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Los guiños venezolanos a la inteligencia

Roberto Hernández Montoya

Edición Aniversaria de El Nacional, lunes 3 de agosto de 1998
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Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

El buen sentido es la cosa peor repartida del mundo.

Así hubiese comenzado Descartes su famoso Discours de la méthode si hubiese nacido en Venezuela. En otras partes puede que sea mejor repartido, como dice Descartes. No en Venezuela. Umberto Eco ha dicho que en el subdesarrollo todo es excepcional. Exageraciones, claro, finalmente la luz se enciende casi siempre que uno acciona el interruptor. Y si uno saca la estadística, el agua fluye de la canilla la mayoría de las veces en que uno la afloja. La calle siempre está ahí, aunque también sirve para que jueguen los niños, se reparen automóviles y la controlen los delincuentes.

Venezuela no ha tenido guerras con ningún país desde la de Independencia. No es conjetura seria, pero me agrada pensar que en ello ha sido decisiva nuestra imprecisión.

Más serio es el barrunto de que no hubiera podido ser tan mortífera como las han hecho esos salvajes de Europa y los Estados Unidos, que han matado en este siglo a más de cien millones en dos guerras mundiales, sin contar las matanzas stalinianas. No es difícil imaginar que aunque ese exterminio no fue originado por su eficiencia industrial, ella jugó un papel radical en su sistematización. Un país donde las cosas funcionan como en Venezuela no está en condiciones de armar los procedimientos que ingeniaron Stalin y Hitler, ni de lanzar bombas atómicas a ningún japonés. Se necesitan muchas décadas de experiencia armando talleres en serie y sociedades enterizas para tal.

El chiste dice que en el infierno venezolano cuando hay gas no funcionan las hornillas y cuando ellas funcionan y hay gas no asiste al trabajo el demonio encargado de encenderlas. El infierno alemán, en el chiste y también más allá de él, funciona diabólicamente bien y no solo cuando hay nazis mandando, sino cuando hay neonazis merodeando en la oposición. Como decía la famosa película aquella, el de Hitler y Mussolini fue fascismo ordinario. Hay otros en la era industrial no menos pavorosos.

Hubo niños franceses, ingleses, yanquis, y sobre todo japoneses, que se suicidaron porque sacaron malas notas. Los sigue habiendo. ¿Hay virtud tan cínica que proclame, qué sé yo, el sentido del honor de estos infantes? Entre el «que inventen ellos» unamuniano y la «motivación de logro» enloquecida de los países industriales avanzados debe haber un mediano sentido de la mesura.

Uno quiere comprar una tabla en el mercado de las pulgas en París y el vendedor se rehúsa luego de enterarse de que uno la quiere para hacer una mesa. «Eso es antiestético», argumenta. De nada vale que uno le recuerde que jamás lo invitará a su casa. Otro se niega a poner un sandwich en una plancha porque el queso se funde, et ça ne se fait pas, ‘eso no ese hace’.

Con razón los chicos de Mayo de 1968 tuvieron que prohibir prohibir. Los niveles de estrés, la soledad rotunda de aquellas villas de gente innumerable donde «no hay vida, no hay berro, ni hay amor», como decían de Nueva York los músicos caraqueños de principios de siglo, no hacen tan deseable el desarrollo y conducen a pensar que esos países debieran más bien subdesarrollarse un poquito.

En comparación con los países llamados desarrollados, aquí las cosas tienden a estar flojas y fuera de su sitio. Los rompecabezas suelen estar incompletos y revueltos con piezas de otros rompecabezas. Por eso no bastan los avisos, son muchas las ocasiones en que uno halla un letrero de «no fumar» conviviendo con varios ceniceros rebosados. «Hoy no fío, mañana sí», «no se presta el teléfono, sin excepción, no insista», «no se permiten mujeres de aquellas» son advertencias hueras hasta tanto uno las ratifica mediante por lo menos un signo redundante. Y ni siquiera, porque uno sabe que esas reglas son «para los demás», que un buen «jarabe de lengua», con su respectiva lloradita y una sonrisita clave, sobre todo si estás bien buena, abre las puertas más impecables. Basta caer bien. Por eso cada vez que tienes que hacer una diligencia, incluso en la empresa privada, te preguntas quién es el jefe del servicio y si conoces a alguien relacionado con él, un familiar, un amigo, un compinche preferiblemente. De lo contrario te sientes extraviado y desahuciada. Con razón, porque las carantamaulas que uno halla en las oficinas públicas y privadas son como para una depresión irreversible. Por eso un amigo vale tanto. El Cendes (Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela) debiera detenerse a considerar la hipótesis de que tal vez nuestro subdesarrollo se debe a nuestro profundo sentido de la amistad.

Vivimos criticando esa actitud. Claro, son «los demás» los que no cumplen las normas, aquellos para quienes están hechas. No sé si me explico. Por supuesto que no me explico, porque no puede esclarecerse eso de que uno viola normas que están hechas para todos y luego critica que los demás no las cumplen. Cosas como de locos. Descartes se hubiera muerto chiquito si hubiera nacido en Venezuela.

O tal vez hubiera inventado la lógica difusa, esa versión moderna de la lógica que además de verdad/falsedad determina significados tales como:

  • probablemente cierto,
  • probablemente falso,
  • posiblemente cierto y
  • posiblemente falso.

