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La «inteligencia artificial» es más artificial que inteligente
Domingo 9 de abril de 2000
Pascal, Pensées, § 262. El mito animistaLa computadora ha generado un mito esquizofrénico de dos vertientes opuestas y complementarias. Es el viejo mito animista, el Golem, el robot, la criatura del Dr. Frankenstein, la estatua de Pigmalión, el autómata: la máquina «hace» todas las cosas y, en consecuencia, siendo, según una vertiente, Dios y, según la otra, Satanás, hace todo el Bien o hace todo el Mal. La máquina actúa, piensa, tiene iniciativas, decide, resuelve, formula estrategias y las sigue, etc. Es un mito totalista, como todo mito maniqueo: la computación abarca todo lo que en el Universo tiene carácter de abarcable. La Leyenda Dorada de la computación
Habiendo enseñado Dédalo a volar a su hijo Ícaro, pereció este por culpa de su imprudencia. Mucho me temo que pueda aguardarles la misma suerte a los conglomerados humanos a los que los científicos de hoy han enseñado a volar [p. 23]. La posición de Russell es bastante más compleja que las simplificaciones anticientíficas de los que creen que la ciencia es incompatible con la poesía. No sólo ignoran lo que es la ciencia, sino también lo que es la poesía. La inconsecuencia de estas posiciones es cotidianamente evidente cada vez que estos personajes abordan un automóvil. Todo comenzó cuando Prometeo trató de ayudarnos, luego de que su hermano Epimeteo repartió abusivamente las habilidades y competencias entre los animales y dejó a los hombres con la sola ansiedad de saberse mortales. Prometeo entonces robó el fuego a los dioses y nos entregó el dominio de la naturaleza. Para los anticientíficos neorromanticones no bastaron los 30.000 años que Prometeo estuvo encadenado por ese delito; para ellos debiera estarlo aún. La versión Dédalo es, pues, la Leyenda Dorada, la versión Ícaro es la Leyenda Negra. Según la primera, la computadora resolverá todos los problemas. Una esperanza decimonónica confía en que las máquinas construirán por su cuenta la Utopía que los hombres no logramos. La máquina, libre de las pasiones humanas, ejemplarmente imparcial ante las miserias del hombre, logrará lo que su creador no consiguió. Estos nuevos mesías artificiales eliminarán el trabajo, la escasez, la miseria, el dolor y recobraremos el Paraíso Perdido antes del Juicio Final, volveremos a la Arcadia, esta vez electrónica. Una vez instaurada la Madre Computación en cada rincón de nuestra vida, podremos sustituir corazones defectuosos y circunvoluciones cerebrales incompetentes. Resolveremos incluso los «errores de diseño» que cometió la naturaleza al darnos una apéndice que sólo sirve, cuando sirve, para matarnos, una columna que a veces cumple pésimamente con la función de mantenernos erguidos ante los cuadrúpedos. Las máquinas nos enseñarán lo que no somos capaces de aprender o, mejor, sabrán todo por nosotros y decidirán sobre nosotros mejor que nosotros, porque sabrán mejor que nosotros qué es lo que nos conviene, nos rescatarán de nosotros mismos, y otras bienaventuranzas. El futuro no nos necesita, como dice Bill Joy, jefe de Investigación Científica nada menos que de Sun Microsystems. Joy está en los límites de ambas leyendas. He aquí su versión dorada (más adelante cito la negra): Diseñando programas y microprocesadores no he tenido nunca la sensación de que estoy diseñando una máquina inteligente. Los programas y los equipos son tan frágiles y las capacidades de la máquina para «pensar» tan claramente ausentes que, incluso como posibilidad, esto ha parecido estar muy lejos en el futuro. No son abundantes, sin embargo, los hábitats en que se manifiesta la Leyenda Dorada. Ella vive y se reproduce en algunas revistas de computación destinadas a aficionados más o menos ingenuos y en la prensa no especializada. Es una leyenda que se olvida sistemáticamente de que las máquinas no pueden salvarnos desde fuera porque son cosas que los humanos hemos hecho desde dentro de nosotros mismos. Es un discurso que sirve de contrapeso al de La Leyenda Negra de la computaciónque, por su parte, dice que sí, que va a suceder exactamente todo eso que dice la Leyenda Dorada, pero que no es una bienaventuranza sino un horror. Que la instauración de la Máquina Universal es una pesadilla orwelliana, con su Big Brother is watching