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¿Qué pasa en la cultura?

Rigoberto Lanz
Presidente del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), Venezuela)

El Nacional, miércoles 23 de mayo de 2001
Rigoberto Lanz, I Encuentro de Directores de Cultura del Ejecutivo Nacional
Para salir de la cultura como adorno
El debate cultural venezolano en La BitBlioteca

El proceso de transfiguración cultural que está en marcha (‘transfiguración’ es un concepto más potente que el de ‘revolución’) tropieza con obstáculos de todo género. Parte de estos límites son los mismos que encontramos en cualquiera de las esferas del Estado: burocratismo patológico, clientelismo brutal, anacronismos gerenciales, ignorancia enciclopédica. Esta pasada herencia se arrastra y se reproduce a pasar de los enormes esfuerzos que se hacen hoy para que las cosas se hagan de otro modo.

Los aparatos culturales heredados padecen de estos mismos males, con los consabidos agravantes de su marginalidad, sus singularísimos anacronismos y su pequeña historia llena de mitos.

El más poderoso obstáculo con el que tropiezan los esfuerzos actuales de transformación es el sentido común dominante respecto al significado mismo de lo cultural. Si no logramos reformular radicalmente el sentido de la relación entre cultura y sociedad, no habrá ingeniería organizacional alguna que haya valido la pena.

Es esta una cuestión crucial que toca el fondo de un debate de orden epistemológico insoslayable para quienes procuramos hacer patente un cambio verdadero en la gestión cultural del país.

El mito de la «universalidad» de la cultura hace estragos al momento de traducir en políticas públicas la acción del Estado en este campo. Se instala así una tendencia que reduce el proceso cultural a la contemplación de las «bellas artes», por tanto, la gerencia cultural termina siendo un ejercicio de administración de espectáculos (malos o buenos, lo mismo da). La acción cultural del Estado hecha en el marco de este paradigma no tiene más remedio que reproducir la lógica de la parafernalia dominical, este remedo de «acto cultural» con el que José Ignacio Cabrujas ridiculizaba la cursilería y el mal gusto de las elites dominantes del país.

Ello no desconoce el problema efectivo de modelos de gestión que deben ser desmontados por inservibles. Lo que estamos enfatizando es el primado de una visión de la cultura que es prioritaria respecto al debate organizacional.

¿Dónde estamos hoy respecto a una compresión cabal de los retos de una transfiguración de la cultura en Venezuela?

El proceso que está en marcha tiene un signo creciente de recomprensión del significado profundo de una sintonía entre revuelta social y revuelta cultural. Desde los equipos que se han ido conformando en la dirección de este proceso, se observa un compromiso y una visión cada vez más articulada con un nuevo concepto de la acción cultural del Estado. Desde luego, operando en escenarios en transición donde perviven vicios y mentalidades frente a las que no cabe otra conducta que la confrontación permanente. No digo conflictivismo estéril sino debate de ideas; no confundamos el caciquismo aldeano y la camorra intemperante con la confrontación intelectual. La gritería de la gallera no es necesariamente el vigor de la palabra.

Precisamente en este punto es preciso clarificar las reglas de juego con la mayor transparencia: una cosa es la discusión teórica consistente sobre una concepción de la cultura y otra muy distinta es manipular algún conflicto para llamar la atención. Poner por delante una visión de la cultura, es una cosa, pero maquinar trifulcas de funcionarios es otra bien diferente. Estamos hoy justamente en medio de esta confusión.

Es una pena perder el tiempo en querellas menores cuando está expresamente planteada una candente agenda de debate (tanto teórico, como de programas y proyectos) donde estamos todos convocados a intervenir. Es una distracción muy dispendiosa estar ocupándose del estado de ánimo de algún dirigente cultural cuando tenemos por delante —con urgencia— una agenda de retos y posibilidades como nunca antes se soñó en este país.

Las diferencias y los conflictos son consustanciales a la envergadura de los cambios que están en camino. No se trata de «evitar» estos conflictos sino de manejarlos apropiadamente; transparentando los métodos, abriendo cauce a todas las opiniones, habilitando espacios para la participación plural, ejerciendo con legitimidad la función directiva como liderazgo y no como mandato del poder. Ese es el mejor antídoto contra las triquiñuelas de aparato y el afán personalista de «figurar» a toda costa. Breve recordatorio: los liderazgos intelectuales no se compran en la esquina, tampoco se decretan, ni se alcanzan por obra de la astucia.


Rigoberto Lanz en La BitBlioteca
I Encuentro de Directores de Cultura del Ejecutivo Nacional
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