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Sección: Bitblioteca
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La mordida
El moralismo es la versión más perversa de la inmoralidad. No soy historiador del boxeo, pero cualquiera sabe que la vejez de los pugilistas está colmada de achaques provocados por los embates de la profesión. No veo peleas ni de botiquín, pero como no soy moralista no censuro el boxeo, cual tampoco repruebo los toros, cuyos lances suelo disfrutar desde lejos, entre otras cosas gracias a los artes literarios que suscita. Pero, eso sí, el boxeo no solo es brutal en el cuadrilátero sino fuera de él, y aun más, porque allende se mueven todas las mafias y cuanto mal proceder ha concebido la villanía. Se alimenta de gente que ha aprendido a sobrevivir mediante los procederes más atroces en los barrios de apuros, gente para quien la descortesía es cosa de vida o muerte y reflejo condicionado. Defenderse a cuchillo o a dentelladas es cuestión de los recursos que se tengan, o quién sabe si de estilo; lo que importa es perdurar: il faut surtout durer, dicen en Francia. Llegar a los 30 años es récord olímpico. Pero ahora hay un linchamiento gazmoño ya lo llaman El Caníbal para el boxeador que ruñó las orejas del otro. Hace poco despidieron a un empleado de una manufactura norteamericana de armas atómicas porque tenía fotos de mujeres desnudas en el disco duro de la computadora que usaba. Es decir, fabricar las armas de la hipermuerte, las de una guerra tan inconcebible que aún no ha inspirado a los poetas, como la de Troya engendró a Homero; construir las armas que pueden extinguir la vida sobre la Tierra, incluyendo a tu bebé, pues bien, eso no es inmoral para Tartufo. Lo es, sí, algo tan saludable como mirar chicas en escasos o ningunos mantos. En la misma onda farisaica, una teniente del ejército norteamericano fue obligada a renunciar recientemente a su grado no porque fuese experta en pilotar bombarderos diseñados para aniquilar poblaciones enteras, sino porque según el chisme se entendía con un hombre casado y andaba de lo más regalada con los soldados. Es como esas películas en que una pareja se hace sanas delicias, para que segundos después aparezca un degenerado con un cuchillo quesero y despedace a los amorados, especialmente a ella. La televisión, moralista, corta la escena del amor, no la del descuartizamiento. El amor, para el moralismo, es censurable, no tal la violencia más desmesurada y repulsiva. Dos tipos dándose mameyazos ante un público enardecido no son inmorales. Que de un solo porrazo uno deje al otro en vida vegetal, si alguna le queda, no es inmoral. Un tarascón sí. Tampoco es reprobable que los boxeadores después de cada pelea vomiten sangre para que los promotores medren. Algún arreglo encontrarán, porque el hombre rinde pingüe lucro, como el pelotero de aquí y sobre todo de allá a quien le compusieron un asesinato cometido entre tragos. A menos que se les haga tan inmanejable como Maradona, que se ha labrado su destino de camorrista de esquina en vez de campeón mundial, que pesa tanto. Quién sabe si esa mordida hasta por cariño sería. O quiera ser torero, cortando orejas.
Otras obras y artículos del mismo autor Roberto Hernández Montoya es Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela, Jefe de Redacción de Venezuela Analítica, Director de La BitBlioteca; miembro de las direcciones editoriales de Venezuela Cultural e Imagen; columnista de El Nacional, Letras, Imagen e Internet World Venezuela. Cursó estudios de análisis del discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Fue Presidente fundador de la Asociación Venezolana de Editores y Director de la Editorial del Ateneo de Caracas.
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