Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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¿Seré CAP o no seré?

El Nacional, domingo 5 de noviembre de 1995 en la página A/5

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Don Quijote enloqueció porque creyó ciertos unos libros falsos. Y cuando leemos El Quijote tenemos que creerlo cierto también. Es un «libro de libros», una ficción en la ficción, que se vuelve realidad metiéndonos en la ficción. O metiendo la ficción en nosotros. Lo mismo da.

«En Internet nadie sabe que eres un perro».

Así pasa en Internet: lo único que sabemos unos de otros son palabras escritas. Ello se agrava con los impostores que toman nuestro nombre para divertirse o meternos en líos: hackers conocedores de detalles de las computadoras, que les permiten firmar mensajes con nombre ajeno. No sabemos entonces con quién hablamos y si nuestra palabra es confiable. Las palabras tienen entonces un sentido mágico que crea burbujas de universo en el seno del universo, no menos ciertas que ese universo.

El Quijote es, de todos los libros que lo han intentado, el que mejor ha logrado la irrupción en la realidad que soñó Jorge Luis Borges. Hacia el final, el Ingenioso Hidalgo y Sancho se topan con Álvaro Tarfe, un personaje de una versión apócrifa de la segunda parte, escrita bajo el seudónimo Alonso Fernández de Avellaneda, publicada aprovechando el éxito de la primera y la tardanza de Cervantes en escribir la segunda. Este apócrifo, cuyo verdadero autor aún se ignora, es malísimo y Cervantes se refocila en burlarse del tal Avellaneda, que sospecho Cervantes sí sabía quién era, o, en todo caso, vuelta al enredo, hace como si lo conociera. Tarfe reconoce a Don Quijote y este le hace firmar un documento notariado en que Tarfe declara que el verdadero Don Quijote y Sancho son los que acaba de conocer en el libro de Cervantes... Resumo: un personaje apócrifo de una segunda parte apócrifa, que ha leído la primera parte genuina, se vuelve personaje genuino de la segunda parte genuina, porque reconoce en esta que el Quijote y el Sancho que conoció en la apócrifa son falsos, y que los verdaderos son estos de la legítima. No sé si me explico. Con razón Don Quijote enloqueció.

Algo así pasó en estos días en Atarraya, la red venezolana en Internet. Un grupo de personas promovimos entrevistar a Carlos Andrés Pérez, ahora que está en el «ciberespacio». Pero apenas había comenzado un breve intercambio de mensajes que parecían del ex presidente, llegó éste:

¿Seré CAP o no seré? ¿Seré corrupto o no seré? ¿Seré reo o no seré? ¿Seré presidente otra vez o no seré?
Espejito, espejito, ¿quién es el más corruptico?
CARLOS ANDRÉS PÉREZ

Se desató entonces un intercambio con un impostor que remedaba el estilo del personaje:

Considero dignos de mi más alta estima a los consecuentes compatriotas que están organizando el grupo «Gloria al Bravo Pueblo». Siempre he tenido mucha fe en el futuro de Venezuela y en la voluntad de sus ciudadanos, principalmente los jóvenes y empresas como éstas no pueden sino tener el aprecio del colectivo, y, huelga decirlo, mi apoyo en particular.

Este mensaje termina con una intempestiva invitación a lavarse el trasero que desmiente el estilo cuidadosamente simulado. Así llegaron varios mensajes.

Gracias a un talentoso echador, cuya identidad ignoramos, la incursión de CAP en Atarraya resultó mejor de lo que planeamos: una confrontación recia en que se dijeran unas cuantas verdades. La mentira burlona declaró mejor que la verdad la naturaleza auténtica de quien siempre se burló de todos nosotros.


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