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¿Por qué tú eres así?

Roberto Hernández Montoya

Letras Online

Letras, 10 de febrero de 2000

roberto_hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Océanos de tinta han lloviznado tratando de explicarte. Inútilmente. Ni tú mismo sabes bien lo que te pasa. Desde muy niño en lugar de espadas y revólveres preferías vestidos y collares. Eras desconcertante aun para ti mismo. Parte de tu condición era el desprecio y desprestigio en que se te tenía porque juntabas las piernas y estilizabas habla y gestos. Nadie supo, tú tampoco, cuándo comenzó, porque siempre estuvo allí ese dispositivo simbólico que te conecta de modo distinto con lo se espera de ti. No sabes tampoco quién inventó que te tienen que gustar espadas y revólveres, tan aburridos, si hay ligueros y tacones. O puede ser de otro modo. No quieres ser mujer, solo te atraen otros hombres. O puede que te atraigan varones y hembras por igual, sin amaneramientos, sin gestos ambiguos. Solo tú sabes lo que eres porque nada se te nota.

Por eso pienso que tu caso no es ni genético ni patológico ni cultural sino que está más abajo, en una infratextura generativa que dispone de ti por debajo de tu voluntad. Lo malo es la incomprensión, ¿verdad?, porque no haces daño a nadie y sin embargo te odian y te execran más que a los asesinos. Das asco al mundo. La hipocondría machista de no ser marica ha conducido al fascismo y a un malestar permanente y brutal del varón que teme ser como tú, la peor catástrofe imaginable para él.

Lamentas haber nacido en la cultura judeocristiana, que no admite la diversidad, sino la uniformidad, en que gente como tú solo calza en la peluquería, el teatro, el ballet, la confección, el diseño. Allí te arrinconas tal vez porque solo allí te respetan como eres. Y en un lugar inesperado: el derredor del ring de boxeo. Como la superstición machista ha decretado que las mujeres dan mala suerte, se te admite allí para que asumas las labores serviles que ese mismo machismo impone a la mujer: vestir, desvestir, dar agua, asistir, hacer que todo fluya. Como no eres mujer, puedes entrar allí. Y como remedas lo que se atribuye a la mujer, debes entrar allí. Miserias del machismo que, como todo extremismo, termina mordiéndose la cola. No eres imposible en otros lugares, pero corres riesgos, si se dan cuenta puedes tener problemas.

Detrás de ti queda un surco de sufrimiento, especial y muy probablemente el de tu padre herido que te sintió siempre como una vergüenza. Mientras todos te execraban, te ibas sintiendo solo, hasta que un día hallaste a ese otro amiguito que tenía tu misma sensibilidad y que te condujo a otros y a todos. Eran los entendidos. Al fin encontrabas quien te comprendiera y no te dijera marica con odio, sino con complicidad. Allí podías expresarte cual sentías, sin disfraces, sin agotarte usando el dialecto chabacano y reseco que usan los machos para no ser maricones.

Macho. m. Dícese de quien teme ser maricón.

En ese medio encontraste amores, rivalidades y odios intensos, pero todo quedaba en un flujo que te pertenecía, donde se adoraba a Marilyn Monroe como diosa tutelar, no deseada como la desearía un macho, para triturarla y tirarla como bagazo, sino como mística, porque es tan inalcanzable como irrenunciable. Marilyn jamás imaginó que sería la Victoria de Samotracia de los «entendidos».

Eres mucho más complejo de lo que se suele decir: que eres una perversión. O un error de gramática, esa otra mancha que se execra con la misma vehemencia. Como los errores de gramática, no eres un error sino un sistema alternativo, pero eso es muy largo de explicar aquí. Algo intento en «Todo lo contrario», que está en mi Morfología del deseo. Y «Las prendas de Rolito», de Carolina Espada. Te invito a leerlos y a que hablemos luego por roberto@analitica.com.


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