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Estanislao, el que nunca ha fracasao

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 19 de enero de 1997, p. A-5

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Vivimos en un país perfecto. Fenómeno sin precedentes en la historia humana. En todas partes hay poetas ramplones, zapateros chambones, matasanos, rábulas, pintamonas, cagatintas, tinterillos, chiquilicuatros y bolsas sin afiliación.

En Venezuela no. Nunca hubo un ingeniero responsable de los edificios caídos durante el terremoto de 1967, ni de la tragedia de Tacoa o del oleoducto incendiado en Tejerías. El Teleférico no se puede reparar por culpa de nadie. Como nadie tampoco debió dar la cara por El Helicoide. Ninguno se robó el seguro de paro forzoso y el descuento por la fantasmática Ley de Crédito Habitacional ocurre sin que se sepa por qué ni cuándo ni cómo, ni para dónde va, ni quién lleva la cuenta. Por cierto, ¿alguien puede explicarme qué es un juez venal?

Es el único país sin corruptos. La Ley de Salvaguarda no ha sido necesaria, pues apenas si ha cazado a alguien entre primera y segunda. Propongo su abrogación, pues más bien entorpece los negocios limpios. Jamás un funcionario de la DEX ha cobrado nada indebido. Empresario alguno ha dejado de pagar un crédito blando de esos del gobierno. Todos pagan sus impuestos escrupulosamente. Jamás un producto ha sido defectuoso ni ningún banco ha hecho la vida imposible a su clientela, ni ningún banquero se ha alzado con los ahorros. Está bien, hubo un presidente, cuyo nombre no recuerdo, sentenciado por trajinarse 250 millones. Y también hubo un golpista que dijo que se hacía responsable de su acción. El único equivocado de nuestra historia. Por cierto que ese golpista quería derrocar al presidente ese que mire que hago y hago memoria y no me acuerdo cómo es que se llama el elemento. Pero serán los únicos. Propongo un grupo escultórico con ellos y con el presidente aquel del Banco de los Trabajadores condenado por corrupto.

Jamás un médico ha prescrito mal una píldora para un juanete, por ejemplo. Es que también son infalibles. La culpa la tienen los pacientes que viven enfermándose. Imposible acusar a los médicos de nada porque su espíritu de cuerpo es más fuerte que el de los motorizados. Solidaridad automática. Es tan solemne ese sentimiento que cuando afectan sus intereses gritan algo peor que lo que en el artículo del domingo pasado imaginé que vocearían («¡Al carajo los enfermos!»). Pero el humorismo se queda corto en este país de perfectos. Los médicos fueron más explícitos, su lenguaje más delgado, directo, concreto, blanco y negro y pan con queso: «¡Que se mueran!», resonó en sus fornidos pechos de luchadores. La historia mundial de la medicina acaba de abrir un nuevo capítulo dedicado a esta innovación del juramento de Hipócrates. «El mundo me debe lo que necesito», decía Richard Wagner. Modesto el muchacho. Pero al menos nos dejó Parsifal. Es tan intangible el derecho que asiste a los doctores ante la humanidad, que esta merece la muerte si es el caso de conseguir unas munas más de sueldo. Su infalibilidad es solo comparable con la de los que administran esas tacitas de plata que son los hospitales cuyo ambiente paradisíaco inspiró esta ocurrente huelga.

Todos somos cual el viejo cómico aquel que llamaban «Estanislao, el que nunca ha fracasao». Qué privilegio vivir en un país así.


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