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A Partir de Uno

Después de la marcha

Roberto Malaver
romal@facilnet.com

Caracas, viernes 11 de octubre de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Cynthia Boersner Brillenburg sacó la botellita de agua Perrier que llevaba en el koala, se quitó sus lentes de natación Goggles, sus zapatos Sketchees y la franela negra Tommy, y se lanzó a su cama Capuy, y dijo en voz alta:

—Uf, no marcho más al lado de Carlos Ortega.

Eran las nueve y treinta de la noche y Jimmy Mendoza Bartha, quien acompañó a Cynthia a la marcha, también estaba llegando a la Quinta Adverbia en su Mercedes cajita de fósforo, apretó el control y la puerta del garaje comenzó a abrirse lentamente, Jimmy vio la hora en su Rolex y estacionó lentamente. Bajó del auto, tomó su saco Hugo Boss y salió rumbo a su cuarto. Cuando entró tomó la revista GQ y se dispuso a leer un rato, mientras tanto se dijo:

—Tan bueno el principio y tan mal el final...

Más allá, la señora De la Jota Mendoza y Cáceres destapó la botella de champaña La viuda que había sacado de la nevera —bofff, salió el corcho volando por toda la casa— y la señora De la Jota, sonriendo mientras se llevaba la copa de cristal bacará a la boca, se dijo:

—¿Y todavía habrá gente que cree en Antonio Ledezma y Rafael Marín?

Por allí cerca, el chamo Jesús Malaver Salvatierra, salió de su máquina —un Audi último modelo— y pasó corriendo, y a medida que avanzaba hasta el fondo de la quinta Bethania, iba quitándose la ropa comprada en su tienda Pull And Bears, y una vez que estaba sólo en interiores Óscar de la Renta, se lanzó de cabeza a la piscina, cuando logró sacar la cabeza, viendo al cielo, se dijo:

—A Orlando Urdaneta le faltó Akela, para hacer una novela.

La señora Franca Cusati —de los Cusati de la alta sociedad civil de Marina de Camerota— llegó muy sofocada. Buscando aire, porque a su cuerpo de 150 kilos no se le puede exigir mucho, y fue directo a la cocina, buscó queso parmigiano y lo rayó, le puso aceite de oliva Sasso extravirgen y buscó un poco de pan francés, al primer mordisco dijo:

—¿Y ese Andrés Velázquez tendrá gente que lo siga?

Lourdes de Andrade Zuloaga se bajó de su lujoso BMW y entró a su casa rociándose el último sorbo que le quedaba a su botellita de Évian con atomizador, se quitó los lentes Armani, colocó sobre la mesita de mármol de la sala su baldana Adidas y se sentó en la silla de extensión importada desde Madrid el año pasado, pasándose su mano derecha por el cabello, dijo:

—A mí no me ven más en otra marcha.

En Oripoto, Rafael Marín llegó angustiado y sofocado a su quinta, se quitó la faja que se había confeccionado especialmente para asistir a la marcha, y su barriga se desbordó de contento al no sentir la presión, el hombre marchó directo al spa y allí, confundiéndose con el vapor, dijo:

—¡Qué falta me haces, Alfaro!

Don Carlos Zubillaga Machado tomó un vaso, fue hasta la nevera y se sirvió directamente el hielo, luego llegó hasta su bar particular, y tomó una botella de whisky Buchanans 18, la destapó y se sirvió un largo trago, y después, viendo fijamente el cuadro de Botero que tenía en la sala, dijo:

—Lo mejor fue la cadena de televisión, lo peor fue el final.

Roberto Malaver, mientras tanto, fuma la pipa de la paz que un día le regaló en un programa de radio, Carolina Espada, y solo espera que ahora, por favor y para siempre, le den un chance a la paz.


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