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El estado del golpe El Nacional, domingo 25 de mayo de 1997 Un golpe es una catástrofe. Me explico: una catástrofe, hasta donde se me alcanza la teoría de catástrofes del matemático René Thom, es, llegado un punto crítico, el efecto discontinuo de un proceso continuo. Dicho en español: la gota que rebosa el vaso, el primer dominó de la serie, el copo de nieve que provoca la avalancha, la pequeña quiebra que desata el pánico bursátil. Ciertos físicos lo llaman «criticalidad autoorganizada» y explica también algunos ataques cardíacos y todos los terremotos, cuando la presión de las placas geológicas llega a un punto crítico y se produce el deslizamiento de centímetros que mata y destruye nuestras convicciones sobre la tierra firme. Esto es: durante un cierto tiempo y de modo continuo se aglomeran pequeños acaecimientos de orientación similar: una lenta nevada, una acumulación de vapor en una caldera, una sucesión de pequeños ofensas que van irritando a alguien hasta que «ve rojo», etc. Se produce entonces uno de esos momentos en que los tontos brillan y se preguntan por qué estalló la olla de presión, por qué un hombre sensato mata a otro, por qué se le van los frenos a un camión, por qué colapsa un servicio público. Y el tonto exclama: «Pero qué mala suerte: se me murió el burro cuando ya estaba aprendiendo a no comer». Y se pregunta por qué Nora abandona a su marido y su casa de muñecas. Los inteligentes «lo veían venir», el Chapulín Colorado lo sospechó desde un principio y el tonto se queda estupefacto, como se quedaba Stan Laurel el flaco de El Gordo y El Flaco ante las catástrofes que provocaba su ineptitud. Puede ser un ingenuo, como un niño ante un globo que estalla, o puede ser un cínico, como el que dice que todo golpista es un perverso. Analicemos un golpe... ¡Qué frases entona uno! Consideremos un golpe: el de 1945. Los desestabilizadores de entonces simplemente se aprovecharon, llegado un punto crítico, del efecto discontinuo de un proceso continuo. No hicieron sino empujar el dominó que derribó los otros. El sector militar ese es el cuento que nos han contado, yo ni había nacido venía acumulando reconcomio tras dentera, porque tenían uniformes feos y las camas eran duras. Así nos lo han contado incluso historiadores de lo más graves. Vamos, que supongo que las sábanas raídas y las botas sin media suela servían de pretexto para una suboficialidad con ambiciones de poder largamente postergadas. Yendo a cosas más serias: pasaba una de esas situaciones maniáticas que tanto gustan a la humanidad: la sucesión del Presidente Medina estaba condicionada a que el continuador fuera andino, tradición del Gran Loquero, el dictador Juan Vicente Gómez, quien lo había dispuesto así y la inercia de la historia impedía que un caraqueño, un llanero, un guayanés o un oriental pudieran mandar a nadie. Al mismo tiempo la godarria posgomecista se negaba a cosas como el voto a la mujer y a los analfabetos. «Mujer no es gente», declaraba un godo posgomecista, «no somos suizos», decía otro mantuano, «los negros cuando no la hacen a la entrada, la hacen a la salida», entonaba algún oligarca, sin temblar, en el Club Paraíso. No: que nos tumben pero no dejaremos votar a hembras, turbios e indoctos. No habían percibido la lenta acumulación de hechos negativos: Partido Comunista de Venezuela, ORVE, Con quién estamos y contra quién estamos, asesinato de Eutimio Rivas, huelga petrolera del 36, saqueos a la muerte de Gómez, paludismo, caricaturas de Leo, Doña Bárbara, versos de Andrés Eloy y pluma multisápida de Rómulo Betancourt y su «socialismo con Vaselina» (sic), que fue la doctrina de Acción Democrática. Y entonces dos acontecimientos fortuitos que sin punto crítico o sin criticalidad autoorganizada no hubieran pasado de ser un drama familiar o personal provocaron la catástrofe, el golpe del 18 de octubre de 1945. Primer Acontecimiento Fortuito: Diógenes Escalante, el andino sucesor del presidente Medina, no acudió a una cita en palacio. Llamado por Medina, dijo a este: «Mamá comió ratón». Y hombre que dice «mamá comió ratón» ante un reclamo de embarque de un presidente de república no puede sentarse a mandar porque confundirá mantequilleras con elefantes y tendrá ideas incoloras y verdes que dormirán furiosamente y reunirá paraguas y máquinas de coser en mesas de disección. Está loco, pues. Eso desató una de esas crisis que Jorge Ibargüengoitia gozaba escribiendo y uno leyendo: buscar un sucesor. Sacaron de la manga a Ángel Biaggini, que según parece hasta buena gente era. Pero cometió una chapucería que provocó incluso una guaracha, Segundo Acontecimiento Fortuito: escribió «entuciasmo», así, con C. El País, el