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Con su música a otra parte

10 de agosto de 2000


Con su hijo Herman en 1998

John, Paul, George y Ringo vivieron su primera juventud como músicos, viajaron por Alemania, tuvieron unos cuantos admiradores y luego se dispersaron por apremios económicos. John se hizo repartidor de farmacia y Paul chofer de taxi; nadie recuerda ya qué fue de George, algunos dicen que se volvió cantinero en el puerto de Liverpool. A Ringo le fue mejor, como payaso en un circo en el que ganó alguna estimación provincial y provinciana.

Así tal vez hubiera ocurrido si los Beatles no hubieran conocido a Brian Epstein. Pero este ejercicio no es solo una especulación. Se propone más bien convidarte a reparar en cuántas bandas no fueron viables. Por cada una como los Beatles es imaginable pensar que hay miles de grupos talentosos que se disuelven antes de que su talento sea apreciado masivamente. Así operaba la industria disquera: brutalmente. Ahora surge una situación inusitada, superpoblada de sutilezas nuevas que apenas comenzamos a asimilar.

Antes, para piratear un disco había que tener un costoso quemador masivo de CDs y una red de distribución. Ahora cualquiera puede intercambiar música por Internet. Era cuestión de tiempo: no pasó mucho antes de que aparecieran mil sitios Web de corretaje: Napster, MP3, Scour, Hotlinehq, Gnutella. Como en las ventas de libros viejos, estos sitios reúnen a la gente alrededor de un zoco virtual para intercambiar música. La gente no canjea objetos tangibles (átomos), sino información (bits): sonidos, letras, patrones de punto de cruz. Y no paga por ellos.

Estamos en una singularidad: cualquier cosa puede pasar. Ya ha comenzado a pasar. El sitio my.mp3.com ha sido demandado por la industria por violación de derechos de autor. Introduces un CD en tu computadora, a la que previamente has instalado cierto programa. La máquina envía la información a my.mp3.com. Si este tiene digitalizado ese CD, te lo libera para que puedas oírlo donde quiera haya computadoras conectadas a Internet. Tienes que tener el CD para demostrar que pagaste los derechos. Pero me puedes dar tu clave de acceso y así puedo oír tu discoteca completa desde mi computadora, sin haber pagado. En justa reciprocidad te doy mi clave para que oigas mis discos.

Pero... ¿es justa esa reciprocidad? Parece que no. Veamos los argumentos, tal como los analiza Joanne Jacobs, en el San José Mercury del 3 de agosto de 2000:

  • Es culpa de la industria disquera por su lentitud en ver el desafío electrónico y no ofrecer alternativas. La culpa es, pues, de la víctima.
  • De todos modos ya la industria está esquilmando a los músicos al darles solo una pequeña porción de las ventas. Esquilmemos, pues, a la víctima de la víctima.
  • Los usuarios de Napster usan el trueque de nuevas canciones para catarlas y luego comprar más CDs. No hay, pues, víctima.

Pero la industria disquera también es culpable de muchos abusos:

  • Recientemente un músico venezolano debió recurrir a toda clase de artimañas para zafarse de un contrato leonino que le prohibía hasta cantar el Cumpleaños feliz en una fiesta. Había tenido que firmar ese contrato cuando no lo conocía nadie porque era la única oportunidad de grabar un disco.
  • Los Beatles tuvieron que formar su propio sello, Apple, porque las disqueras los robaban sin ninguna consideración. Así ha ocurrido en Venezuela con Billo, Cristóbal Jiménez, Juan Vicente Torrealba. Recientemente Courtney Love protestaba porque su casa disquera la estaba explotando sin clemencia alguna. Son de cocodrilo las lágrimas de las disqueras ante la violación de derechos de autor. Lo que reclaman es su derecho a esquilmar ellas solas a los músicos. Además, una ley que la gente no cumple se vuelve inoperante y por tanto no es ley nada, empíricamente hablando.
  • Mucho después de que ya los costos han sido amortizados, los discos se siguen vendiendo a precios exorbitantes, para no hablar de que para tener una canción debes comprar un álbum, donde hay otras que tal vez no te interesan. El dilema es inclemente: compras el álbum y tiras tu dinero porque compras piezas que no te interesan; no lo compras y te pierdes esa canción que te gusta.
  • El artista, además, se ve obligado a componer relleno para completar el álbum.
  • Se contamina el ambiente con los discos desechados, no biodegradables.

