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El espectáculo de la inteligencia

Roberto Hernández Montoya

Sábado 2 de noviembre de 1996

Libro_del_beisbol

Federico Pacanins (compilador), El libro del beisbol. Cien años de pelota en la literatura venezolana, Caracas: El Nacional , 1998.

El beisbol es una partitura que cada quien ejecuta como puede.

Dámaso Blanco

El beisbol es la única experiencia intelectual del pueblo norteamericano.

John Updike

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

El beisbol requiere algo más que mera atención, como la que requieren el fútbol y otros deportes en que la acción física absorbe todo el interés. Hay ciertamente estrategia intelectual en el fútbol, pero es cosa del director técnico y de algunos acuciosos. El público que desborda la taquilla y ve las cuñas de Maltín Polar no conoce esos misterios. En el beisbol todo espectador que sabe que lo que tiene el receptor en la cara no es una jaula y entiende la cibernética del out forzado, tiene que manejarse como un espectador de ajedrez. Es tan intelectual que el juego perfecto es aquel en el que hay menos acción corporal.

Hay, sí, acciones físicas sobrenaturales que desafían la imaginación y por eso los deportistas ocupan en el magín colectivo la comarca simbólica de los héroes míticos, los caballeros andantes, los guerreros bíblicos, los dioses olímpicos. Pero aquellos personajes sólo eran visibles en la imaginación. Las proezas de Aquiles, el de los pies ligeros, no se veían por televisión y con replay. Hoy vemos al elegante Omar Vizquel desafiar las leyes de la física como si tal cosa, pues para ellos lo extraordinario se hace cotidiano, como en las revoluciones de antes.

Esa vida física es lo que permite ubicarlo en el campo del deporte. Pero el beisbol es primordialmente vida síquica. La tensión del bateador con tres en base perdiendo 4 a 1 en el noveno en un juego decisivo debe ser como para enloquecer a una estatua. Vida emocional, pero también, y sobre todo, racional, porque requiere industriosos esfuerzos heurísticos, intelectivos, para comprender los delicados protocolos del ponche, el triple play sin asistencia, los rejuegos del corredor de primera para exasperar al lanzador. Un corredor llega al home pero no lo toca, al receptor se le cae la bola; el árbitro, que cae de espaldas a la jugada, en el choque de tres, canta out. Todavía los historiadores de la jurisprudencia beisbolera discuten qué pasó. La racionalidad pelotera debe controlar la emocionalidad, porque el que se arrebata no deja caer la bola cuando conviene, no la deja correr para que se abra de foul cuando tiene a un hombre en tercera y el juego está a punto de perderse. Hay que tener la sangre fría de acostarte casi sobre la raya de cal para que nadie llegue a la bola, que rompe de foul antes de llegar a la primera base. Era un albur, si alguien la tocaba el hombre de tercera anotaba, pero si se la dejaba rodar podía pasar que los dioses la dejaran romper de foul. Así fue. Lo vi hacer a un magallanero y salvar el campeonato antepasado.

No se requieren años de estudio, ni siquiera estar alfabetizado. Los intelectuales no entienden estas cosas —y casi nada, pues entre ellos se encuentran algunas de las personas más brutas que he conocido. Ignorantes que nunca han leído los Principia mathematica de Bertrand Russell discuten unas martingalas complejísimas que nunca imaginaron Carnap o Wittgestein, para no hablar de René Thom y otros matemáticos famosos. Ignoro el cricket, no sé del bridge y del ajedrez sólo entiendo que siempre me ganan. Pero ninguno se compara con el beisbol como espectáculo de la inteligencia.

Lo sé por Eulalia Mujica. Un día un glaucoma le confinó la vejez a un radio. Como mujer decente nacida en 1877 nunca fue a un estadio y mucho menos a una caimanera. No supo cómo era el diamante sino como inferencia topológica a través de la palabra radial. Su experiencia beisbolística era, pues, puramente verbal, la desnuda abstracción del espacio y su dinámica. Hay lingüistas que, para hablar de la referenciación, sostienen que no se puede enseñar a tejer por teléfono. Hasta verdad será. Pero me pregunto cuán cierta es esa afirmación si alguien pudo entender el beisbol sólo por el logos radial. Colegir un campo de fútbol y su elemental mecánica binaria ha de ser fácil para alguien que no lo ha visto nunca. En cambio el campo de beisbol es una figura geométrica intrincada, con una topología elegante y minuciosa en que cada palmo tiene una implicación distinta y decisiva. Hay outs automáticos como el infield fly con hombres en base. Hay outs por regla. Si al receptor se le cae la bola del tercer strike, el bateador tiene derecho a correr un lance hasta primera base. Hay que tener en cuenta la dirección del viento, el orden de bateo, las idiosincrasias del lanzador, del bateador, el estado de los juegos que se celebran en otra ciudad, la humedad que suele afectar al jonronero, lo que almorzó el jardinero derecho, el dolor de codo del torpedero, la envidia que el primera base le tiene al de la segunda. Un manager tiene que tomar decisiones más refinadas que las de un jefe de estado, que mete la pata y hace preso al que lo critica o lo acalla con un soborno, o declara guerras impertinentes, como Clinton, a la hora de un aprieto electoral. Un manager tiene mucho menos margen para la trapisonda.

Todo eso lo entendía Eulalia Mujica, mi abuela, y no porque en mi familia solemos ser superdotados, sino porque no se trata de una representación icónica de hemisferio derecho intuitivo y visual del cerebro, sino de un caso de hemisferio izquierdo, calculador, racional, circunspecto. Por eso, como los ajedrecistas que juegan a ciegas, mi abuela entendía el beisbol, porque moviliza la inteligencia.


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El mundo es una pelota
La cultura en juego o el deporte por amor al arte
La vida es juego

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