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El hombre invisible Domingo 10 de noviembre de 1996
Virgilio, claro poeta romano, Eliseo Diego No es fácil la vida del hombre invisible. Lo relatan H.G. Wells y Julio Verne. José Ignacio, por su parte, decía que en su infancia fantaseaba con ser el hombre invisible para ver la totona de no sé quién. Pero según los clásicos, la condición es permanente. Verne señala, de todos modos, que el que derrama su sangre torna a ser visible. La fantasía perfecta es poder hacerse invisible a voluntad, de vez en cuando, para andar por ahí viendo cosas que no se dejan ver a todos. Uno sería invisible para poder ver más. Esos todos son, por tanto y de facto, invisibles también. Confieso con cierto sonrojo que me gustaría la imperceptibilidad para presenciar una reunión del CEN de Acción Democrática. Así soy de morboso a ratos. O los dos tête-à-tête del Papa con Fidel. ¿Te imaginas lo que habló ese par sin testigos? En alguna de sus buenas etapas la Radio Rochela inventó un personaje genial: Juan Nadie. Vivía tirado en un pasillo y nadie lo veía. La gente conversaba, decidía, resolvía, él les hablaba y nadie lo veía ni lo escuchaba. No solo era invisible sino inaudible. Era la versión moderna de Juan Bimba: como ya no sirve a nadie para la demagogia se ha vuelto invisible e inaudible. Se comprende. Desde un buen restaurante, en aire acondicionado, desde un automóvil confortable, en esa alucinación negativa, hay gentes que no se ven. No son personas porque entran en ese punto ciego del ojo social en que no se perciben porque no cumplen nada al que los vería, no conjugan, no concuerdan con nada reputado. Son un expletivo simbólico, como los zapatos viejos, que, según Eliseo Diego, «ni les queda apenas color: solo el color general a que se estrechan las cosas en la agonía». Las cosas que miramos, que son de la vida, tienen un color intencional, pero cuando las perdemos van mudando a la deriva natural, sin supervisión humana. Nadie contempla una silla tirada en un tejado, descosiendo sus átomos al sol y la lluvia. Salvo los poetas o los mismos hombres invisibles, que recogen latas y periódicos de ayer para llevarlos a una manufactura donde les devuelven algún color que merezca miramiento. Así, cual hay trastos vencidos, hay gente que no es percibida. Un pensionista del IVSS, un niño de la calle, por ejemplo, dos cabos de una sola vida, la que acaba sin culminar y la que comienza sin acogida. ¿Qué rasgo puede mirarles el altanero cómodo? A lo sumo los ve sin mirada, para apartarlos, para que ya no estén ahí estorbando, porque sobran en este mundo de nubes y árboles. No tienen cabida entre arroyos y mármoles. No hay bosque ni vereda para ellos. Se los mata sin rencor ni remordimiento, o se los deja morir con el ensañamiento de la negligencia. Las teorías económicas al uso no los conjeturan siquiera claro, ni son teorías ni son económicas porque son inhumanas. Países enteros desechados sin color. Solo se ven, con terror, cuando irrumpen en el campo visual, en un atraco a la casa de Armando Sánchez Bueno, senador, como un pequeño 27 de Febrero, pero es tan efímero ese pavor que se olvida pronto y sin meditación. En esa ciega altivez se agolpan algunos que no ven a quién hacen daño sin sentirlo y sin remorderles, en la inocencia embrutecida del poder, que solo atribuye existencia a lo poco que entiende y apenas vislumbra a ciertos prójimos para no tropezarlos.
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