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¿Es posible una cultura global? Conferencia dictada en el foro «La cultura frente a los retos de la globalización», el martes 20 de octubre de 1998, organizado por la Secretaría y la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, en la Sala E de la Biblioteca Central.
La humanidad comenzó su diversificación cultural en la diáspora primigenia, cuando los primeros homini sapientes se dispersaron por el mundo desde la cuna africana de la humanidad. Esa primera desbandada originó dos fenómenos, uno deseable, otro detestable. Deseable es que cada comunidad desarrolle su propia experiencia de la vida, su exploración del mundo, su visión, su saber, su equivocación, su manera de quejarse de los mismos dolores. Indeseable es desarrollar chauvinismo de grupo, clan, horda, tribu, nación, continente, color, nariz, creencia, equipo deportivo, que es origen de discriminaciones, racismo, etnocentrismo, patrioterismo y otras barbaries, tan vistosas y tan útiles para los pícaros. Ha sido largo el proceso que revirtió esta explosión. La implosión reintegradora de la unidad primigenia debió desarrollar numerosas prótesis: alfabeto, brújula, navegación de alta mar, imprenta, y aun así tomó tiempo saber que éramos la misma humanidad. Tan difícil ha sido que la mayoría de la gente habla de razas de lo más pierna suelta, como si se tratara de una entidad empíricamente verificable. Más recientemente hubo telégrafo, teléfono y radio. Así y todo tuvimos stalinismo y nazifascismo. Después vinieron televisión, fotocopia, fax, Internet, pero el horizonte que abren es contrariado por las viejas mañas censoras aprendidas tal vez desde la pradera africana cuando algo nos hizo infectar al planeta entero y parte del Canadá. Hay quien con tanta perversidad como ingenuidad quiere censurar a Internet, como si eso se pudiera como se censuraban libros, cartas, programas de radio o televisión. Juan Vicente Gómez hizo que el sistema nacional de telégrafos de Venezuela se concentrara en Miraflores, el palacio de gobierno, para controlar todo lo que por ahí se transmitía. Toda palabra dicha en público debía tener un mediador, Inquisición, Comité de Censura, Comisariato Popular. Los libros debían ganarse un nihil obstat eclesiástico, nada obsta que los hacía dignos de imprimirse. Así pasaba también con la radio y la televisión, cuya señal es aún interferida cuando contiene mensajes que alguna autoridad mediadora considera indebidos para sus súbditos, tratados como menores de edad. Técnicamente ello es factible con todos los medios anteriores a Internet. Pero esa es otra historia que no nos interesa para esta exposición. La que sí nos interesa es que por Internet trafican diariamente 34 millones de correos electrónicos y 290 millones de mensajes sincrónicos en los llamados IRC, chat lines, ICQ, etc. (cifras de 1998). Cantidades mínimas si consideramos la totalidad de la población humana y el monto de los mensajes que se comunican diariamente de viva voz o por escrito. Sin contar la riqueza abrumadora de la comunicación cara a cara, con sus gestos, su inflexión de voz y la presencia viviente de una persona a pocos centímetros y que provoca besar o apalear a veces las dos cosas, acciones físicas que Internet no permite porque es toda espíritu (ver «Habeas spiritum» en Breve teoría de Internet). Pero ello también nos distrae la disertación hacia otros confines. Una sola palabra En el mundo hay miles de lenguas. Una vez despejado el problema de qué entendemos por una lengua y cómo la diferenciamos de una mera mera variante dialectal, para no aburrir con un bizantinismo lingüístico, convengamos en que hay unas 6000 lenguas en el mundo, la mitad de las cuales está en proceso de extinción. Algunas las conoce solo un último hablante, ya anciano. Jamás hubo monólogos tan rotundos. Esas lenguas pequeñas dan paso a las grandes: árabe, inglés, español, francés, mandarín. Aquí mismo en Venezuela hay lenguas indígenas que agonizan en unas pocas voces, enflaquecidas por el poder del español que trajo Colón hace 500 años. El trato de España con las lenguas originarias fue ambiguo a ratos y rotundo lo más del tiempo. Directa o indirectamente las lenguas locales fueron desvaneciéndose aplastadas por el poder militar, político, económico, cultural, social, legal de la nueva lengua conquistadora. Fue tan devastadora que absorbió solo las palabras indígenas para las que no halló traducción, porque no había modo de nombrar el chocolate o la hamaca en español. Muchas veces arrasó el idioma con la comunidad entera. Así no sabemos cómo era que los taínos exterminados pronunciaban las palabras canoa o huracán. Solo quedaron unos pocos términos taínos recogidos por Colón desde el primer día. Aquella remota lengua sobrevive en unos pocos términos dichos con acento castellano, inglés, francés, alemán y quién sabe qué otras lenguas.