periódico adeco de entonces, la publicó con una enorme C y con facsímil del puño y letra del Dr. Biaggini. En esa época, a diferencia de ahora, se consideraba una afrenta a la nación poner a un rústico en Miraflores o que tal pareciera, que Biaggini no era rústico, sobre todo después de 36 años agrestes y montañeros con la dictadura de Cipriano Castro y Gómez. Las cosas han cambiado. Es, como se ve, más o menos, la versión adeca de los hechos. Habrá otras, pero la historia la escriben los vencedores. Y ahora estamos ante esta criticalidad autoorganizada. El actual bando hegemónico lo llamamos así para evitar la tentación de darle otro nombre, que gira alrededor del CEN de AD y de Copei, no se puede, no se quiere, dar cuenta de cómo se han acumulado afrentas y desmanes, omisiones y comisiones. La Gran Venezuela de Carlos Andrés Pérez, por ejemplo, con la que arruinan el país, y luego, con desparpajo suficiente, nos dicen, desde el apartamento de su querida en Nueva York o en Costa Rica, o desde algún spa, que tenemos que apretarnos en cinturón. Recuerda el chiste de unos racistas que entierran a un negro hasta el cuello, de modo que solo le queda afuera la cabeza, y le lanzan un león hambriento. El pobre hombre, desesperado, no acierta sino a morder al león en donde más le duele y entonces los racistas le gritan: «¡Negro sucio, pelea limpio, tramposo!» Desesperan a la propia gente y cuando esta sale a reclamar o alguien da un golpe, entonces son unos desestabilizadores y unos tales por cuales. Comparado con eso el Marqués de Sade era un pan de hallaquita (ver Regresa, Sade, estás perdonado). La gente inteligente, Arturo Uslar Pietri, lo veía venir, lo anunció, lo dijo. Pero el bando hegemónico en esto actúa como aquel emperador chino que mataba a los mensajeros que le traían malas noticias. La práctica no es tonta del todo, porque prolonga la hegemonía, pero tiene el inconveniente de que permite la acumulación de una catástrofe. Las catástrofes no se limitan a un acontecimiento puntual. Pueden prolongarse en varios estallidos de variable magnitud. Pueden comenzar, para poner un ejemplo así, al azar, con un 27 de Febrero, continuar por una sucesión de manifestaciones que van desde gente que pide agua hasta jubilados y pensionados, encapuchados de varia estirpe, hampa desatada, policía hamponil y criminal, cohechos, burlas, golpe del 4 de Febrero, niños disfrazados en Carnaval con uniforme de camuflaje y boina roja, un ministro de relaciones interiores que cultiva enemigos al gobierno, una comisión de notables burlada, impunidad para toda clase de corruptos, absolución de los acusados por el Caso Turpial, Gardenia Martínez, absolución de Vinicio Carrera, 27 de Noviembre, fraude electoral después de decirle regañonamente a la gente que vote y que Dios nos agarre confesados porque el sistema no ha encontrado su equilibrio. Son ejemplos que se me ocurren al azar. Podría pensar en otros: crisis económica, hambre generalizada, convocatoria de los Estados Generales, toma de Versalles y traslado del Rey a París, huida de la familia real a Varennes, conspiración de la Austríaca, guillotinamiento de ella y de su marido Luis XVI, insurrección de la Vendée, Napoleón Bonaparte, Austerlitz, desastre de Rusia. Otro: Revolución de 1905, represión generalizada, hambre, Rasputín, partido de nuevo tipo, toma del Palacio de Invierno, magnicidio en Sarajevo, Primera Guerra Mundial, Octubre de 1917, todo el poder para los soviets. Otro: perestroika, glasnost, los Beatles en televisión, millones de disidentes, Sajarov a la cabeza, apertura de fronteras, acumulación de emigrados alemanes en Hungría, caída del muro de Berlín. Otro: sobrevaloración de acciones, préstamos indiscriminados y sin respaldo, especulación desmedida, crack del Viernes Negro de 1929. Todas esas cosas se veían venir y el mundo se dividió en dos: los que las vieron y vivieron, por un lado, y los que se negaron a verlas y desaparecieron, por otro. Dios a quien lo va a perder lo ciega. No hay peor sordo que el que no quiere oír. Me pregunto ante tanto ensañamiento: ¿quién les habrá hecho tanto mal? ¿De dónde sacan tanto resentimiento? ¿Quién pudo ser tan malvado que los dañara así? Lo cierto es que solo ellos pueden parar la catastrofe, aunque no sé cómo, porque creo que ya no pueden retroceder. Han quemado las naves, han hecho como dicen que hizo el Tirano Aguirre, han cometido atrocidades que los comprometen demasiado como para pedir clemencia. Así, cualquier cosa que hagan es mala, salvo retirarse, lo que va contra su naturaleza humana misma. Por eso no sé ni para qué digo estas cosas si es obvio que no me van a hacer caso.
27 de Febrero en La BitBlioteca |
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