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El amarillismo estético

Roberto Hernández Montoya

Revista Date jueves 25 de setiembre de 1997

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Con sus hijos Hannah y Herman en Coro, Venezuela

No me sorprendería que la infancia de Marilyn Manson fuese toda placidez y amor. No lo fue, pero aun así su ganga de fiereza me inspira suspicacia. Está bien, hay gente que necesita expresarse así y causas que lo justifican, pero, vamos, esto me luce como un remate de arrecheras mercadeables. Será que uno se pone melindroso de solo considerar la dificultad de darse a conocer en un mercado tan repleto, especialmente cuando no se tiene el talento de Kurt Cobain.

El tremendismo forma parte del género, desde los meneos entonces escandalosos de Elvis hasta las guedejas de los Beatles. Pero a medida que trascurren las décadas se van saturando las sensibilidades y, como los drogadictos, requieren dosis cada vez más groseras, hasta devenir mortales en el caso biológico y manieristas en el campo estético, hasta el punto de rematar el género. Así ocurrió con el barroco, que se abarató en rococó nuevorrico, y con el romanticismo, que se desbarató en adicción emocional.

Siempre me gustó como cantaba Alice Cooper, especialmente su obra maestra, I Love You More Than You'll Ever Know. Pero me pareció medio ridiculón vestirse de mujer y llamarse como una, sin ser, hasta donde sé ni me interesa, homosexual, y trinchar gallinas vivas, en un expresionista baño de sangre, compartido con el público. Después vinieron David Bowie, Boy George... Hasta que perdí la cuenta de tanta mercancía cada vez más amarillista. Como ya las viejitas no se escandalizan como las de antes, recurren a una sobreoferta in crescendo de heridas sangrantes y autoinfligidas, ingestión colectiva de mugres, etc., a ver si en una de esas la pegan y logran impresionar a algún bobo.

Nada nuevo. Los flagelantes y penitentes medievales desplegaban igualmente sangre, sudor y lágrimas en un ofertazo de torturas autoinfligidas, sin contar a la gente que quemaban viva ante multitudes rugientes. Todavía hay quien camina kilómetros de rodillas y se empaqueta en alambre de púas alegando cualquier pretexto de aire místico, o como los que invoca Marilyn Manson. No hablemos de los espectáculos de las torturas chinas. Esos exhibicionismos patéticos tal vez están en la naturaleza de la especie.

Deben ser arbitrariedades mías, pero hay unos a quienes creo —Joplin, Hendrix...— y otros a quienes no. Manson es uno de estos, independientemente de su talento, que aunque módico es perceptible —si uno no tiene más nada que hacer, vale la pena oír The Beautiful People y Sweet Dreams de Manson. En el mismo talante, profeso una admiración acrítica a los Rolling Stones, aunque no les creo sus satanismos para asustar monjitas (de las de antes y de las bobas). Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, decía el filósofo rioplatense Luis Sandrini.

¿Cuáles serán los próximos pasos en esta escalada de miserias y horrores calculables? Será que uno de estos roqueros en apuros de creatividad, en una hybris mal medida, como toda hybris, cogerá una ametralladora, por ejemplo, y barrerá a la primera fila de espectadores o los que se instalan en «la olla». Más ácido que el asesinato ocurrido en la olla del Festival de Altamont delante de los Stones. Algo parecido propusieron los surrealistas cuando ya no hallaban más que inventar. Cito de memoria: «El acto surrealista más puro es hacer un disparo al azar contra una multitud». Como los policías venezolanos. Aunque, no sé, sería más auténtico y honrado.


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