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El derecho a la información falaz (II)

Roberto Hernández Montoya

Domingo 3 de octubre de 1999
Roberto
El autor, con gorra roja, firmando uno del millón de ejemplares de Don Quijote que el Ministerio de Cultura comenzó a distribuir gratuitamente el domingo 23 de abril de 2005. En la Plaza Bolívar de Caracas,
Caracas, Venezuela (foto de Clara Díaz de San Martín).

El 16 de noviembre de 1997 escribí bajo este mismo título, para oponerme a la treta del Opus Dei para controlar la información. Ahora ante esta ofensiva ñangarosa de lo mismo, regreso para informarte que ya no me importa.

La esencia de la «información veraz» es qué aparato controla la información. Desde que aparecieron los grandes medios de comunicación los estados han tratado de controlar las noticias. Siempre hay alguien que piensa que sabe qué «conviene» publicar, cuándo y cómo. Ese manejo totalitario de los medios hizo posible fascismo y stalinismo. Stalin sostenía que Tito, su aliado dirigente yugoslavo, era santo y de repente sostenía que Tito era demonio y en ambos casos había que aceptarlo como veraz. El único que sabe la verdad eres tú, aquí y ahora, porque más allá y en minutos cambias de parecer. El asunto es cuántos cañones tienes para imponer tu verdad. Mejor si tienes bombas atómicas.

Los chicos que ahora proponen la información veraz protestan que no son totalitarios, pero no entiendo su explicación de cómo implantar lo que proponen sin un aparato autoritario de estado que decida cuándo Tito es beato y cuándo satánico. Si no es así, entonces ¿para qué proponen esto? Van a fracasar. Todo el mundo les dijo que iban a fracasar, pero están demasiado atrasados. No saben nada y por eso dejan pasar cosas más importantes como el libre acceso al espectro electromagnético y a Internet. No, chicos, no estoy proponiendo un manejo neoliberal rataplán y cataplún chinchín de la información, porque la discusión se desliza rápidamente hacia una impasse: o la controla CNN o la controla PPT, sin término medio viable.

Pero tal vez valdría la pena discutirlo si no existiera Internet.

Con este nuevo medio la información pasa por un proceso radicalmente diferente. Ya no estamos ante la máquina molar (el concepto es de Pierre Lévy), que precisamente muele la información en grandes trozos y la somete al lecho de Procusto de los grandes intereses inconfesables del burgués implacable y cruel, siempre cruel, o del Fidel que vibra en la montaña. Se trata ahora de un proceso molecular (el concepto es también de Lévy), no enterizo sino sutil. Ejemplo:

Cuando la masacre de Waco el FBI «tuvo» que reprimir a unos fanáticos —porque eran fanáticos, pues. Para ello el FBI muy razonablemente procedió a achicharrar a niños, mujeres, hombres y ancianos. Eso más o menos sentenciaron los aparatos informativos. En esos días, sin embargo, vivía un venezolano frente a Waco y contó para la lista venezolana Atarraya, por Internet, una versión bastante diferente.

La frontera entre informante e informado, pues, se desdibuja y ya no es el periodista omnisciente que graciosamente informa al lector ignaro, sino que todo el mundo puede ser emisor, revisor y contestatario.

Aún no estamos allí. Los grandes aparatos siguen moliendo información del modo tradicional sin dar derecho a intervenir. Pero el proceso marcha aceleradamente y poco a poco los que transmitimos información por Internet estamos habilitando al lector para que deje de ser lector y compita con nosotros en la emisión de la información y que cada quien decida por su cuenta si Tito es bendito o maldito o si eso importa.


También:
Tulio Hernández,
Falsa información veraz

De RHM:
El derecho a la información falaz (I)

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