you y todo. La computadora terminará sustituyéndonos o, peor, esclavizándonos y se convertirá en un tirano aun peor que el peor tirano humano, porque será inflexible, amoral e inmortal, no tendrá ni odios ni temores, ni amores ni olvidos, no tendrá, en fin, «debilidad humana» alguna, ni será siquiera, como Alá, «piadosa y apiadable». Porque también los malvados tienen debilidades y pueden «caer» en la clemencia. El Microprocesador de Satán es implacable y sordo a todo input, o aducto, que no le sea pertinente atender. El Brave New World prevalecerá para siempre en un universo definitiva y milimétricamente copado por microprocesadores. Aunque, según algunas versiones más o menos románticas del mito, el Espíritu del Hombre, rebelde por antonomasia, se alzará contra la racionalidad inhumana y ciega de las máquinas y terminará, como Robocop, derrotándolas, etc., etc. Y no hablemos de la serie 2001. A Space Odyssey, en donde aparece aquella máquina diabólica, emancipada de sus fabricantes, HAL, nombre en que, por cierto, cada letra es anterior a las siglas de IBM. Aquí entra la visión negra de Joy: Pero ahora, con la perspectiva de potencia de computación de nivel humano en cerca de 30 años, se sugiere una nueva idea: que puedo estar trabajando para crear herramientas que permitirán la construcción de la tecnología que reemplazará a nuestra especie. ¿Cómo me siento con esto? Muy incómodo. Habiendo luchado durante toda mi carrera para elaborar sistemas operativos confiables, me parece más que posible este futuro no funcionará tan bien como alguna gente puede imaginar. Mi experiencia personal sugiere que tendemos a sobrestimar nuestra capacidad de diseño. Nada más falso. Nada más cierto. Son, pues, como se ve, vertientes complementarias del mismo mito animista, ambas dicen lo mismo: que las máquinas hacen Todo. Las dos parten de la idea fija de que la computadora obra por su propia cuenta, y que no sólo obra sino que es capaz de obrar Todo. Y, sin embargo, es absolutamente lo contrario La computadora no hace nada. Es un principio radicalmente importante que suele pasarse por alto. Ella no hace nada que no esté programado, decidido y previsto por el programador. Este condensa en la máquina una serie de algoritmos que son los que tienen ese inquietante aire de actuación. Hay tres tipos de funciones en un programa:
Esto último no es un zumba. Pasa que, en la red lógica de la máquina, el programador puede provocar algunas combinaciones sin advertirlo. Esta inadvertencia es de monta: se trata de una incompetencia surgida de los límites analíticos de todo programador, que, sin quererlo, desata funciones generalmente indeseadas son los bugs, los gazapos de programación, o, por azar, deseables. En ningún caso se trata de un designio diabólico de la máquina, sino de una suerte de acción humana de aprendiz de brujo, que es lo que crea ese aire de metástasis de la lógica que los humanos han inscrito en la máquina. Generalmente esta metástasis termina controlándose en las sucesivas revisiones del programa, aunque en esas revisiones terminen colándose nuevas metástasis. Y así sucesivamente. En realidad lo que pasa es que el programador no hace sino corregirse, tratando de ser consistente con la lógica que él mismo aceptó como axioma. Pasa que por primera vez estamos frente a un artilugio que es capaz de remedar acciones intelectuales exclusivas del hombre. Un artilugio en que podemos congelar, hasta el momento oportuno, instancias de pensamiento o de representación, es decir, discursos, discurrires lógicos. Nunca antes, por automático que fuese, un artilugio había logrado comportarse como una mente humana. Es, pues, explicable que creamos que piensa. En cierto modo depositamos en ella una parte muy particular de nuestro espíritu. «El suertero que grita La de a mil»