Si el regreso del camino que comenzó en Kenia continúa, la implosión cultural nos llevará a pronunciar una sola lengua en pocas décadas, a lo sumo un siglo o dos. Una humanidad monolingüe y quizás monocultural, comiendo hamburguesas y viendo las mismas series de televisión. Pero todo esto es imposible, como veremos.
Una sola pobreza Para algunos, la crisis económica asiática de 1998 anuncia el fin del capitalismo global. Tienen y no tienen razón. No soy economista, lo que me garantiza un mínimo de comprensión de algunos fenómenos económicos que obedecen a estructuras mucho más profundas que las tasas de interés y las tarifas aduaneras. Son estructuras que no por poco conocidas son menos reales. Los economistas padecen de una extraña heurística que los contrae a tomar las causas por las consecuencias o viceversa. Si los corredores de la City de Londres o de Wall Street, esos monjes modernos, obedecen a designios particulares, se declara que esos designios son el estándar, desde la lectura diaria del Financial Times hasta las hamburguesas de Todo el mundo les dijo que no era posible enjaretar al mundo entero la experiencia de comunidades minoritarias, aunque dominantes. No lo entendieron, empedernidos en ver el capital como la nueva panacea, reduciendo a todos, desde el campesino del Nepal hasta el malandro caraqueño, al mismo lecho de Procusto. Creo que la globalización es inevitable, pero no por las malas. El neoliberalismo rataplán y cataplún chinchín la está abortando, haciéndola más ardua, económicamente costosa y dándole mala prensa, con consecuencias que van desde el 27 de Febrero hasta las rebeliones chiapanecas, pasando por los saqueos londinenses. Así no se hacen las cosas, no solo porque es moralmente reprensible, por ser una intromisión descortés en la vida ajena, sino porque no se puede. Ahí están los resultados: Chiapas, caída del peso, crack asiático, crisis económica venezolana a pesar de todos los paquetes con sus distintas dosis de libre mercado. Si los neoliberales en lugar de economistas fueran científicos admitirían estos hechos y no harían tantas convulsiones teóricas para explicar lo que no pueden porque no saben explicar. La globalización será posible cuando entienda la plenitud de la complejidad humana, cuando entienda que globalización no es plan y pal cuartel, como llamamos la arbitrariedad en Venezuela. Cuando sea comunión y no lecho de Proscusto, es decir, mutilación.
Iridio
No conozco de Iridium sino un esbozo periodístico. Pero si no me contaron mal el cuento, es un buen ejemplo del tipo de globalización que imagino, porque es posible. Molar/molecular Pierre Lévy, en su libro lIntelligence collective. Pour une anthropologie du cyberspace (París: La Découverte, 1997) establece una diferencia entre lo que él llama molar y molecular.
