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Mal decir Caracas, jueves 16 de octubre de 2003 Hablar es jugarse el poder. Los adecos pusieron morado al pobre Rafael Caldera porque escribió avocar cuando correspondía abocar. Abocar y avocar existen, pero con significados claros y distintos, lo que a Caldera tocaba saber por académico de la lengua y por abogado, pues avocar es término jurídico. Único venezolano infalible, Caldera no admite aún el error. Pregúntale y verás. Peor le fue al candidato presidencial Ángel Biaggini en 1945, cuando escribió entuciasmo, y los adecos, ya entonces apasionados gramáticos, le propinaron hasta la guaracha La c de Biaggini y dieron un golpe al que agraciaron con la advocación de «Revolución de Octubre». De más indulgencia goza George W. Bush, gracias a sus bombas atómicas. Por eso sus bienquistos celebran, o silencian, frases así: «Si no triunfamos corremos el riesgo de fracasar» (www.bushisms.com). El beisbolista Yogi Berra profirió esta obra maestra: «Ya nadie va [al estadio] porque está lleno». Como Bush, también es asendereado en verdades de Perogrullo: «[El juego] no termina sino cuando termina» (It aint over till its over). Carlos Fernández maltrató no solo el país sino la gramática durante diciembre y enero pasados con su dequeísmo, sus «hubieron marchas» y otros giros que a menudo impidieron entenderlo. Eso explica por qué no captamos que se iba a Aruba y que lo de recibir el año en la autopista era solo para inocentes. En aquel festival de dislates Carlos Ortega formuló el más vistoso: «La gente inteligente, como es el caso de este gobierno, creo que es mejor que se conviertan en brutos a ver si realmente nos respetamos los unos a los otros». Difícil condensar tantos calambres gramaticales y lógicos en una sola respiración. Con razón la Gente de la Cultura lo ovacionó, ahí en el Eurobuilding el Día de los Santos Inocentes de 2002. Esos mismos intelectuales de Ortega apoyaron el paro patronal con esta verbena de redundancias: «Es un paro nacional con la contundencia de ser el primer paro total de todas las operaciones de la primera industria del país» (El Nacional, 11-12-02). Dos paros, primer y primera, amén de total y todas. ¡Olé! Lo dijo la élite esa que no ha confesado que ha vivido de callar todo atropello. Así se fue intelectual durante décadas. En esa redacción ofuscada culminó la pulquérrima exquisitez que farolean. Rómulo Betancourt denunció una bomba activada por «un reloj de tiempo», lo que demuestra que no todo adeco es gramático. Esa redundancia inspiró a Aníbal Nazoa una columna de gazapos llamada Reloj de tiempo. Soy indulgente con estos errores, porque la Real Academia tiene tendida una red para cazar distraídos. Cualquier venezolano cae en ella cuando, en vez de halar, jala, porque en gran parte aún vive, en cuanto a lenguaje, en pleno Siglo de Oro español. En este artículo puse, fuera de las citas, que yo sepa, al menos, un uso a grosso modo incorrecto en que deliberadamente violo una regla gramatical. El que no capte al menos ese error deberá estudiar gramática en lugar de disparar sin averiguar primero.
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