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Qué fácil es gobernar a Venezuela

Roberto Hernández Montoya

Domingo 8 de febrero de 1998

Documentos sobre el debate político en Venezuela

Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Cuentan que Wolfgang Larrazábal obtuvo gran cantidad de votos en La Charneca en las elecciones de 1958 porque construyó una escalera para subir el cerro. Así somos de sanos. Difícil es Colombia, o el Medio Oriente y hasta Hong Kong. No hablemos de Centroamérica. O de los Estados Unidos, donde un besito puede hundir una carrera risueña.

Muchos venezolanos creen que el Popule Meus lo tocan todas las Semanas Santas en el Vaticano; que Elio Chacón fue el único beisbolista que se ha robado el home en una Serie Mundial; que Stalin era hijo de Juan Vicente Gómez con una bailarina rusa que anduvo de gira por Cúcuta; que la «mancha negra» la causa el derrame de aceite de automóviles damnificados; que un día el Fondo Monetario Internacional va a mandar dinero fresco; que la inflación la causan los altos sueldos que ganamos; o que el Kino los sacará de la espesura. Más facilidad imposible.

En estos días en que varias agrupaciones y personalidades que aspiran a puestos se afanan en la fabricación de programas de gobierno, me aventuro a sugerirles acciones que no creo signifiquen grandes costos políticos ni que exijan profusa maestría. Son más bien sugestiones afables y que pueden procurarles grandes recompensas. Tienen una alta relación costo/beneficio. No voy siquiera a insinuar diligencias imposibles como acabar con la pobreza, mucho menos la crítica, y olvídate de la pobreza atroz; tampoco que resuelvan el problema carcelario o la administración de justicia o la distribución de agua. Estoy informado de que no son extraterrestres ni tienen la llave de San Simón ni aspiran a alistarse en la columna de santos milagrosos locales. Además, santos milagrosos los de antes. Y olvídate de la mancha negra. O de los hospitales. Dígame eso de la educación.

Bastarán cosillas. Pequeñas realizaciones. Modestias. Entiendo sus limitaciones. Digamos que componer el Teleférico del Ávila. O contener a los encapuchados, que, vamos, no se trata del M19, de la ETA o de los motociclistas caraqueños. No hace falta tanto como Scotland Yard, la CIA o la KGB. Son cuatro loquitos que cualquier policía decorosa sabría controlar. Algunos dicen que no son cuatro sino doce, una bandita llamada Los Doce del Patíbulo. Un gobernante, un alcalde, un concejal, una junta parroquial que consiga aliviar un poco la congestión de la Autopista de Prados del Este se hará inolvidable por lo menos hasta entrado el año 2500. Sería tan gentil simplificar el pago de los pensionados.

Ninguno de esos cuidados conduce a grandes peligros, darse con la Iglesia, enfrentar imperialismos, expropiar a nadie, pelearse con algún grupo de presión poderoso como los buhoneros o los vendedores de tostones en las autopistas. Más bien esa gente hasta se contentaría y, quién quita, lanzaría una mirada condescendiente. Y encima el gentío los tomaría por personas de virtudes ostentosas. En mí hallarían un rendido admirador.

Suerte.


Sobre nuevos modos de hacer política a través de Internet, ver ¿Un nuevo Dorado o nuestro boleto para el Primer Mundo? de Nelly Lejter.

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