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Sobre el Diccionario de venezolanismos dirigido por María Josefina Tejera

El holograma de Venezuela

Roberto Hernández Montoya

Ca. 1995

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Cuando decimos una palabra, decimos todas las palabras. Así lo desmenuza G. Pinson (1985):

En retórica esto tiene un nombre, la metonimia: beber una copa, beber el vino contenido en una copa, tragar el líquido alcohólico proveniente de la fermentación de la uva en un recipiente de vidrio, hacer descender por el gaznate el fluido condensado y alcohólico proveniente de la transformación producida por una enzima del jugo del fruto de la vid en el utensilio hueco hecho de una materia quebradiza y transparente compuesta de silicatos alcalinos, etc., etc.

Por eso no se habla en vano: proferimos algo y eso tiene resonancias inesperadas: nombrar la soga en la casa del ahorcado tiene consecuencias impredecibles. De modo que hablar, por inocente que sea, es un riesgo, porque no podemos adelantarnos a los efectos de lo dicho: no hay un estado puro, o una luz blanca, del sentido a que podamos apelar para sostener que «eso no fue lo que quise decir, sino esto otro». El sentido es poder, y no hay poder inocente (Saint-Just).

Cuando no entendemos una palabra, intentamos reconstruirla con las fracciones hologramáticas que nos inspiran las otras palabras, que sí entendemos. Casi siempre logramos reconstruir el rompecabezas holográfico. En un holograma la información no aparece en forma analógica, como en una foto tradicional, en que la figura «se parece» al objeto. En la placa holográfica hay datos no analógicos, distribuidos por toda la placa. De modo similar conserva el cerebro sus informaciones, por eso puede eventualmente recuperarla luego de una mutilación.

El léxico no es un conjunto de elementos discretos que tienen cada uno su propio valor. Este está definido por otras palabras y el léxico de una lengua es un entramado en que las palabras se hablan unas a otras. Tal me dijo un analfabeto una vez:

—Nunca aprendí a leer porque nunca entendí que una letra le habla a la otra.

Me hubiera gustado consultarle estas cosas a hombre tan sabio, ya desaparecido. Recurro a otro (Morin, 1991, subrayado sic):

El sentido es hologramático […] El sentido es lo que se autoenlaza [se boucle]; lo vemos en ocasión de una traducción del latín, en la que, a partir de la localización de palabras conocidas (que hacen emerger insularmente las potencialidades polisémicas), a partir de verbos, nombres propios, singulares, plurales, a partir de las articulaciones secundarias reconocidas, verificamos por diccionario las palabras inciertas, buscamos un sentido que no emerge aún, aunque aparece ya como los picos de un macizo ahogado entre las nubes. Buscamos, lo que quiere decir también que los sentidos aislados de las palabras reconocidas buscan la frase, que los sentidos en gestación nebulosa de la frase buscan su cristalización interrogando las palabras, una dialógica sobresaltada confronta palabras inciertas y el ectoplasma informe de un sentido global no concretizado todavía, hasta el momento en que los fragmentos esparcidos de sentidos inciertos se unen, se entremodifican, se entrearticulan en el lazo [boucle] formado por un enunciado sensato, que retroactúa inmediatamente sobre todas las otras palabras, les fija un sentido unívoco e integra todas las articulaciones en la secuencia discursiva.

La lengua, pues, se boucle, se autoenlaza. El concepto es cibernético: actividad en la cual es necesario generar bucles, loops, lazos, acciones obstinadas de la computadora en que el comando A conduce a B y B conduce a A. La lengua, aunque de modo mucho más complejo, también se cierra. Por eso tiene metabolismo, que le permite asimilar elementos externos, e inmunidad, que la hace capaz de rechazar influencias externas y desviaciones internas. La lengua española recibe una palabra forastera: to pitch. A la hora de usarla, no podemos decirle a alguien: «Pitch me la bola», porque eso no se entiende: ¿a qué inflexión española pertenece eso de pitch? Además, me «no pega» con pitch y ese sonido t atravesado ahí, antes del representado por la ch; ese sonido ch no está en español en posición final; nada de eso no se hace en español. Lo que sí se hace es asimilarla, aclimatarla, españolizarla y decimos: «Píchame la bola», que sí se entiende y, además, sin la t «atravesada», me «pega» con picha y se puede pronunciar como nos cuadra, según nuestro sistema fonético, o sea, sin ch en posición final. De allí fildear (de to field), quechar o cachar (de to catch), rolin y rolincito (de rolling), jonrón (de home-run), etc. Se trata del hablante que no sabe inglés ni ha estudiado estas cosas ni tiene por qué imaginar que son palabras que originalmente fueron fuereñas.