La solución no es, claro, cambiar una injusticia por otra: justificar el robo al artista porque ya la empresa lo roba, porque entonces el artista termina robado por dos ladrones: la disquera y el pirata. El que más merece ganar es el que más perdería.

Pero el asunto es tornasol y tiene muchos matices. Claro, las disqueras gritan apocalipsis porque es el fin de su modo de hacer negocio y las mentes rutinarias se alarman ante cualquier cambio que las obligue a pensar. En mi inocencia siempre creí que la mente servía para pensar. Ahora descubro que también sirve para no pensar. La vida consiste en ir perdiendo la inocencia. Pero así como se pierde, se gana en lucidez. Basta en persistir en usar la mente para lo que está hecha: pensar. Veamos algunas alternativas de solución al «problema».

Pero... ¿es realmente un problema? Tal vez sea más bien un millón de soluciones. Examinemos algunas. El primero que lo agarre es de él, reza el dicho.

  • Para los artistas principiantes este modo de intercambio puede ser su único medio de subsistencia antes de ponerse a trabajar de taxistas, como llegó a hacer Philip Glass cuando no gozaba de la bienquerencia general. Pueden poner su propio sitio en Internet y promoverse desde allí. Total, lo primordial para un músico es hacerse oír, the rest is silence.
  • Hay sitios, como www.garageband.com en donde los visitantes votan por las bandas. La ganadora obtiene un contrato de $ 250.000 para grabar y promover su primer álbum. Los más populares ganan. Las disqueras también, porque su elección es menos conjetural.
  • Es posible abaratar el acceso. Tal vez lo que se venda a la larga sea solo información. La RCA no me venderá ya a Gardel, sino información sobre Gardel y me regalará su música como anzuelo.
  • Un disco tiene su sitio Web donde se añade información cada tanto y puedo intercambiar puntos de vista con otros oyentes. ¿Qué tal uno sobre Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band? Ya lo hacen Amazon y Barnes & Noble. Es una situación parecida a la de los vendedores de programas, que se quejan de la piratería. Pero si vendieran los programas a un precio mejor, si los programas tuvieran una mejor calidad y si la compra implicara respaldo técnico suficiente, la copia ilegal se reduciría a cifras marginales, cuando no insignificantes.
  • Stephen King ofrece un capítulo de su próxima novela en www.stephenking.com. Si el 75% de los visitantes le paga un dólar, King continúa publicando capítulos. Es el chantaje de Cherezada: si el sultán la mata, pierde el desenlace. Tal opera la telenovela. Se llama vivir del cuento.
  • Hay un problema más radical: la generación Rugrats lo quiere todo gratis y ya: programas, música, imágenes. No quiere pagar ni quiere esperar. Por eso los sitios pagos han tenido que abrir sus puertas, salvo los pornográficos. No se aceptan limitaciones —censura, restricciones de acceso, etc. En Internet los límites son interpretados como error de funcionamiento, al que se busca una vuelta. Compras un DVD en Asia y no puedes usarlo en una unidad comprada en los Estados Unidos. Un hacker descifró el código de bloqueo y lo publicó en Internet. La industria está tratando de detenerlo tal como un loco trata de estancar el Orinoco con una mano.

Pero, ¿por qué no navegar con el Orinoco? Quizá los dinosaurios se extinguieron porque no quisieron navegar con la corriente. Solo sobrevivieron los caimanes y las tortugas que se fueron río abajo. ¿Pasará lo mismo con los grandes saurios de la industria disquera?

Un abuso conduce a otro. Y, sin embargo, no debiera ser tal difícil establecer normas aceptables por todo el mundo. Pero para eso hay que amansar la codicia de las empresas, lo que paradójicamente redundaría en su mayor beneficio. Si los CDs en lugar de costar lo que cobran actualmente, ganaran la mitad o menos, la compra de CDs sería inmensa. La tecnología permite incluso la desaparición del CD como objeto tangible: si se distribuye la música a través de las redes, el costo sería aun más reducido y seríamos más ricos —al menos en materia musical…


RHM, Las melodías de Internet | Del camello a Internet
Mellow Techno Rock in the Park
Karma Peiró, Con la música a otra parte
Javier Villate, Napster, Gnutella... y la tercera revolución de Internet
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