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Sección: Bitblioteca
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Con su música a otra parte 10 de agosto de 2000
John, Paul, George y Ringo vivieron su primera juventud como músicos, viajaron por Alemania, tuvieron unos cuantos admiradores y luego se dispersaron por apremios económicos. John se hizo repartidor de farmacia y Paul chofer de taxi; nadie recuerda ya qué fue de George, algunos dicen que se volvió cantinero en el puerto de Liverpool. A Ringo le fue mejor, como payaso en un circo en el que ganó alguna estimación provincial y provinciana. Así tal vez hubiera ocurrido si los Beatles no hubieran conocido a Brian Epstein. Pero este ejercicio no es solo una especulación. Se propone más bien convidarte a reparar en cuántas bandas no fueron viables. Por cada una como los Beatles es imaginable pensar que hay miles de grupos talentosos que se disuelven antes de que su talento sea apreciado masivamente. Así operaba la industria disquera: brutalmente. Ahora surge una situación inusitada, superpoblada de sutilezas nuevas que apenas comenzamos a asimilar. Antes, para piratear un disco había que tener un costoso quemador masivo de CDs y una red de distribución. Ahora cualquiera puede intercambiar música por Internet. Era cuestión de tiempo: no pasó mucho antes de que aparecieran mil sitios Web de corretaje: Napster, MP3, Scour, Hotlinehq, Gnutella. Como en las ventas de libros viejos, estos sitios reúnen a la gente alrededor de un zoco virtual para intercambiar música. La gente no canjea objetos tangibles (átomos), sino información (bits): sonidos, letras, patrones de punto de cruz. Y no paga por ellos. Estamos en una singularidad: cualquier cosa puede pasar. Ya ha comenzado a pasar. El sitio my.mp3.com ha sido demandado por la industria por violación de derechos de autor. Introduces un CD en tu computadora, a la que previamente has instalado cierto programa. La máquina envía la información a my.mp3.com. Si este tiene digitalizado ese CD, te lo libera para que puedas oírlo donde quiera haya computadoras conectadas a Internet. Tienes que tener el CD para demostrar que pagaste los derechos. Pero me puedes dar tu clave de acceso y así puedo oír tu discoteca completa desde mi computadora, sin haber pagado. En justa reciprocidad te doy mi clave para que oigas mis discos. Pero... ¿es justa esa reciprocidad? Parece que no. Veamos los argumentos, tal como los analiza Joanne Jacobs, en el San José Mercury del 3 de agosto de 2000:
Pero la industria disquera también es culpable de muchos abusos:
La solución no es, claro, cambiar una injusticia por otra: justificar el robo al artista porque ya la empresa lo roba, porque entonces el artista termina robado por dos ladrones: la disquera y el pirata. El que más merece ganar es el que más perdería. Pero el asunto es tornasol y tiene muchos matices. Claro, las disqueras gritan apocalipsis porque es el fin de su modo de hacer negocio y las mentes rutinarias se alarman ante cualquier cambio que las obligue a pensar. En mi inocencia siempre creí que la mente servía para pensar. Ahora descubro que también sirve para no pensar. La vida consiste en ir perdiendo la inocencia. Pero así como se pierde, se gana en lucidez. Basta en persistir en usar la mente para lo que está hecha: pensar. Veamos algunas alternativas de solución al «problema».
Pero, ¿por qué no navegar con el Orinoco? Quizá los dinosaurios se extinguieron porque no quisieron navegar con la corriente. Solo sobrevivieron los caimanes y las tortugas que se fueron río abajo. ¿Pasará lo mismo con los grandes saurios de la industria disquera? Un abuso conduce a otro. Y, sin embargo, no debiera ser tal difícil establecer normas aceptables por todo el mundo. Pero para eso hay que amansar la codicia de las empresas, lo que paradójicamente redundaría en su mayor beneficio. Si los CDs en lugar de costar lo que cobran actualmente, ganaran la mitad o menos, la compra de CDs sería inmensa. La tecnología permite incluso la desaparición del CD como objeto tangible: si se distribuye la música a través de las redes, el costo sería aun más reducido y seríamos más ricos al menos en materia musical
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