¿Qué tiene que ver el jabón con la lucha, los saltos y los delfines? ¿No es un disparate aparente, como la paradoja que dijo Newton, cuando sostuvo que la caída de la manzana en su cabeza tenía que ver con la razón por que la Luna no se cae? Pero el poeta dice:

Ninguna de las dos relaciones es disparatada. No me ocuparé de Newton porque este no es un artículo de física sino de lingüística. Me ocuparé de la frase: «En la lucha daba saltos/jabonados de delfín». El lector sabe instantáneamente que Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de Camborios, se enfrentó a sus cuatro primos Heredias, hijos de Benamejí, y que en la lucha daba saltos jabonados de delfín. Y todo se vuelve claro. La metáfora, cuando es buena, como el chiste, cuando es bueno, no se explica. Se sostiene sola, establece los enlaces por su cuenta, como un bypass, un atajo: «Nunca aprendí a leer porque nunca entendí que una letra le habla a la otra». La metáfora es un destello que nos cuenta cosas que estaban ahí y que nunca habíamos visto, todo gracias a una mirada de poeta. Este reteje las redes rutinarias de palabras y de pronto, en su aventura verbal, nos reteje ‘lucha’ con ‘jabón’ y con ‘delfín’ y es la chispa. Esas tres palabras tenían la virtualidad de sindicarse para iluminarnos al peleador ágil y escurridizo, pero nadie la había visto hasta Lorca (Hernández, 1975).

La ocupación de poeta es precisamente hallar esas virtualidades y vocearlas. Pero todos podemos hacerlo, a ratos, cuando la poesía nos visita, como lo hizo el sabio analfabeto que cité arriba. Porque el lenguaje es así, porque no puede ser de otra manera. Incluso el campo de la ciencia, que suponemos tan preciso, está lleno de metáforas fulgurantes, como la «Era Planck», que duró, si no recuerdo mal, una trillonésima de segundo; como el «efecto mariposa», que explica cómo un aleteo de mariposa en Cochabamba puede provocar una tempestad en La Habana; o «el espionaje neuronal», que explica cómo las neuronas vecinas se inmiscuyen en las sinapsis de otras dos neuronas, a través de un remojón de ácido nítrico.

Así las jergas regionales. Puede que haya palabras que no existen en otros países, como hallaca, niche, miche, metiche... Pero también las hay que en la región adquieren una acepción que no es más que la revelación de una virtualidad: liso es el que se desliza y es por tanto «desfachatado, fresco, confianzudo». Entonces ‘lo liso’ nos revela una potencialidad desconocida y somos más ricos. En Maracaibo, me dicen, los locos de carretera son unos convencidos. ¿De qué? De algo muy grave que los hace vivir así. Y queda la duda de si esa convicción es más honda que cualquiera de las nuestras.

Ocurre así con el Diccionario de venezolanismos, que publicaron en 1994, en sus tres tomos completos, la Universidad Central de Venezuela, la Academia Venezolana de la Lengua y la Fundación Edmundo y Hilde Schnoegass, dirigido y coordinado por María Josefina Tejera y elaborado por un elenco de profesionales de primera magnitud, que desborda dos páginas de créditos. Entre ellos destaca la inspiración primordial de Ángel Rosenblat, sin quien este trabajo nos costaría todavía quién sabe cuántos años.

Los venezolanos andamos distraídos con los advenimientos grotescos recientes y no hemos tenido sosiego para advertir que esta obra excelente es un momento cardinal en la historia de la cultura venezolana. Yo, por el momento, la aprovecho para detenerme en esta reflexión holográfica: un diccionario regional, independientemente de otras consideraciones sobre su pertinencia, es una compilación de metáforas, es decir, un instrumento que permite a todos no solo conocer cómo habla cierta provincia de una lengua, sino cómo habla toda esa lengua, porque cada secuela semántica es una ventana, un nuevo horizonte, una ramificación, una bifurcación, que nos cuenta cuánto puede hablar una palabra con otra y nos completa un poco más la virtualidad de sentido que tiene que contarnos cada una de las palabras, esas encrucijadas del sentido, hasta, como decía Shakespeare, «la última sílaba del tiempo registrado», o, como decía Flaubert, «tant que la langue vivra».

Referencias

Roberto Hernández Montoya, La enseñanza de la literatura y otras historias, Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1975.

Egar Morin, la Méthode 4. Les idées. Leur habitat, leur vie, leurs mœurs, leur organisation [El método 4. Las ideas. Su hábitat, su vida, sus costumbres, su organización], París: les Éditions du Seuil, 1991, p. 161-172).

Pinson, G., Demailly, A., Favre, D., la Pensée: approche holographique [El pensamiento: enfoque hologramático], Lyon: Presses Universitaires de Lyon, 1985.


Tratado de ismología o el estudio de los ismos (diccionario jocoso de expresiones hispanoamericanas)

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