuestra infancia, la que no habrá pena ni oprobio que pueda arrebatárnosla en un arranque de privación autoritaria. Nadie tampoco, jamás, podrá desalojar de la casa de nuestra memoria, el laberinto taxonómico del Jardín Botánico y su flora organizada. Son radicalmente distintas las sombras de sus árboles a las que proyectan las banderas de la intolerancia. El concierto del jardín amorosamente organizado, es una metáfora de la institucionalidad que no hemos sabido levantar, y que ahora hace agua por los cuatro costados. Pero allí está él para decirnos que la obra respetuosa del hombre es pródiga y posible. Y si no logramos descifrar el mensaje de los árboles de allí, intentemos con los de La Estancia en La Floresta, que son grandes y preservan en sus copos más de doscientos años de historia. Si nos permitiéramos voltear en silencio hacia la fuerza cinética de sus ramas en las mañanas con sol, quizás hallaríamos algo del sosiego perdido. Basta con mirar a un árbol para saber que el odio es un padre maldito. Y si aún desdeñamos las posibilidades estéticas de las urbes modernas, el paso en carro por el segundo piso de la autopista del Este, a la altura de Bello Monte, es una fiesta de luces y ofertas que termina por ser algo que va más allá de una invitación al consumo. Algo así como los parques de atracciones de nuestra primera infancia, cuando ninguno de los nubarrones de hoy se asomaba en el horizonte. Hay momentos en que el Avila es una presencia imponente. Visto desde la autopista de Prados del Este, entre Santa Fe y Las Mercedes, el cerro es una mole que se alza como una pared verde y vertical, que organiza el espacio, que lo cota, que lo orienta, que hace de la ciudad un acontecimiento inolvidable. Y si quieres ver lo que se desparrama entre los límites de Guaraira Repano y los cerros del sur, consiéntete un recorrido por la Cota Mil en una tarde de enero. Puedes llegar a creer que vives en una ciudad donde las casas y los edificios están colgados de los árboles. La ciudad que fundó Losada, que gobernó Pimentel, que cantó Pérez Bonalde, que pintó Cabré, que humanizó Villanueva, esa ciudad es y no es la misma. El cambio ha sido su sino, y sus hijos nos hemos aclimatado al suspiro de lo efímero. Lo que hoy está en una esquina, mañana puede dejar de estarlo. Acaso no ocurre igual con nuestras vidas. Quién dijo que éramos inmortales. La piel de Caracas es como la de las mujeres jóvenes y ansiosas por iniciar su propia historia. No puede ser de otra manera, si el viento que peina los vericuetos del valle es siempre nuevo, lleva en sus ráfagas la semilla que busca terreno, algo de la locura del Quijote que acompañó a Alonso Andrea de Ledesma en su epifanía heroica o algo del Sancho que a todos alguna vez nos acompaña. Este valle es bueno. La luz y el aire no son amigos de la traición, y se rigen por leyes ocultas para el fanfarrón y explícitas para el humilde. Después de cuatrocientos treintiún años de fundada, haríamos bien en atender a las historias de sus primeros pobladores, para saber que en el valle conviven tres familias estableciendo sus alfabetos ocultos: Los pájaros, los árboles y nosotros, tratando de ser dignos de sus noticias. |
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