Es decir, las cibertecnologías, entre las cuales está Internet, permiten que un conglomerado humano trascienda la condición de pueblo, esa entelequia paradójicamente tan inmanejable como manipulable. Cualquiera habla en nombre del pueblo y lo estiliza según sus intereses y fines, porque el pueblo está en todas partes pero nadie lo ve. No puede manifestarse de ningún modo que no sea el de la representación. Ha sido el gran frustrador de la democracia republicana. La soberanía reside en el pueblo, pero hemos terminado por representarlo ante entidades que van desde el Estado hasta las grandes corporaciones, que tienen sus propias necesidades estructurales, ciegas, molares, manipuladoras, como un elefante en una cristalería. Eres H porque, como decía Barthes, ocupas el lugar de H, no importa lo que alegues, la estructura es inapelable, como una burocracia, como corte suprema ontológica. Por Internet no es posible ese tipo de manipulación global y enteriza. No es posible montar un partido nazi o comunista por Internet y que actúen del mismo modo en que actuaban los de Hitler o Stalin. En Internet puedes profesar esas ideologías, como cualquier otra, pero la estructura misma del medio, que es el mensaje, te obliga a respetar al otro porque ninguna estructura social, por potente que sea, puede aplastar a un individuo. Si pongo una página Web contra un tirano, ese tirano no puede, si yo no quiero, saber ni siquiera dónde estoy ni quién soy y muchas veces ni en qué servidor está esa página. Y si lo sabe seguramente el servidor, si está fuera del área de influencia de ese tirano, no tiene ningún interés en delatarme ni entregarme. Es más, ni siquiera tiene por qué saber quién soy ni dónde me hallo ni hacia dónde voy. Internet permite la volatilización de mi individualidad en espíritu. Ya no tiene validez el habeas corpus sino el habeas spiritum. Si me dirijo a una multitud por Internet tengo que respetar la individualidad de cada destinatario cualidad por cualidad. Y todo ello en un contexto que por más global que sea no anula ninguna provincia. Es sorprendente cómo las lenguas «grandes», inglés, español, francés, portugués, se están debilitando en Internet en favor de las lenguas minoritarias, catalán, romanche, o lengua indígena, como ocurre La Esmeralda, en la Amazonia venezolana. Puedo ser ciudadano de lo que me dé la gana, pues ya la patria no es un accidente geográfico y genético sino una elección. Puedo leer la prensa diaria de cualquier comarca del mundo. Vivir las vicisitudes de mi campanario a miles de kilómetros de distancia o ignorarlas porque me interesan las del otro lado del mundo. Mi escala varía con mi voluntad. El Estado molar me trata de un modo enterizo: licenciado en letras, nacido en 1947, varón, chivudo, venezolano, simpatizante de ningún partido político. Por la Internet molecular, además de la semblanza de la frase anterior, quien me trate tiene que respetar mi placer por el chocolate, el Beaujolais Nouveau, el whisky Laphroaig, los sandwiches de pernil de La Encrucijada, las fotos de Cartier-Bresson y la prosa de Jorge Luis Borges. Es decir, cualidad por cualidad. O puedo inventarme la personalidad, la edad, el sexo y la nacionalidad que me dé la gana. La globalización que permiten los nuevos medios no está obligada a ser un ejercicio brutal, sino una globalización inteligente, lúcida, respetuosa, y sobre todo culta porque tendrá que conocer toda la cultura y todas las culturas del mundo. Será una inteligencia colectiva en que el colectivo no mata al individuo sino que se alimenta de él y a su vez lo alimenta. Una globalización que se hace plaza por plaza, individuo por individuo, en que cada quien conserva de su especificidad lo que quiera conservar y se enriquece de las especificidades ajenas de las que soberanamente quiera enriquecerse. Una globalización que nos pone a todos al corriente de lo que hacemos todos y no un centralismo stalinista, sea que el Big Brother sea el camarada Stalin o Bill Gates, que da lo mismo porque tirano es tirano y como decía Lord Acton el poder absoluto corrompe absolutamente. Epílogo preocupadoQuedan algunos asuntos por resolver. Internet requiere de estándares y quien se adueña de ellos se vuelve Bill Gates. No veo soluciones para esto en el horizonte. Hay estándares de dominio público, el sistema operativo Linux o el lenguaje HTML que rige las páginas Web. Pero desde la resucitada
El debate sobre la globalización De RHM: |
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