el suertero que grita «La de a mil» El síndrome del jugador consiste en tentar un diálogo con la máquina, en ensayar convencerse de que tal vez, sí, en verdad, no es una máquina sino un Dios todopoderoso que persigue sus propios y superiores fines y nos está enviando señales que nosotros, impíos, no reconocemos, etc. Quién sabe ¿Cómo saberlo? Ésa es la desesperación del jugador: desafiar el Destino, emparejarse con los Poderes Superiores, con los Dioses, con las Leyes de la Naturaleza, con Lo Que Sea Que Sea Que Es Superior al hombre. Para la ruleta siempre hay una«próxima vez», porque, como dijo Mallarmé,«ningún lance de dados abolirá el azar». El vértigo ideal es del lance de dados que termina por«abolir el azar», cuando, contra toda probabilidad, el cero sale varias veces seguidas, por ejemplo. Éxtasis del azar puesto a raya, cautivo de una serie definitiva, es el fantasma ideal del juego: ver, bajo el golpe del desafío, repetirse el mismo lance, y por ese lance abolir el azar y la ley. Es en la espera de esta ganga simbólica es decir, de un acontecimiento que ponga fin al proceso aleatorio, sin caer por el mismo lance bajo el dominio de una ley objetiva que todo el mundo juega (Baudrillard, la Transparence du Mal. Essai sur les phénomènes extrêmes, París: Galiée, 1990). Se trata de configurar el mundo, de conjurar su errancia, para que, sojuzgado por nuestra voluntad, se vuelva una extensión de nosotros mismos. Puedo apostar a abolir el azar con un lance de dados, pero puedo también, sin apostar, delegar en la materia semoviente, la máquina, mis propios atributos, animando la materia, como extensión de mi cuerpo y perpetuándome en ella mediante un invento que mis descendientes, adeptos y adictos prolongarán, perfeccionarán y expandirán en mi nombre. Mi alma se prolongará en esos objetos, que vivirán por mí y por mis descendientes, adictos y adeptos, etc. El mismo mito animista ha vivido y muerto ya antes con otras máquinas semovientes: las bombas aspirantes-impelentes, servomecanismos elementales como los termostatos o las válvulas autorregulantes de los tanques de agua. Llegó a haber aparatos automáticos que servían para el culto, como las hélices de los monjes budistas, que repetían oraciones inscritas en cada aspa, o como el templo que diseñó Herón de Alejandría, hacia el año -100, de tal modo que si se ofrecía un sacrificio se abrían las puertas, y se cerraban cuando se apagaba el fuego. Los antiguos no continuaron con estos desarrollos tecnológicos, no los aplicaron siquiera al trabajo, porque, dicen tal vez había otras razones, tenían demasiados esclavos disponibles, lo que, de paso, los dispensaba de incurrir en el mito animista, pues finalmente a pesar de lo que entonces se decía un esclavo no es«una cosa que trabaja», sino, en todo caso, un hombre que trabaja como cosa. Ya la computadora será desplazada por otro artilugio más complejo,«más automático» Ya veremos qué decidimos entonces, como implica Danny Hillis, del Laboratorio de Medios (el Media Lab) del M.I.T., entrevistado por Stewart Brand (El laboratorio de medios, Buenos Aires: Galápago, 1988), en plena disquisición doctrinaria del animismo redivivo, o inmortal: Danny Hillis: ¿Ve usted esa imagen de un circuito integrado? (señaló con un gesto el diagrama, en tamaño mural, de un circuito integrado de computadora instalado en una pared lejana, que se asemejaba al sistema de calles, agua y electricidad de una ciudad). Ése es el diseño de un circuito integrado muy simple. Lo bueno de ese circuito integrado es el método por el cual fue producido: se escribió un programa LISP muy sencillo y se lo compiló en un circuito integrado. Se dijo:«Hagamos un chip que haga eso», y el sistema lo diseñó, en forma completamente automática. Nadie trazó ninguna de esas líneas, realmente nadie tuvo siquiera que imprimir esa imagen. Podríamos haber enviado simplemente el diseño del software y hacer que se incorporara al circuito integrado físico. Stewart Brand: ¿Es eso siniestro? ¿Debemos preocuparnos? ¿Es ése el robot autorreproductor que todo el mundo ha venido anunciando premonitoriamente? DH: Siempre debe preocuparnos el progreso. Cualquier capacidad nueva tiene un costado por el cual es preciso preocuparse. SB: Lo preocupante es en qué medida eso se autoalimenta: ¿hay algún avance descontrolado incorporado en esto? DH: Bueno, ¿está usted seguro de que un avance descontrolado es malo? SB: No. DH: Sí, creo que con el tiempo se autoalimentará. Pienso que estas máquinas llegarán a diseñar a sus sucesoras, y después de un tiempo no entenderemos cómo funcionan. SB: ¿Todavía las entiende usted? DH: Sí, pero estamos a punto de no comprender. En la próxima generación habrá un nivel de detalle que habrá sido diseñado en forma automática y no lo comprenderemos. Ya vemos eso en algunos de los programas de Inteligencia Artificial: a veces nos sorprende lo inteligentes que son, en