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1968 Letras, 28 de mayo al 3 de junio de 1998
En 1968 la vida fue buena, como diría Rodrigo Hernández. Mala también: Vietnam, asesinatos de Martin Luther King, de Robert Kennedy, para decir solo tres. Y sorprendentemente simple: había malos, tombos, Blue Meanies, cualquier gobierno, profesor, cura. Y buenos, hippies, negros, latinos, mujeres, todos los oprimidos. Quisimos cambiar la realidad, pero no la entendimos, ha declarado recientemente Daniel Cohn-Bendit, el líder más visible de aquellas horas parisinas. Siendo Francia país donde el verbo más conjugado es interdire prohibir) no extraña que la principal consigna de 1968 fuese precisamente una interdicción: «Prohibido prohibir». La cosa venía de cerca y de lejos. De cerca la Beat Generation de la década anterior, con su contingente más visible: los beatniks, gente de chancleta y pelo largo que sirvió de modelo a los hippies. Era rico burlarse de los profesores brutos. O poner una bomba en un edificio de investigación bélica y telefonear a los policías: Ok, pigs, there's a bomb at... (O.K, sapos, hay una bomba en...). Lo hacía la banda de los Weathermen, los más radicales de entonces en los Estados Unidos. Los Rolling Stones marchaban contra la guerra del Vietnam. John Lennon cantaba: A working class hero is something to be, vale la pena ser héroe de la clase obrera. Era lindo burlarse de Susanita, de Manolito y de Caldera, porque la era estaba pariendo un corazón aquí también. Total éramos el legítimo Tercer Mundo, no una adulteración californiana. Y venía también de lejos, de los jazzistas, Thoreau, Twain, Bierce, Lewis Carroll, surrealistas, dadaístas, románticos, y más atrás aún Villon, Quevedo, Blake, aunque mucha gente no los conociera. Las cosas se agriaron cuando comenzaron los atentados farisaicos. Finalmente no hay nada, por inocente que sea, contra lo que el hombre no atente. Protestaban todo. Una noche no dejaron cantar a Atahualpa Yupanqui en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela porque qué bolas, aquí disfrutando mientras en Vietnam se están matando y de paso no sé qué hacían ellos allí y no estaban en algún frente armado antiimperialista. Claro, Jean-Paul Sartre les había dado el pie: «Ante un niño que se muere La nausée [su novela ontológico-existencialista] no tiene ningún peso» (« En face d'un enfant qui meurt La Nausée ne fait pas le poids »). Creo que nadie le respondió que sería muy fácil acabar con el hambre simplemente absteniéndose de escribir novelas así. También era más fácil fastidiarle una actuación a Yupanqui en el Aula Magna que refregar en los pantanos vietnamitas. Pero para eso había que ser bien guerrillero vietnamita y bien poco niño de papá. El espíritu sesentoso se diluyó en gente que se fue vendiendo por cuentagotas o por carretadas por un plato de lentejas, por aumentos de cien bolívares, por el saludo de una niña burguesa, por la mera promesa de una sonrisa burguesa. Fue la generación gremlin: peluches al comienzo y monstruos después. Lo mejor que tienen muchos rebeldes es que salen baratísimos. Murió 1968, pero también se transfiguró en cosas inesperadas: ecología y movimiento vecinal, por ejemplo. Y en tecnologías insólitas. Dos nostálgicos de tiempos sesentosos que vivieron cuando eran niños, Steve Jobs y Steve Wozniak inventaron una computadora, Apple, para liberar la cibernética de los grandes aparatos bélico-industriales, era la computadora for the rest of us, para el resto de nosotros. Era creadora, divertida, hereje, que, como dice su lema actual, invita a «pensar diferente». Hoy Apple es un gran aparato, claro, pero al menos no ha perdido la frescura con que reinventan la tecnología paso a paso. Fue la que inició la infraestructura cultural que sirve de asiento para Internet. David Batstone en la revista Wired de marzo dice en su artículo Cyberbeats que Internet, con su escritura oblicua, automática y caótica, y su falta de jerarquías, es una de las desembocaduras de la Beat Generation de Jack Kerouac y Allen Ginsberg. Hasta verdad será. Ojalá dentro de treinta años conserve su verdor.
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