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Arrabal amargo

Roberto Hernández Montoya

Domingo, 16 de noviembre de 2003

Letras Online

Letras, jueves 6 de enero de 2000
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compay_segundo
Máximo Francisco Repilado «Compay Segundo»

    Si no fuera por el son, hubiera en el mundo una tristeza bárbara.
    Cuando yo muera, me convertiré en una mariposa

Compay Segundo

Buena_Vista_Social_Club
Buena Vista Social Club, World Circuit/Nonesuch 79478-2
Hasta ayer la música popular nacía en el barrio. Desde el pasacalle (que Bach llamaba en italiano: passacaglia), la chacona, la polka, el tango, la rumba, el jazz, la samba, el rock, la salsa, todo cantar nacía en antros casi siempre de influencia africana.

Así, el tango se bailaba en los almacenes, a donde las damas no acudían y por eso era música macha que se bailaba entre hombres solos. A las primeras mujeres que lo bailaron no preocupaba la honra, ora porque no la tenían, ora porque esa honra no les daba para comer. La rumba nació sin apoyo municipal ni auspicio académico. Eran músicas a contrapelo del «buen tono» solo apreciable para la gente inteligente. Las del Lumpenproletariat, el ‘proletariado en harapos’: malandros, hampones, prostitutas, gente en quien ni Marx ni Engels ni Lenin confiaban. Quienes sí confiaban eran las caderas, los hombros, la sangre que hervía al oír a Louis Armstrong, a Agustín Magaldi, a Ignacio Piñeiro, a Jacob do Bandolim, al Inquieto Anacobero, a Elvis Presley, a Jimi Hendrix.

Gente que se la jugaba. No podían con el mal negocio de seguir la corriente. Cuando John Lennon tuvo un desacuerdo con su productor George Martin cuando los Beatles no eran nadie, Martin, exasperado, preguntó a Lennon:

—¿Usted pretende decirme cómo conducir mi negocio?

Lennon, sin pestañear, se la jugó con esta respuesta:

—No, yo pretendo decirle cómo conducir mi negocio.

Eso los hizo amigos y a poco Martin fue llamado con toda razón el Quinto Beatle, porque contribuyó de modo decisivo con obras maestras de todos los tiempos como el disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts’ Club Band, la Capilla Sixtina de la industria disquera.

Los músicos malos son como los pintores malos: no corren riesgos y por eso pintan un araguaney en flor. Claro, el que no admire un araguaney en flor es porque está sufriendo una bancarrota síquica probablemente grave. Por eso el araguaney gusta, pero es mediocrísimo. Dicen que a nadie lo han echado del trabajo por comprar IBM. Cierto, pero seguramente tampoco a nadie lo han ascendido por eso. Coca-Cola nunca te deja mal. Contratas a Billo y la cosa seguro sale bien, pero nada del otro mundo. Contratas a Eddie Palmieri y te la juegas: o es la rumba del año o no funciona porque quién sabe con qué salga Palmieri que la gente no entienda.

La música popular ya no se cría en el barrio. Esta es la edad de oro de la industria disquera en tanto que lucrativa: produce en serie y sin riesgos. Fast food sonoro sin amor propio. No tiene que cazar talentos. Pone un aviso de prensa, como con las Spice Girls. Se solicitan cuerpos agraciados que aprendan a bailar, a cantar ahí ahí, que vayan a un gimnasio, que un cirujano les limpie los altibajos, tal vez el mismo quirurgo de las chicas del Concurso Miss Venezuela. Un chiquilicuatro con hambre compone unas cancioncitas cobardes, con letras sin ambición —«con esa minifalda tú te ves bien buena», «las mujeres quieren chorizo», «desde que mis ojos te vieron/mi corazón sonó como un trueno» y así, que van amansando y amasijando espíritus. Todavía sobreviven músicas arriesgadas, sí, Luis Vives, Sonic Youth, Korn, Buena Vista Social Club, pero han quedado para una minoría amotinada. Las masas ya no son aristocráticas como las que aplaudían a Bola de Nieve y a Janis Joplin, arrabal adentro.


Revista Imagen, La culpa es del bolero

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