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¿Nos queda grande una guerra civil?

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, p. A-5, domingo 19 de abril de 1998

Foto
Roberto y su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Según Manuel Caballero este diciembre reanudamos el vendaval de guerras y guerritas civiles e inciviles que dejamos pendientes cuando Juan Vicente Gómez. No soy historiador, de modo que ignoro si Manuel exagera. Reflexionaré, pues, como ciudadano raso sobre algunas guerras civiles acreditadas. Ver lo que piensa Manuel sobre el golpe del 4 de febrero de 1992.

Cuando la Guerra Civil Española había dos pasiones claramente delimitadas que se odiaban entrañablemente: la de «Santiago y cierra España» y la liberal republicana, castañuelera y de gran entusiasmo anticlerical. Así también en Colombia y Venezuela en el siglo pasado, en México comenzado el XX y en Francia terminando el XVIII. En Vietnam había una vehemencia antineocolonial y una maña bélica de siglos. En lo que fue Yugoslavia hay etnias que se entrematan desde hace edades. Igual en el África. En los Estados Unidos había un bando de racismo desembozado y otro «con rostro humano», cuestión de modos de producción encontradizos. En nuestro siglo XIX los ejércitos no entraban en batalla para derrotarse sino para exterminarse; felizmente ya no entendemos esos odios; apenas quedan como referencia literaria desvaída.

Y es ese mi punto precisamente: no hallo abominaciones mutuas tan enfáticas en esta Venezuela finisecular, al menos suficientes como para una buena guerra. Está ciertamente el 27 de Febrero, cuando por primera vez en la historia humana, que yo sepa —te lo dije: no soy historiador—, gran parte de un país se improvisó al saqueo y otros desenfados, sin excepciones prácticas, durante treinta horas en que no hubo gobierno. Un fotógrafo de guerra que conoce los frentes centroamericanos y del Medio Oriente, me cuenta que nunca vio tanta ferocidad. Pero era una turba sin surcos, sin identidad, histérica, sin referencia histórica para sus actos. Bastó una represión oportuna y enfática para disiparla para siempre. Espero. Nadie dice soy saqueador así como se decía soy realista o patriota durante la Guerra de Independencia. Sololos desarmados siguen instrucciones colectivas : cualquier adeco, cualquier copeyano, ningún masista.

Tal vez estoy silbando en la oscuridad, quizá desconozco todas las motivaciones políticas de Manuel. Percibo sí una simpleza imprudente en la forma en que Hugo Chávez se plantea licuar el Congreso recién electo para convocar una Constituyente como panacea republicana, como quien desarma y rearma un Lego. ¿Quién va a elegir esa asamblea? ¿Los mismos que designaron el Congreso disuelto? ¿O alguien la va a nombrar «a dedo»? ¿Quién?

Chávez debiera comenzar, me parece, a conversar serena y sobre todo civilmente estos temas con sus conciudadanos, para evitar meternos en un lío del cual nadie, sobre todo él, puede salirse garbosamente. El supuesto apocalipsis de Chávez es como el de Rómulo Betancourt en la década de 1940, a quien la costumbre y la godarria temían como el fin de los tiempos —y después mira. Hay dos alternativas más practicables que una guerra: que Chávez y su gente brinquen la talanquera hacia la derecha, como es ya monótono en nuestra historia con la gente de izquierda —ya se ponen corbata y conversan con empresarios y embajadores europeos— , o seguir gobernando la manga de irresponsables y ladrones de siempre y condensarse violencia suficiente como para una guerra como la gente. Cuestión de tiempo. El golpe avisa.


El 27 de Febrero en La BitBlioteca
Sobre nuevos modos de hacer política a través de Internet, ver ¿Un nuevo Dorado o nuestro boleto para el Primer Mundo? de Nelly Lejter.

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