particular cuando han sido construidos por un puñado de personas distintas y se producen interacciones sinérgicas entre las cosas que la gente ha hecho. La Leyenda Negra es optimistaLa situación no es tan grave como sostiene la Leyenda Negra. La situación es peor. Los mitos se ha dicho tanto sirven para aliviar nuestros temores, dándonos una ilusión de orden en el caos de la realidad. Así, la Leyenda Negra ha construido un universo patético, alarmante, pero fácilmente abatible, en última instancia siempre derrotable. Pues bien, no: la situación es mucho más perversa: Como no es posible hacer«pensar» a las máquinas como piensa la gente, y como tampoco es posible demostrar que las máquinas piensan como la gente, los aparatos político-ideológicos de dominación pueden decidir arbitraria y totalitariamente que la gente debe pensar como las máquinas y excluir del mundo a todo aquel que se muestre incapaz de tal. Pero como es imposible pensar como una máquina, a lo que sí es factible es llegar a condiciones tales que el hombre se convierta en un auxiliar de cierta hipertrofia racional del pensamiento congelada en la máquina, según la cual sólo es posible concebir aquello que es «computable», con exclusión de todos aquellos elementos del espíritu que hasta el momento, y tal vez para siempre, serán «no computables» por las actuales máquinas. Envilecimiento que nos puede llevar a convertirnos en auxiliares, en prótesis de las máquinas. Es más, ya eso está pasando y ha sido debidamente instalado en los procesos burocráticos de todos conocidos. Pregúntale a Kafka. Nos convertimos en auxiliares, prótesis, de ciertos aparatos de dominación humanos o instrumentados por humanos. No seríamos dominados por las máquinas, sino más bien por los aparatos humanos, demasiado humanos, que dominan a través de las máquinas. Es un proyecto imposible tal como figura en las versiones de ciencia-ficción de la Leyenda Negra. Sí puede, sin embargo, realizarse parcialmente, gradualmente; es más: ya está realizado. La instrumentación de los seres humanos por otros es muy anterior a la computación, esta tecnología lo que ha hecho es perfeccionarla en un particular sentido, en el de la generación de una nueva especie de esclavo: el ingeniero, por ejemplo, que se forma sin autonomía ética y en general sin humanidades, es decir, sin humanidad para que pueda lanzar ingenios nucleares a sus semejantes, sin que su disciplina misma lo perturbe con escrúpulos de carácter ético; o el humanista, por ejemplo, ignorante de los principios de la física y que tiene en materia científica lo que Tresmontant llamaba una «ignorancia sin lagunas». Ambos son complementarios y se ignoran estratégicamente para que el aparato industrial-militar funcione del modo admirable y aterrador que le conocemos. La pesadilla electrónica de la Leyenda Negra existe en los grandes archivos de los países altamente industrializados, en donde se guardan informaciones estratégicas sobre todo ciudadano. La pesadilla de la Leyenda Negra existe cuando algún aparato burocrático utiliza los límites de la máquina para escudar sus arbitrariedades. La pesadilla de la Leyenda Negra existe cuando una sociedad termina adoptando el único modelo epistemológico posible dentro de los parámetros de las actuales computadoras y se monta una versión cibernética del stalinismo. Un conocimiento suficiente y totalEsta computadora es probablemente imposible, porque hacer que piense como tú requiere un conocimiento suficiente y total de tu mente. ¿Lo tienes tú? ¿Lo tiene tu siquiatra? Lo tiene solo Dios, quien, me han asegurado, es el único que tiene un conocimiento suficiente y total de todo. No se le pasa ni un detalle. Esa máquina, además, debiera tener temor de morir, tener intereses, inclinaciones políticas, deseos sexuales, fantasías, deseos insatisfechos, añoranzas, nostalgias, amores, satisfacciones espirituales y también físicas, placeres, dolores, alegrías, rabias, manías, estupideces, sadismos, masoquismos, iniciativa, voluntad en suma. Y viéndolo bien, no parece que en el estado actual ninguna computadora tenga características como esa. Están por encima de nosotros porque no tienen miedo de morir. Están por debajo porque no están vivas. Y si a ver vamos, ¿quién quiere una computadora que sea como uno? Para eso está tu vecino.
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