Nosotros la llamamos guachafita. Las reglas no están allí para estipular un límite, una referencia, un principio, sino como un desafío para violarlas. «A que no me violas» es el mensaje subyacente de cada norma. Así, ningún autobús tiene paradas claras y distintas, como las hubiera calificado Descartes, me refiero al francés; no al que hubiera nacido aquí. Hasta los metrobuses, tan impecables, comienzan a disfrutar de esa campechanía. Mucho menos son estables y confiables esas paradas. Uno sabe que los colectivos se detienen más o menos aquí, allá y generalmente acullá. Con frecuencia ni se detienen y toman o sueltan a su gente en plena marcha.

—Ya cayó —advierten algunos al chofer cuando alguien baja. No siempre exageran.

Casi todos estamos bautizados, pero ir a misa depende de un funeral o de un matrimonio. Olvídate de confesarte. Tendemos a casarnos por la Iglesia y después nos divorciamos contra ella. No he visto a ningún católico divorciado que ande desvelado por eso ni por usar píldoras anticonceptivas. Son católicos difusos.

Hemos desarrollado sin saberlo lo que pomposamente llamaré Proceso Grumoso Aleatorio Permutativo, PGAP para los íntimos. En él las fidelidades y alianzas se comportan dentro de lo que Gustavo Martin llama ética contextual. Pertenezco a una familia, tal vez a un partido político, trabajo en una empresa, todo más o menos, porque tampoco es que las familias, los partidos y las empresas son claros y distintos. El papá suele ser una conjetura. Apenas la mamá es segura y eso porque la biología lo afirma de modo apodíctico. Más o menos, o sea, no es apodíctico nada tampoco. Pero uno se lo cree porque para eso somos bien edípicos y eso es mejor que una evidencia apodíctica.

Los partidos tampoco son apodícticos: son socialdemócratas, hasta socialistas, y cumplen programas neoliberales. Más o menos, porque tampoco el programa es de un neoliberal serio sino medio a la bimbombá, ni todos los militantes andan en eso, lo cual se debe a que tampoco ellos mismos saben en qué andan. Muéstrale un godo a un elemento de izquierda para que lo veas reptando.

Las empresas privadas no tienen fines de lucro. La gerencia de la televisión, por ejemplo, sabotea a sus mejores libretistas, actores y directores, dejando el mercado nacional e internacional al Brasil y a Colombia. Los empresarios no quieren dinero sino poder, que es recompensa más feudal que capitalista. Practican lo que José Ignacio Cabrujas —a quien debo buena parte de la parte buena de estas líneas, entre tantas cosas— llamó «capitalismo guasón», medio feudal, medio solariego, medio difuso, medio medio.

Quizá lo único macizo en Venezuela es ser magallanero o caraquista, porque esa constancia discurre dentro de la guasa más cariñosa y lúdicra.

La vida discurre por un azar de cambalaches de una lisura alarmante. Hoy amanezco Hernández, pero esta tarde puedo ser más adeco que Montoya, si me conviene, más o menos. Pero si más me cuadra ser magallanero, pues al diablo AD y la familia Hernández. Pero eso es aquí y ahora, o hic et nunc, como dicen los que saben latín. Armo un grumo con cada sector que se me plante en el retorcido camino según cada lance y entrevero, aleatoriamente. «Como vaya viniendo vamos viendo», decía nuestro filósofo más profundo. De ahí el embarque, nuestra institución más recia, después de la guachafita, o parte de ella.

De ahí también los echadores. El echador venezolano, sin embargo, se las ve renegridas a la hora de ejercer su oficio, porque es difícil burlarse de cosas tan borrosas. Más llano es guasearse con principios rígidos y por tanto despóticos, como el stalinismo, o cualquier otra religión seria. Por eso la que ingeniamos, la de María Lionza, es tan borrosa. ¿Cómo se burla uno de eso? Pero, precisamente, el oficio del echador es descubrir cómo. El echador es nuestro héroe más emblemático, más que Bolívar, que es de discursos de orden. Nuestro campeador entrañable es el guasón que viendo una película porno dice después de media hora en que los cuerpos entrelazados se suceden sin armisticios: «¡Pásame un paisajito!». Y de ahí en adelante la película deja de excitar las hormonas voluptuosas para seducir las de la risa, tan incompatible con la lujuria. El echador es inteligentísimo, profundísimo, agudísimo y descubre la ridiculez de ver eso en un cine y sin pareja con quien achicar la fiebre. Otros pueblos usan su ingenio para escribir la Crítica de la razón pura, producir el teatro isabelino o viajar a la Luna. Nosotros contamos con la echadera para hacer constar que también somos inteligentes, pero sin matarnos. Ese guiño es de una vanidad modestísima.

Cierto que no todo ha sido así. Uno de nosotros, Andrés Bello, escribió una Gramática que es un prototipo de lo más musculoso de la inteligencia humana, la mejor que se ha escrito para lengua alguna, según Amado Alonso. Pero cuando uno la está estudiando no puede evitar preguntarse: «¿Y ese elemento andaba por la esquina de Tracabordo?» Y se responde de inmediato: «Por algo se fue y no volvió más nunca».

No debiéramos sentirnos tan mal después de todo. Vivir una vida japonesa, yanqui o europea, de eficiencia y desafecto me luce desolador. A veces, viéndolos estresados, suicidas, drogadictos, logreros, pienso que los europeos, los yanquis, y no te digo los japoneses, necesitan acompañarnos en este modo lúdicro de abordar la existencia, que total tampoco es que tenemos plenas seguridades de para qué sirve la existencia. Yo al menos no las tengo. Pero pasarla divertidos no parece mala idea. Jean-Paul Sartre hubiera sido un echador si hubiera nacido en Carapita. Nuestro existencialismo, que es tan guasón como nuestro capitalismo, no nos hace mejores que ellos, que son tan desarrollados y competentes. Pero tampoco nos hace peores.


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