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Gran antología de la salsa La felicidad sí existe Domingo 9 de febrero de 1986 Toda antología es arbitraria, pero no necesariamente autoritaria, aunque así resulte la mayoría de las veces. Esta que propongo hoy es de las amables: una reunión de amigos se produce en la noche del 30 al 31 de diciembre de 1985: Susana Gámez Seoane, Carlos Jórgez, Pedro López, Ibsen Martínez, Nemesio Martínez, Marco Antonio Pérez Zurita (a) Pecos, Fermín Valladares y el que suscribe. Allí se toma una grave decisión: escoger la mejor salsa que quepa en un casete de 60 minutos. Ella genera una profunda discusión: primero los principios de selección, segundo las reglas parlamentarias, y tercero el juicio de gusto provisoriamente kantiano, por cierto.
También se decidió excluir un género, el bolero, pues igualmente merece antología específica, como también el tango, el rock y el jazz. Estas antologías, en las que uno imagina cuáles piezas se llevaría para la Isla Desierta, serán realizadas en las próximas semanas. Las reglas
Estas reglas, claro está, se acordaron previamente en medio de la sobriedad pasajera del momento de llegada a la sala de sesiones. Una vez promulgadas, estas reglas garantizaron la fluidez de la deliberación; hubo escasos brotes de rebeldía, rápidamente sofocados mediante la persuasión y sin necesidad de intervención de la fuerza pública. La antologíaDos hechos nos sorprendieron a todos: 1) la unanimidad en torno a las piezas seleccionadas y 2) que en la deliberación no faltara ninguna pieza por considerar; no fue, pues, necesario aplicar la primera regla. Así las cosas, quedó la siguiente antología. El orden, responsabilidad mía, no implica jerarquía de calidad sino de pertinencia subjetiva y ha sido aprobado, a posteriori, por el resto de los participantes.
Se quedaron fuera por razones es espacio: Richies jala jala de Richie Ray y Bobby Cruz (la grabación era, además, una copia muy mala) y Cúcala, con Celia Cruz e Ismael Rivera (Fania LP 99.039). Algunos amigos desconfían de que no quise ponerla en el asentamiento definitivo, realizado posteriormente. Que para hacerlo hubiera requerido, por su longitud, sacrificar dos de las definitivamente seleccionadas, no quiere decir, necesariamente, que yo piense que, por razones formales, es inferior a cualquiera de ellas. Fueron consideradas y no escogidas muchas con lágrimas en los ojos y minutos de silencio, contrición de corazón y propósito de enmienda: Virao, Usted abusó; El bajío; Gracia Divina; Sonido bestial; varias piezas del El baquiné de angelitos negros de Willie Colón; Calle Luna, calle Sol; Ausencia; Te conozco, bacalao; El Watusi; Ritmo, tambó y flores; Hipocresía y falsedad; Vive y vacila; Mama Güela; Se me olvidó que te olvidé; Pa Colombia; El Nazareno; Catalina la O; La ambulancia; Pan sobao; La hija de Lola; Aquí estoy yo; Fango; Homenaje a Chano Pozo; Campanero; Prepara; Wampó; La cartera; Amalia Batista (Típica 73); Tú no lo creas (Canelita Medina); Busca lo tuyo; Corta el bonche y Muñeca. Epílogo justificadorPosteriormente nos enteramos de que un grupo de amigas veinteañeras de Elba Escobar estaba tomando clases de salsa con ella a fin de entrar en circulación entre una serie de «treintones interesantísimos» (sic) que les están vedados porque no se sienten competentes en este campo cultural, que es, dicho sea de paso, el más grande de todos. Se reúnen disciplinadamente varias veces al mes y, luego de una rutina de calentamiento, oyen y bailan salsa. Honorarios de Elba: una botella de ron («¡eso merece un palo!», dice alguien al comienzo de Estoy buscando a Kako, la pieza que abre la antología). A ellas va, pues, dedicada esta antología, establecida por treintones que conforman precisamente el target group (el «grupo meta») de sus quehaceres. Homenaje con homenaje se paga. Después de todo, esta antología y esa experiencia son sendas demostraciones de que la felicidad sí existe. Epílogo de felicidad y luto (sábado 16 de agosto de 2003)A poco de publicado este artículo en febrero de 1986, se presentó Celia Cruz en el Hotel Tamanaco. Susana Gámez llevaba mi artículo en su cartera y se lo entregó para un autógrafo. Celia, no sabremos nunca si lo percibió, refrendó lo que allí decía: «La felicidad sí existe». Mayor autoridad en felicidad no conozco. Lo tengo montado en un marco, claro, para que la gente pregunte y uno conteste.
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