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La realidad ya no es lo que era

Caracas, 2 de agosto de 2005

Discurso en ocasión de la entrega del XIV Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos a Isaac Rosa por su obra El vano ayer.

Discurso de Isaac Rosa.

Caracas, 2 de agosto de 2005

La realidad es caótica, decía José Ignacio Cabrujas. Uno sale de su casa y no sabe lo que va a pasar. La ficción, en cambio, es ordenada, predecible, según sea el canon narrativo: épica, cuento de misterio, novela de aventuras, prensa sensacionalista.

La ficción es, además, un pasaporte para no pensar ni arriesgarse, pues el autor piensa por el lector y este se deja arrastrar río abajo sin tropiezos, sabiendo que, pase lo que pase, a él no lo dañará la realidad virtual del papel. En caso de aburrimiento, de desinterés o de terror insoportable, siempre se puede cerrar el libro o cambiar de canal si la narración es de televisión. En última instancia el lector puede decir: «Eso no es conmigo». Puede sentir simpatía o antipatía por algún personaje o emocionarse con alguna acción, pero nunca correrá peligro alguno.

No así en esta novela de Isaac Rosa, El vano ayer, en que línea a línea uno lo arriesga todo, la ética, la postura política, la opción social, la perspectiva histórica y la valoración del presente y del futuro. Porque uno tiene que completar el trabajo del autor y eso a su propio riesgo. Uno se juega la vida al leer esta novela porque, sea que uno confirme sus ideas previas, las abandone o las modifique, uno se compromete a fondo con lo que vive fuera del libro, en la llamada «vida real».

Hay gente para quien la realidad es rectilínea, un carril sin extravíos que conduce de un punto a otro, siempre por el mismo camino. Su vida es una novela de quiosco. Es una suerte pensar así, porque todo calza y el caos de la realidad se ve desmentido por la idea quijotesca que se tiene de ella. Todo está ordenado, todo es sosiego, hasta en el extremo de la guerra, generalmente más impredecible que la paz. Ojalá fuera así o, más bien, menos mal que no es así. El tigre de hace cinco mil años era el mismo tigre de hoy, decía José Ortega y Gasset. No así el ser humano.

En estos tiempos venezolanos recientes para mucha gente la realidad es una confirmación de prejuicios muy viejos. Pero no, que lo percibamos así o no, el mundo es complejo, los acontecimientos no avanzan por un solo carril, hay que ir haciendo el camino al andarlo, hay que inventar o errar, por más que alguna gente prefiera la versión paradójicamente alarmante y tranquilizadora que le dan algunos medios de comunicación. Alarmante porque les presenta canónicamente lo que está pasando como una amenaza apocalíptica, en la que todo lo que vislumbraba como su vida y su normalidad está minuciosa y premeditadamente sitiado, hostigado, rastreado, ahogado, sofocado por enemigos incansables, lo que justifica entonces toda clase de violencias y hasta invasiones catastróficas. Según esta visión, no hay futuro, no hay fe, no hay esperanza sin el trámite de la violencia ilimitada. Pero esta visión apocalíptica es también tranquilizadora porque ambienta ese caos complejo en unas cuantas fórmulas simplonas que todo lo explican con definiciones de hace varias décadas o de ninguna, porque nunca tuvieron vigencia. Es el camino derecho a la derrota.

Cómo quisiéramos convencer a los simplistas de que la realidad no es así y no solo a los que se oponen a lo que hacemos, sino a muchos que nos acompañan, que también tienden a simplificarlo todo en una acción épica de banderas callejeras. Cada día los que estamos en este menester de combatir la pobreza y la exclusión nos encontramos con que la realidad presenta nuevos contratiempos a veces inexplicables, a veces testarudos, a veces agotadores. O nos presenta sorpresas porque los desafíos resultan más fáciles de vencer de lo que parecieron al principio. Después de Einstein, la realidad luce según uno se ponga en ella y después de Heisenberg no hay certidumbre. Heisenberg pudo haber estado aquí.

Por eso es una suerte tener esta novela hoy en Venezuela, este compromiso crítico, para que todos, simplistas o no, paranoicos o incautos, sea cual sea nuestra opción política, social, religiosa, afectiva, vayamos avanzando con los ojos bien abiertos, combatiendo el caos con lucidez y no con la ceguera simplificadora, amarga y a veces esquizofrénica de los que creen todo lo que les dicen, sin examen, sin crítica, y asumir cada quien su responsabilidad, como exige esta novela de Isaac Rosa, que hoy premiamos con orgullo y con admiración.


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