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Los Beatles o la felicidad

Roberto Hernández Montoya
roberto@analitica.com

Domingo 9 de diciembre de 2001
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Con su hijo Herman, diciembre de 2001

Hay oficios que dan felicidad, pero unos la dan de inmediato y otros indirectamente. Un médico, un administrador o un plomero no te dan felicidad de modo directo, sino que crean las condiciones para que ella sea posible o previenen las que podrían sabotearla. Pero hay oficios que la causan de inmediato. Ese era el oficio de George Harrison. Quedan dos de los cuatro de Liverpool. Perdonen la tristeza.

Porque los Beatles desbordaron ese cometido por la felicidad al exceder con mucho sus deberes musicales. Gracias a ellos el acceso a la felicidad es concebible como viable y no como disparate o quimera. Los que son jóvenes hoy respetan a los Beatles aun más que los que fuimos jóvenes durante su auge. Y ello es porque de algún modo saben o intuyen que antes de ellos el mundo era un horror de imbecilidad pública. La inteligencia era un escándalo. Gracias a ellos la inteligencia se convirtió en un bien público que por momentos llegó a ser la norma y hasta muchos se sintieron en el deber de serlo hasta el punto de exponerse al ridículo.

Recuerdo el recuento de una chica que en los bajos años sesenta iba con su madre al supermercado. Vida cotidiana de suburbio gringo conformista de la época. Y en eso sonaron los Beatles por la radio y la chica fue otra desde ese minuto. Comió flores, descuidó su virginidad, pensó con su propio cerebro y no contó con lo que los sesos oficiales preveían para ella. Una canción disparó todo eso. Una canción bastaba para romper aquel orden que resultó frágil después que lo creímos invulnerable.

Los músicos, los actores, los saltimbanquis, los malabaristas dan felicidad apenas accionan. Pero hay músicos que siguen dándola después de muertos. Algunos, como Gardel, cada día cantan mejor. Y en el caso de los Beatles no solo porque cada día aprendemos a oírlos mejor, sino porque marcaron pautas productivas, generativas, creativas, bellas. Por eso digo que los Beatles fueron bonitos. Pero que también fueron un milagro, porque no solo proclamaron la libertad creadora sino que la ejercieron y en medio de aquel jolgorio de sexo, drogas y rock-and-roll encontraron tiempo para revolcar la música popular para siempre; derribaron muros, hicieron camino al andar y derribaron las barreras que luego franquearon todos los grupos musicales de entonces para hacer la que tal vez sea la mejor música popular de todos los tiempos. Y no solo la música, ya lo decía, sino los modos de vestir, hablar, vivir, amar, caminar, morir. Harrison ejerció su última humorada cuando hace semanas, sabiéndose y sintiéndose acelerado hacia la muerte (me consta que eso se siente), sacó su última pieza en un sello llamado RIP. Porque vivió su muerte como algo natural que no debe causar alarma porque forma parte de la vida. Nos enseñó a mejor morir después de habernos enseñado a mejor vivir.

Por eso estamos muriendo un poco con él después de haber vivido mucho con él, while our guitar gently weeps, ‘mientras nuestra guitarra tenuemente llora’.


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