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¿Dónde está la parte caliente del agua tibia? Caracas, jueves 5 de diciembre de 2002 El debate sobre la cultura en Venezuela
Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha) Hubo una época en que la cultura era una sola. Presumo que cuando pintaron la cuevas de Altamira y Lascaux no había ni élite ni cultura popular. Las cosas se complicaron cuando se instalaron las clases sociales. Desde entonces la necesidad de distinguirse ocupa la mayor parte de la energía de demasiada gente. Y el terreno en donde se dirime la distinción, como la llamaba Pierre Bourdieu, es el simbólico. Claro, hay gente para quien eso es más importante que para otra. Como decía el cantante: «Hay gente blanca, hay gente negra y hay gente inteligente». Hay «élites», hay gente «popular» y hay gente inteligente. Luego se hizo el tesonero descubrimiento de que si «cultura es todo lo que el hombre hace», de donde se deduce que es una sola y que las diferencias no son más que parte de ella: el dispositivo que organiza las clases. Pero hay gente inteligente. Como la que en Venezuela desde hace tiempo viene interviniendo la música popular desde las academias, confundiéndose con ella, desde por lo menos Vicente Emilio Sojo, para no hablar de Pedro Elías Gutiérrez, el autor de la zarzuela Alma llanera. Uno escucha la música de Aldemaro Romero, Contrapunto, Juan Carlos Núñez, El Cuarteto, Gurrufío, Catako, Syntagma Ensemble, el Taller de los Juglares, la Camerata Criolla y se halla de frente con la inutilidad de responder dónde está lo popular y dónde lo culto. ¿Le importa a alguien? No hay una marca morfológica, clara y distintiva, en la llamada música académica, que la separe de la otra. Por eso Tzvetan Todorov se preguntaba si no será que la literatura no existe, porque no hallaba distinciones morfológicas que la diferenciaran del resto de los discursos. Hay, sí, dice Todorov, una distinción funcional y Roland Barthes decía que «literatura es lo que se enseña y punto». En el caso de la música hay que contentarse con que música «clásica» es la que está en los repertorios de las orquestas sinfónicas. Menos fútil y bien funcional era cuando había duelo nacional, y la radio transmitía, como se reía Aníbal Nazoa, los Carmina Burana de Orff y los Divertimenti de Mozart. Los que ponían los discos no sabían que había que clasificar esa música. El duelo era para la gente popular, que debía dejar de escuchar sus guarachas y bambucos. Entonces la llamó «música de muertos». Pero ahora tenemos una situación excelente con estos grupos que nombré y muchos otros que me apena omitir. Músicos egresados de las academias producen música popular y se enriquecen la academia y la música popular. Es cuando la música sirve para bailar todos juntos. Alejo Carpentier dijo que la música cubana llegó a donde llegó entre otras cosas porque fue invadida por músicos de formación académica. Esa formación es parte el patrimonio occidental de experiencia y técnica musicales. Confundirlas con la raíz popular, genial, sensual, es un coito fertilísimo que nos dice cuán tonta es esa discordia entre cultura de élite y cultura popular. Las confundía, entre muchos, Bach cuando compuso pasacalles sacados, bueno, de las calles y Antonio Soler cuando compuso su Fandango con aires que hoy reconocemos como venezolanos. Gente inteligente que hay.
El debate sobre la cultura en Venezuela |
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