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Hedonismo cotidiano
Jueves 3 de agosto de 2002 Hay comunidades culturales que, por razones que desconozco, hablan para seducir. Los andaluces, los italianos, los caribeños en general. Cuando un andaluz te dice que la soleá es como la saeta, «pero con más pellizco», te está tentando. Para nada malo, obviamente. Está haciéndote y haciéndose bien porque también él disfruta y tal vez más que tú. Lo mismo cuando un venezolano te dice de un pantalón nuevo muy a la moda: Este es el último ¡ay! Otro, al llegar con el tanque vacío a una gasolinera: Este carro estaba andando con el olorcito [de la gasolina]... La entonación, esencial en esto, no la puedo reproducir aquí. Baste decir que esas cosas no se entienden completas si no se oyen. Te está creando un puente de ida y vuelta entre dos intimidades y te está invitando a preferirlo allende la cortesía. Es un canto de sirena benévolo. Un día conversaba con una prima en un autobús madrileño. Comentábamos sin hondura no sé qué museo. Nos interrumpió una señora: Perdonen la intromisión, pero ¡qué lindo habláis! ¡Qué cultos! ¡En cambio que aquí en España es nada más coño y joder y la hostia! No se refería tanto al contenido de nuestra plática como a algo que en España nos admiran: la cultura y la educación. Seguramente no me crees porque te has resignado a la falacia de que somos el peor país del mundo. Pues cumplo con el agradable deber de desmentir esa argucia que promueven los que nos han dominado a través de la historia, con la que han justificado su chambón tutelaje sobre el país. En España piensan mejor de ti. Pasa que usamos palabras que ellos solo leen en el Siglo de Oro y les suena cultísimo que uno diga candela en lugar de fuego. Nuestra educación la deducen, sin error, de nuestras fórmulas de cortesía: «Con permiso», «bien pueda», «por favor, pana, un cafecito ahí». Nuestra abundancia de diminutivos los hace sentirnos dulces y andaluces. Los madrileños son distintos, como decía Jorge Luis Borges: hablan alto, como quien no conoce la duda. Su afán es imponerse mediante una dicción maciza, como la de los franceses, los alemanes, los ingleses. La lengua británica no se puede hablar sin estirarse hasta causar estrés a la espina dorsal. Ni la francesa sin encallecer el paladar. El lenguaje tiene muchos usos, uno de los cuales es precisar verdades, números, conceptos, cosas así. También sirve para calumniar y conspirar. Por eso Esopo decía que la lengua era lo mejor y lo peor. Pero también tiene otras funciones que tal vez son las primordiales: arder de pasión, por ejemplo. Con el lenguaje ventilamos, emulsionamos y hasta inventamos emociones. También producimos ondas parásitas que recelan toda información. La función fática, como el saludo, la cháchara sin fines comunicativos, los corros de mujeres en que todas hablan al mismo tiempo. Al saludar entablamos un complejísimo entramado social. Intenta suprimir el saludo, de mutuo acuerdo en algún grupo, y verás la clase de desorden que se crea. Por eso cuando los venezolanos hablamos creamos a nuestro alrededor, sepamos o no, queramos o no, un campo de sutilezas. ¿Qué sería, por ejemplo, de la sifrina si no hablara? Si no estás de acuerdo, te invito a reunirnos para conversarlo, con un cafecito ahí.
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