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El hiperfuturo del texto
Miércoles 29 de marzo de 2000 El concepto de hipertexto es una redundancia. Basta decir texto para decirlo todo: del término latino textum viene tejido, es decir, tramado, malla, palabras que sirven para describir cualquier discurso. Cuando decimos algo lo trabamos con mil y un ideas. Dices algo tan trivial como «hace calor» y tu interlocutor, para entenderte, tiene que tener un concepto de calor y de clima, que aprendió de otras palabras que escuchó desde niño. No puedo leer un tratado de biología molecular sin haber leído antes un montón de textos. Por eso es necesario encadenar las palabras en frases en las cuales adquieren sentido. Abre una puerta donde están varias personas, di: «Nieve» y cierra la puerta. Pensarán que estás loca. Haz lo mismo, pero di: «La nieve es fría». Pensarán igual porque ¿a qué viene eso? La frase sigue sin sentido porque no está encadenada con otras. Hablas, pues, como los locos que, como dice Andrés Eloy, «renuncian a la palabra que su boca pronuncia», los locos no saben hilvanar sus palabras con las de los demás, por eso no los entendemos y no suelen dar indicio de que nos entiendan. O el texto uno y único de la gente que se aposenta en un solo libro, como «el poeta malo imprescindible». Tienes que responder a una situación, a, precisamente, un con-texto, a un texto que vaya con lo que dices. Por eso cuando hablas con un extraño partes de una situación común, el estado del tiempo, lo que está pasando en ese momento, etc. Luego vienen los detalles sobre lo que uno piensa de la vida, si eres árabe, si te gusta el arroz con pollo, si bailas salsa, si navegas por Internet asiduamente, si te entristece comer solo. Una vez establecido ese con-texto tus frases se van hilvanando y adquiriendo sentido. Hablar es poner las cosas en su sitio, coser, pespuntear tus palabras con otras, entablar vínculos, enlaces, links. Hipertexto. Por eso digo. Hablar es instaurar enlaces enciclopédicos con otras palabras. G. Pinson lo ilustra así: En retórica esto tiene un nombre, la metonimia: beber una copa, beber el vino contenido en una copa, tragar el líquido alcohólico proveniente de la fermentación de la uva en un recipiente de vidrio, hacer descender por el gaznate el fluido condensado y alcohólico proveniente de la transformación producida por una enzima del jugo del fruto de la vid en el utensilio hueco hecho de una materia quebradiza y transparente compuesta de silicatos alcalinos, etc., etc. De modo que puedes enlazar el mundo enciclopédicamente a partir de una frase tan elemental como «beber una copa». Todo lo que dices puede ser trascendente según como se enlace con otras palabras. Cada mente es una hacienda que su dueño enriquece como puede, y aun si no quiere. Cuando no entendemos una frase es porque desconocemos los enlaces que tiene con las palabras que conocemos. Si eres abogada comprenderás el lenguaje especializado de las sentencias, si eres médico entenderás lo que dice el informe del radiólogo, si sabes de beisbol no será difícil explicarte lo que es un triple-play sin asistencia, es decir, tu mente debe estar poblada de las palabras que hacen falta para interpretar las nuevas que se te digan, discurran sobre leyes, medicina o beisbol. Interpretar no es más que alinear en un contexto. Por eso los libros se recomiendan unos a otros. Llegas a un libro a través de otro, y el libro al que llegas a su vez te conduce a otros. Los libros, arman, pues, una trama. Mientras más lees, más tupida es esa trama. Los libros son un hipertexto. ¿Por qué entonces nos sorprende ahora Internet con el hipertexto, si eso ha existido desde que el primer homo sapiens habló y le entendieron? Porque por primera vez es instantáneo y sin límites. Antes un autor citaba a otro y para verificarlo había que ir a la biblioteca, encontrar el libro citado, hallar la página, el párrafo, la línea. Si el libro citaba veinte o doscientos autores, había que hacer aquella verificación veinte o doscientas veces. Seguramente en varias bibliotecas. Inevitablemente había libros inaccesibles cuya cita no podías verificar. Y también había libros que el autor no pudo citar porque no estaban a su alcance. También había otras cosas que hacer que andar recorriendo anaqueles para verificar que un autor había hecho sus citas honestamente y recuerda que la pereza es un derecho. En Internet tienes acceso a todo. Si no lo encuentras no es porque está lejos o difícil de acceder, sino porque no sabes dónde está o ignoras simplemente que existe. Y, además, no citas, estrictamente hablando. Más bien vinculas. Dices que alguien dijo algo y haces un hipervínculo en tu página Web. El lector va directamente al sitio Web que se cita. Al instante, sin límites geográficos, de tiempo, de costo. Simplemente pones tu «http» en lo que escribes y listo. Así es Internet. Verificas la cita en el acto mismo de leerla. Y es trivial, no tienes que abandonar tus pantuflas para dirigirte a una biblioteca de funcionarios de semblante adusto. Basta pulsar el botón del ratón. Las citas de papel son verticales mientras las de Internet son horizontales. Esta forma moderna de hipervínculo tiene, me parece, varias consecuencias: La expansión implosiva de las ideas
Las ideas se medievalizan. En la Edad Media nadie reclamaba ser autor de una idea ni de una obra. Al mismo tiempo todos podían usar las creaciones ajenas sin pagar derechos de autor, ni temor al plagio. En Internet circulan ideas que nadie sabe quién creó ni importa mucho saberlo. Chistes que proliferan en el correo electrónico, algunos muy buenos, que nadie sabe quién creó y poco importa. Son como los chistes fuera de Internet: nadie sabe quién los crea. Apenas uno sabe aproximadamente en qué época florecen, pero siempre me he preguntado quién los inventa, aunque parte de su gracia consiste en esa ilusión de cosa increada, de cosa natural que existe porque sí, como el mundo. Tal ocurre con muchas cosas en Internet. Hay una página con una información que te interesa, una foto que te gusta, una canción que te hace bailar, y puedes copiártelas y hasta retransmitirlas, aun siendo ilegal, porque las leyes off-line son incumplibles en Internet y obligarán a promulgar leyes on-line, es decir, que se hayan percatado de que Internet existe (ver La tortura del copyright). Siendo anónimas y estando en la vía pública sin limitaciones materiales, las ideas son más fácilmente accesibles y puedes recorrerlas con más comodidad y llegar a muchas más que antes. Puedes confrontar más puntos de vista. Fuera de Internet lees generalmente un solo periódico, pues no tienes ni el dinero para comprar ni el tiempo para leer veinte diarios todos los días, aparte de que solo puedes leer los locales, porque los de Australia tal vez estén al otro lado del mundo. Entonces confías y te confinas a la versión que ese periódico uno te da del mundo. En Internet, en cambio, atiendes más a las noticias que al medio que las transmite. Buscas nuevas sobre la integración económica europea en comparación con la latinoamericana y no tienes que conformarte solo con lo que dice El País de Madrid o El Tiempo de Bogotá o el Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos» (CELARG), de Venezuela. Puede haber noticias sobre eso en muchos medios, a veces los más insospechados. Consultas tantos medios como tengas tiempo de examinar, así estén en Australia. Gratis. Enriqueces así tu visión con los enfoques más plurales y no te aíslas en un solo punto de vista. Es así como desaparecen las fronteras, tanto geográficas como intelectuales. Es así como Internet debilita los sistemas totalitarios.
Ver Breve teoría de Internet y ¿Qué se promueve cuando se promueve la lectura? |
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