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Roberto Hernández Montoya

Caracas, domingo 30 de noviembre de 2003
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RobertoHannahHerman
Con sus hijos Hannah y Herman, 2002.
Caracas, ahí está...

El debate cultural en Venezuela

El sábado 22 se inauguró algo que Venezuela debe detenerse a mirar: la gran retrospectiva de Artes Plásticas del Siglo XX. Venezuela anda tan distraída con sus minuciosas urgencias que estas magnitudes suelen pasar desapercibidas, cuando debieran ser comidilla de plazas y corrillos.

Ahí está, hasta ahora en 73 museos nacionales, la obra de miles de artistas venezolanos que forjaron imágenes durante un siglo. Todas las tendencias estéticas, todas las convicciones cívicas, con una avenencia tan ilimitada como lo que se propusieron mirar esos artistas.

Un pintor, como el poeta, nos enseña a captar reflejos que nuestros ojos cotidianos pasan sin detención, sin atención, sin tensión, sin tesón. Miramos la cerradura para la llave, el semáforo para el andar, el bolígrafo para la planilla, el cepillo para el cabello. Es mirada útil, que no es poca cosa porque, aunque decide trivialidades, también zanja entre vida y muerte minuto a minuto, aunque no nos alarmemos por eludir el auto de la calle o la raya amarilla del Metro.

Pero la labor primordial del artista es ir más allá de esa constatación acostumbrada. Es una demostración de las imágenes que no sabemos ver, así como la del músico es descubrirnos armonías, ritmos y melodías que no habíamos digerido jamás o hacernos sentir cuán contemporáneo es Mozart. El gran pintor nos enseña, nos orienta, nos educa, nos guía en la trascendencia de la mirada trivial, útil, manida, así como el que danza nos esclarece nuevos movimientos del cuerpo que creíamos conocido.

La estética nos hace preguntarnos cómo están hechas las cosas, dice Eco. Dicen también que no sirve para nada, como Kant, quien sostenía que lo bello es una finalidad sin fin o lo que place universalmente sin interés ni concepto. O como decía Hegel: el sereno reino de las apariencias amistosas. No siempre son amistosas, por cierto, aunque en época hegeliana lo fuesen. Pero la estética sí sirve y es utilísima. Sirve nada menos que para enriquecer nuestro intercambio con el mundo. Cuando nos apropiamos del universo a través de la percepción estética es porque consentimos que el universo se apropie de nosotros.

Esta exposición nos cuenta cómo Venezuela se apropió del mundo y cómo el mundo se apropió de Venezuela. Cómo los venezolanos, y algunos de esos que vinieron a querernos, dialogamos con el mundo durante cien años que no fueron de soledad.

Por eso me alarma tanto que el país no se haya detenido un buen rato a contemplar nuestra contemplación, así como hace dos años dejamos pasar un disco genial, que ha debido detenerlo todo por un tiempo extenso: Alzheimer, de Paul Desenne, Alonso Toro y Pedro Vásquez (ver Zayira Arenas, «Alzheimer: música mal recordada», El Nacional, domingo 24 de junio de 2001). La «canción», ¿se podrá llamar así?, «Isiminaimanín» es de los sonidos más luminosos que estos oídos hayan examinado una y mil veces para constatar que es como el río de Heráclito o como Gardel, ese que cada día canta mejor.

Hay cosas tan importantes que seguirán recordándose durante más de cien años.


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