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Relaciones tormentosas, pero inevitables

Rigoberto Lanz

El Nacional, martes 22 de agosto de 2001
El debate cultural venezolano en La BitBlioteca

La relación entre cultura y política ha sido siempre complicada. Aquí y en todos lados. Tanto ayer como hoy. Si usted observa la relación directa entre el mundo político y el mundo cultural, es fácil detectar la existencia de dos modelos típicos de comportamiento: uno, cuyo ejemplo paradigmático es el engendro del «realismo socialista», se caracteriza por la instrumentalización ideológica de todo cuanto hace el Estado. Otro, cuyo paradigma es el credo neoliberal de los «bienes culturales» disponibles en el mercado, se caracteriza a su vez por la promoción de los «valores universales del arte».

No hace falta que un promotor cultural, un usuario cualquiera o un vocero oficial de la cultura, estén bien enterados de los intríngulis epistemológicos de esta o aquella postura. Por lo general termina imperando un cierto sentido común que está secretamente impuesto por la lógica del poder. Allí no hay escapatoria. Sea que los discursos culturales se argumenten con propiedad, sea que la cultura se anuncie en el coro de una legión de gafos, el asunto es siempre el mismo: qué entiende usted por cultura y qué hace el Estado para materializar en políticas culturales una determinada concepción de la cultura. La experiencia histórica muestra a las claras que las elites dominantes han funcionado siempre con el truco de hacer pasar por «universal» sus propios gustos y valores. Sea con las sutilezas de modelos reaccionarios inteligentemente gestionados, sea con la brutalidad de totalitarismos impuestos por la fuerza simple y llana, lo cultural ha sido siempre instrumentalizado por el discurso político de turno.

¿Cómo salvar esta fatalidad en procesos que intentan cambios de verdad, saltos cualitativos en las estructuras heredadas? La relación entre cultura y política seguirá siendo problemática. En Venezuela se acrecientan las tensiones en la medida en que una voluntad política de transformación empieza a tocar intereses largamente incubados, prácticas y creencias incrustadas en la mentalidad de miles de burócratas trasmutados repentinamente en «revolucionarios» por obra y gracia del oportunismo más abyecto.

El conservadurismo reinante en todos lados es un severo obstáculo que sólo se vence con una clara voluntad política de cambio. Repolitizar la cultura (en la visión de Hannah Arendt) no puede significar copamiento burocrático de cargos, ni rebatiña partidista por cuotas de poder. La calidad del liderazgo político del país está en proporción directa con la calidad del liderazgo cultural de la nación. De ambas calidades depende el modo como se relacionan ahora la política y la cultura. También depende de ello la profundidad que logre imprimírseles a las transformaciones en curso. De antemano nada está asegurado, salvo la evidencia de un inmenso estanque de aceite que englute todo lo que se mueve.

En esta compleja transición lo más importante es enviar una clara señal de voluntad política de cambio que irradie a todo el mundo de la cultura. Desde luego, una voluntad política no es solo una entusiasta declaración de prensa a favor de los cambios culturales, sino principalmente, una inequívoca disposición a garantizar políticas y programas con efectos inmediatos. Es decir, hacer corresponder sin ambigüedades la proclama de una «revolución cultural» con el sostén efectivo de su materialización.


Rigoberto Lanz en La BitBlioteca



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