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No a la arrogancia

Ramón Guillermo Aveledo

El Universal, viernes 23 de abril de 1999

La democracia es un proyecto para redefinir y redistribuir el poder. Por eso es proceso y no instante. Por eso es cambio profundo y prolongado y no mágico pase "revolucionario". Los autoritarismos son arrogantes por definición, y los que más lo son son los totalitarismos, que a la agresiva altanería de los que mandan, suman la soberbia ilimitada de pretender haber partido en dos la historia. La democracia es por naturaleza modesta, sobria. Hay una humildad republicana hija de la igualdad ante la ley. Y en las monarquías constitucionales europeas, modelos de proceder democrático, la sobriedad del poder en modos y en contenidos es proverbial; háblese de las democracias británica o escandinavas, por ejemplo.

El poder arrogante y el arrogante en el poder son radicalmente antidemocráticos. Eso no quiere decir que el poder democráticamente surgido en Venezuela haya estado libre de la arrogancia y no podía ser de otro modo, habida cuenta de nuestro larguísimo pasado autoritario cuya impronta cultural toma tiempo y esfuerzo borrar.

En cada episodio de la vida patria, en cada momento del debate venezolano, quien suscribe estará en favor del progreso democrático y en contra de toda regresión autoritaria. Tengo una innata e incurable alergia a la arrogancia del poder. El poder arrogante es, más temprano que tarde, el poder abusivo. El poder que se las sabe todas, es de seguro el poder que se cree con derecho a hacer todo. Y todo es cualquier cosa. El poder arrogante es lo contrario al poder limitado y distribuido, controlado, fruto de la civilización que se expresa en la legalidad democrática. Se expresa de modo imperfecto, claro, sobre todo en nuestra imperfecta democracia, pero nunca estará la solución al subdesarrollo en el subdesarrollo mismo. Es adelante y no atrás que busco salidas. Devolverse cuesta caro.

Cada vez que tengamos una oportunidad, hay que dar al poder una señal clarísima, inconfundible, en contra de la arrogancia, es decir en favor de la democracia. Esa es la razón central de mi voto el 25 de abril. No a la arrogancia.

El Presidente y su gobierno han desplegado arrogancia hasta el abuso montados en su popularidad. Esa popularidad que nunca ha sido, porque no es, sólida o estable. La popularidad tiene ruedas y como llega se va. Máxime aquella fundada en la explotación demagógica de fundados descontentos, pero también prejuicios y supersticiones. Cree el Presidente que su popularidad es patente de corso y se ríe de las limitaciones constitucionales y legales que su poder tiene. Se ríe con descaro. Se ríe en cadena nacional de radio y televisión.

La arrogancia presidencial se manifiesta sin rubor en su autodesignación como un oficina expedidora y revocadora de certificados de patriotismo y bondad. En enero, cuando el poder leyó parcial e interesadamente las sentencias de la Sala Político Administrativa, la Corte era un modelo de comprensión de los cambios. Hoy, cuando nueva decisiones aclaran los cauces y ponen límite a la discrecionalidad del poder, la Corte es el enemigo. No importa lo que decida la Corte, dijo el Presidente y líder político en televisión, de todas maneras será como yo digo.

La arrogancia presidencial brota a borbotones cuando predice lo que decidirá la Asamblea Constituyente. Aprobará la reelección, se declarará originaria, disolverá el Congreso y ahora disolverá la Corte. Y ¿Cómo lo sabe el Presidente? ¿Quién se lo dijo?

La arrogancia presidencial tiene uno de sus blancos predilectos en el Congreso, al que como institución y en sus miembros insulta indiscriminadamente. Al que envía barras gritonas y amenazantes en la mejor escuela del fascismo y los "actos de repudio" fidelistas. Un acoso moral que muestra la cacha de un acoso físico, y cínicamente se insiste en la "revolución pacífica" Pero, discurso propagandístico aparte, la verdad es que la antipatía del Presidente arrogante no es exclusividad del Congreso, sino que se profesa sin disimulo a toda institución o persona que le recuerde que su poder es limitado. La Corte, los gobernadores, la libertad de expresión, la opinión internacional.

La arrogancia presidencial muestra uno de sus más repulsivos rostros en la imposición de la obsesiva prioridad política del régimen, por encima de las obvias prioridades del país que son las económicas y sociales. El desempleo, la crisis fiscal, la recesión económica están lejísimo de la atencion gubernamental, cuyo punto focal es la Constituyente.

Esa arrogancia no merece apoyo ni mucho menos estímulo. Lo último que le conviene a Venezuela es que nuestro arrogante Presidente reciba el mensaje equívoco de que todos, por querer cambios, pensamos que va muy bien. Por eso voto NO. Es lo sensato.


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