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Oh, the humanity!

Roberto Hernández Montoya

Domingo 23 de marzo de 2003

Roberto_Herman_Hannah
Con sus hijos Hannah y Herman en Coro, Venezuela, agosto de 2000.

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¡Está estrellándose! ¡Está estrellándose horriblemente! Apártense, por favor. Está estallando en llamas. Está desplomándose sobre el mástil. Todo el mundo dice que es terrible, una de las peores catástrofes del mundo. ¡Oh, las llamas, cuatrocientos o quinientos pies en el aire! ¡Es una colisión terrible, damas y caballeros! El humo y las llamas y la estructura están estrellándose contra el suelo, no solo sobre el mástil de amarre. ¡Oh, la humanidad!

    Herb Morrison, reportero que transmitía por radio la trágica llegada a Nueva York del dirigible Hindenburg, año 1937

“Oh, the humanity!” es una exclamación que ha quedado como proclamación y confirmación dramáticas de una situación límite, de esas en que cualquiera puede generar una poesía grande y desesperada porque no hay otro modo que valga para certificar la circunstancia.

El dirigible Hindenburg, insignia de la aeronáutica alemana de la época, estaba culminando una gira por los Estados Unidos para demostrar la superioridad hitleriana. Pero nadie tiene ideología después de la muerte. Aquella humanidad, nazi o no, sufría y moría en medio del horror. El animador de radio que describía en vivo la feliz llegada fue sorprendido por la inesperada desgracia y sorprendente por su poética imprecación: «¡Oh, la humanidad!». Murieron 36 personas y también la tecnología del dirigible a gas no solo volátil sino altamente inflamable. Fue un presagio de la derrota que la arrogancia causó ocho años después al nazismo, que entonces para muchos lucía invencible.

Cuenta una anécdota que se non è vera è ben trovata (‘si no es cierta, es bien hallada’) que un día presidía Victor Hugo una recepción diplomática. A cada embajador que se anunciaba, Hugo hacía una evocación complementaria:

—El señor embajador de España —decía el maestro de ceremonias.

—¡Ah, España! ¡Ah, Cervantes! —exclamaba Hugo.

—El señor embajador de Inglaterra.

—¡Ah, Inglaterra! ¡Ah, Shakespeare!

—El señor embajador de Italia.

—¡Ah, Italia! ¡Ah, el Dante!

—El señor embajador de Alemania.

—¡Ah, Alemania! ¡Ah, Goethe!

De pronto anunciaron a un embajador para quien nadie creía que Hugo tendría una respuesta a la altura, porque era opulenta, fundamental, feraz, con demasiada historia:

—El señor embajador de Mesopotamia.

Todos quedaron suspensos esperando lo que diría Hugo, quien aclamó, sin inmutarse:

—¡Ah, Mesopotamia! ¡Ah, la humanidad!

En estos días deformes la humanidad está jugándose toda entera en Mesopotamia.


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