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Izquierda, izquierda, siempre izquierda

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 23 de febrero de 1997
Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Venezuela es el único país donde no hay derecha. No solo es el país donde nunca nadie se ha equivocado (como dije en domingo 12 de enero pasado en «Estanislao, el que nunca ha fracasao»), sino que ahora resulta que Miguel Rodríguez declara ser un elemento de centro-izquierda. Claro, izquierda y derecha son relaciones topológicas, esto es, relativas: según y como me ubique estaré a tu izquierda o a tu derecha. Pero eso es en los países donde hay derecha. No habiendo derecha solo queda el centro. Curioso centro ese que solo tiene un lado. Yo había oído hablar de la geometría no euclidiana, pero esto no es geométrico sino cómico.

En Colombia hay conservadores, en Inglaterra existe un orondo Partido Conservador. En Francia a la derecha no le avergüenza sentarse en el lado derecho en la Asamblea Nacional desde los tiempos de la Revolución aquella. A los militantes del Partido Republicano de los Estados Unidos, del «Grand Old Party», les enorgullece que se les reconozca como gente retardataria. Será porque en esos países hay cosas que vale la pena conservar.

En Venezuela no. Aquí a lo sumo hay boquirrubios que sostienen que «ya no hay izquierda ni derecha». De esos novicios hablaba Simone de Beauvoir en su famoso libro El pensamiento político de la derecha: «El que dice que ya no hay derecha ni izquierda es porque es de derecha». Tan maluca.

La derrota de los conservadores venezolanos durante el siglo pasado abolió la denominación. Por eso no es aplicable aquella observación einsteiniana de Lenin según la cual quien se dirige indefinidamente hacia la izquierda termina en la derecha. Por eso García Márquez decía que la diferencia entre Venezuela y Colombia es que aquí los liberales ganaron todas las guerras. Pero los conservadores terminaron aliados de los liberales, de modo que tuvimos una guerra feliz, en que solo hubo ganadores. Mira la cosa en el Tratado de Coche. No cabe esperar menos de un país en que nunca nadie ha fracasado. Los que entonces eran conservadores y centralistas ahora vendrían siendo neoliberales descentralizadores, o sea liberales modernos. Qué enredo. Un día un urbanista emprendedor y neoliberal planificará ciudades con todas las calles en bajada. El ahorro en combustible será considerable y la vida en general mucho más descansada. La cosa es tan interesante que ni los neoliberales quieren ser de derecha, sino que llaman atrasados, conservadores y retrógrados a los que otrora eran llamados izquierdistas, ultrosos, ñángaras, extremistas, etc., es decir, los que promueven la estatización de los medios de producción. No sé qué mérito de la inteligencia tiene esto de llamar dinosaurios a los que privilegian el Estado, porque hay cosas viejas que son muy buenas, entre ellas ciertas especies de animales poco evolucionadas que han sobrevivido precisamente por lo bien diseñadas que están. La rueda se inventó quién sabe cuándo y no veo por qué abandonarla solo por vetusta. Es argumento de sifrina de las de antes, para quienes lo único válido era lo último, lo que estaba de moda. El argumento me parece menesteroso y será que me recuerda demasiado la retórica ñángara contra «el pasado». Por eso los Guardias Rojos de la China de Mao, cuando la Gran Revolución Cultural Proletaria, destruyeron museos y valiosos archivos porque eran viejos. Será también que tengo debilidad por la inteligencia.

Supongo, pues, que si Rodríguez es de centro-izquierda, debe estar a la relativa izquierda de neoliberales tan leales con sus principios que seguramente exigen la eliminación de los semáforos, pues son una intromisión del indeseable Estado contra los automóviles más eficientes. Tal hacían los Guardias Rojos: rompían la luz roja de los semáforos para que la Revolución no se detuviese. Lenin como que tenía razón: terminaron en la derecha. Por eso no ha habido mejor combustible para la derecha que los ex izquierdistas arrepentidos, tan insoportables antes como ahora.

La semana pasada un duendecillo de la memoria me hizo poner a Mercucio como personaje de Otelo. Me resonó entonces una admonición imaginaria de Guillo Agitalanza: “Behold tither a ponderous equivocation, as Mab-inspir’d nimble-mindèd green prankish Mercutio befits not ev’n the frailest serviceable dramatic commissioning in cumbrous Othello’s endeavours.”


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