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Sección: Bitblioteca
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Barranco Suites Domingo 26 de febrero de 1995
Entre nuestros lugares más comunes está el de la viveza del venezolano. Por eso os propongo, oh compatriotas, examinar el asunto con cierto miramiento, a ver qué sale. Fíjense, por ejemplo, qué fácil es coger un edificio, incluso viejo, darle unos toques posmodernos, mucho morado, mucho arco, mucho ornamento curvilíneo y retro, y el más importante: añadir la palabra «Plaza» al nombre. Y con eso lo venden diez veces más caro. Mínimo. «Peladero Plaza», pongamos. O «Caucagüita Members», «Chiribital Resorts», «Doral Palo Abajo», «Quesoemano 521». Son nombres que visten tanto y la gente desembolsa su cheque inflado sin chistar. Los que tienen, que se supone que son los más vivos. Cierto halo romanticón abriga a locales como La Cueva del Guanche, el Rincón del Pirata, la Fonda del Gitano, el Mesón del Bohemio, poesía enclenque y fantasiosa que nos permite suplir la autenticidad. En otras partes hay restaurantes legendarios, el Procope, donde comió Voltaire; la Bodeguita del Medio, donde se emborrachaba Hemingway; el Pré Catelan o el Bistrot de la Gare, que fueron de verdad de la Belle Époque. Aquí no. Tenemos mesones del botijo, traineras y estancias rioplatenses. Cierto, en Caracas también los hubo. Mi Vaca y Yo, El Pez que Fuma, Le Garage. Pero Carlos Andrés Pérez nos convenció de que había que hacer todo de embuste y de maldad y fuimos tan ingenuos que se lo seguimos creyendo imaginándonos vivísimos porque seguimos y emulamos a un pícaro. No hubo ya gesto noble, delicado o humilde que no fuera percibido con la sorna de la puta vieja ante la niña ingenua. Y como buenos tontos volvimos el país esta inmensa corte de los milagros en que nos matamos por un par de zapatos horribles de esos de basquebolista y los sobrevivientes leemos los partes de guerra diarios: lo mataron de una cuchillada en el estómago por reclamar cien bolívares en una cuenta de bar; una niña liquidó a dos de sendos tiros quirúrgicos porque quería un gato de angora gratis; tu vecino te desvalija la casa; todo lo queremos comprar en los Almacenes Hurtado y luego nos quejamos de que nos roben; un amigo de la infancia te vende por un aumento de quinientos bolívares. Por eso, porque ahora preferimos ser bergantes, insinúo a nuestros emprendedores comerciantes nombres de reverberaciones románticas como el Mesón del Malandro, el Café del Traidor, la Fonda del Tránsfuga, el Hostal del Vendepatria, el Cubil del Sicario, el Ventorrillo del Paquetero, el Ligadero de la Tártara, la Esquina del Cobrapeaje, el Burladero del Narco, el Matadero del Corrupto, el Paradero del Oportunista, el Figón del Proxeneta, la Taberna del Delator, la Tasca del Belitre, el Tugurio del Marrullero, el Bodegón del Bellaco, el Merendero del Forajido, la Taguara del Facineroso, el Refectorio de la Furcia. Seguro que se llenan. Pero los venezolanos no somos los más sandios. Felipillo ha engrupido a los españoles por años; un mafioso pancista como Richard Nixon fue elegido y reelegido; un borrachín oportunista como Joseph McCarthy puso de rodillas a los Estados Unidos; un maricón de carroza como J. Edgar Hoover fue el custodio de la santurronería norteamericana durante décadas, chantajeando conductas sexuales alternativas desde el FBI. Y no examinemos las religiones zafias adoradas por cientos de millones porque no estoy escribiendo una enciclopedia. En fin, los venezolanos no somos los únicos ni los más tontos del planeta. Pero tampoco los más vivos.
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